El corazón de un niño – @dtrejoz

dtrejoz @dtrejoz, krakens y sirenas, Perspectivas

Cada mañana era lo mismo. Salía a asolearse con un muñeco de “Odisea burbujas” en la mano derecha, luego del baño matutino  como lo hace cualquier niño, lo arrastraba por la vera del camino de piedra, absorbiendo el rocío de todas las plantas de la orilla, y otras veces por los charquitos cuando el cielo había llovido, su mano izquierda también parecía colgar y arrastraba el pie derecho, de forma que dejaba una línea de ese ancho a donde quiera que iba, detestaba sus zapatos de ortopedia y por eso nunca mejoraba su cojera…

¡Ese muñeco sí que absorbía!

Lo recuerdo al llegar a la pulpería, con una moneda de veinte pesos en la bolsa trasera del pantalón, señalando a la confitera atiborrada de caramelos multicolores, indeciso, quería comprarlo todo pero con eso no alcanzaba. El señor de los abarrotes, “Quirós”, lo esperaba pacientemente, mientras Emanuel restregaba su boca por el vidrio de la confitera, babeando toda el área, saboreando los colores de las botonetas desde afuera, los niños son así y los adultos los entienden, ley de la vida, “niño una vez, niño por siempre” aunque crezcamos y no lo dejemos aflorar.

Emanuel nunca ha entendido por qué lo visten con ropa de grandes, si a él le gustan tanto los dibujos, pelea cada mañana para que le pongan una camiseta de los “looney tunes”, los pantaloncillos de tirantes de una mezclilla azul-desteñido y los zapatitos tennis con luces de colores en el talón. No sabe que ser niño puede ser complicado cuando empiezan a pasar los años.

Siempre disfrutaba pasar por el parque de juegos. Lo veía correr por las llantas de colores, saltando en los inflables mientras reía a carcajadas, escupiendo a todos lados mientras todos se apartaban…ningún niño le seguía en ese juego, pero igual él disfrutaba. Subía a las hamacas y el universo se mecía en sus colochos de pelo negro, iba y venía, una vez, otra vez, y ahí soñaba con detenerse en el cielo, él y su camisa destartalada como una bandera, ondeando al viento. Era mágico. Los demás niños lo aceptaban, ellos no saben de apartar personas por ser distintos, ni de racismo y xenofobia, ni de guerras que duren más de cinco minutos, el corazón de un niño está llenito de perdón, es un lugar inmenso, tan lleno de sueños que no les cabe ni el orgullo. El corazón de un niño son todos los lugares felices del mundo juntos y el corazón de Emanuel era el corazón de un niño, pero elevado al cuadrado.

Entendía muy poco de cualquier cosa, le costaba comunicarse, quizás por eso jamás se le oía preguntar por su papá y el porqué se largó un día sin avisar, huyendo de su madre, de la responsabilidad y de Emanuel, los grandes decían que fue más grande la vergüenza que el amor, pero un niño no se complica con esas cosas.

Él no lo entendía, pero vivía inmerso en un letargo, el tiempo suyo no conocía los relojes, pasaba horas perdido en algún detalle sin sentido, en una rama que azotaba el viento, en una gota que botaba el grifo, en el brillo de una moneda de cinco pesos que alguien dejó tirada en el piso, tenía la habilidad de concentrarse a tal punto que lograba dibujar en el aire los detalles de una carreta típica que vio hace un mes en el desfile (aunque nadie sabía que lo hacía) y de igual manera podía ser tan distraído como para caer tres veces seguidas por andar sueltos los cordones y levantarse cada vez sin amarrarlos. Una carencia a nivel celular, de genes y  cromosomas lo hizo nacer con Síndrome de Down, era un niño especial, así que seguía envejeciendo por fuera, aunque seguía naciendo por dentro. Para el corazón de un niño de treinta y tantos años, eso es un recreo que no tendría que terminarse, y aunque para él, nada de lo que sucedía nunca parecía tener sentido…resultó que para esos recreos también existía un campanazo.

 

“El corazón tiene la edad de los que amas”

Visita el perfil de @dtrejoz