El corazón de un hombre – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Hoy he vuelto a Francia después de muchos años sin hacerlo, tantos que ni lo recuerdo.

Aquí fui feliz, siempre lo fui. Crecí en el palacio de Versalles, al igual que toda la nobleza francesa, rindiendo devoción a Luis XIV. Fui hija única y, debido a mi nobleza de sangre, educada para ser siempre la perfecta dama de educados gestos y complacientes palabras, de andares delicados y agradable compañía.

La vida en palacio era complicada, por lo que la niña inocente tuvo que dar pronto paso a la adolescente precavida que protege su virginidad como un tesoro y a la vez seduce con discreción a todo aquel que ha de tener de su lado. Siempre, guiada por la sabiduría de mi madre y la ambicion de mi padre.

Los bailes en palacio eran algo cotidiano, al igual que las traiciones entre nobles, las envidias, celos y conspiraciones. Con cada festejo el tiempo parecía detenerse y nada parecía importar si no se encontraba entre esas paredes llenas de lujos, risas y seducciones. Allí, en uno de esos bailes, el caprichoso destino puso frente a mí a Damián, un noble español invitado por el Rey Sol a Versalles. Era hermoso, más que ningún otro hombre de la estancia. Su marcada barbilla, desprovista de barba, dotaba de un gran atractivo a su rostro, que lucía enmarcado por su oscuro cabello. Su afilada nariz y labios carnosos completaban un rostro armonioso en el que reinaban sus hermosos ojos de color gris. Ellos, tan osados como convincentes, parecían detenerse en cada matiz de mi cara y mi cuerpo, como si buscasen memorizar todo de ellos. Los míos, marrones y de mirada penetrante, decidieron recorrer su rostro de manera evidente, olvidando el recato que se le presupone a una dama; y mi cuerpo, guiado por una música que solo escuchaba mi mente, se acercó a Damián y, sin mediar palabra, nuestras manos se encontraron para bailar a solas entre el resto de invitados.

La noche terminó, pero no así la magia, y a ella le siguieron otras noches de juegos de seducción con olor a rosas del monarca y partidas de cartas con furtivas caricias bajo la mesa.
Mi voluntad cedió al deseo de sus ojos grises y, semanas después de conocernos, la luz tenue de la biblioteca me regaló la imagen aún más hermosa de Damián. Se encontraba distraído, pasando con delicadeza sus manos sobre el lomo de los libros, mientras una copa de bourbon parecía bailar al son de sus suaves pasos. Me acerqué sigilosa, le rodeé con mis brazos y él me abrazó con los suyos. Un beso suave en mi frente precedió a una advertencia susurrada:

– Gaïa, deberías marcharte.

Pero no hice caso, no le escuché, y dejé que mis labios buscaran los suyos y dirigí sus manos a mis senos.
De nuevo su advertencia salió de sus labios, pero esta vez el tono era más desesperado, inquietante, mas mi deseo me impedía pensar con claridad y acerqué más mi cuerpo al suyo, rozando su sexo, y un gruñido seco fue el sonido que acompañó a su gesto de darme la vuelta para apoyar mi espalda en su pecho y acariciar mi pelo. Sus manos rodearon mi cintura y noté sus labios besando mi mejilla rumbo al cuello, donde se detuvo un instante para susurrar mi nombre. Excitada, tardé unos segundos en notar el dolor intenso en mi cuello. Quemaba, ardía la sangre en cada centímetro de mi cuerpo, mientras mi corazón iba reduciendo el ritmo de sus latidos hasta casi eliminarlo por completo. Caí al suelo y mis ojos contemplaron a Damián, cuyos ojos eran tan rojos como la sangre, mi sangre, que cubría sus labios y afilados dientes.

Desperté, no sé cuánto tiempo después, y todo parecía diferente. Los sonidos eran más intensos, incluso molestos, y percibía olores que no reconocía en la habitación en la que me encontraba. Tenía sed, una sed tan intensa que me ardía la garganta, y él parecía saber que eso iba a ocurrir, ya que me acercó un vaso con un líquido rojo y caliente que no dudé en beberme. Sangre, y más sed.

Damián empezó a explicarme que ya no estábamos en Versalles, pero sí en un sitio seguro donde nadie me haría daño. A lo lejos, pero cerca en mis oídos, una fulana negociaba sus servicios y una madre leía un cuento para acostar a sus hijos. Estábamos en París, sin duda.
Me explicó lo que él era, en qué me había convertido, y las precauciones que debería tomar a partir de ahora. Él hablaba, yo solo tenía sed.

Pasaron semanas hasta que estuve lista para salir de esa casa. Semanas de adiestramiento para controlar mi sed y de acostumbrarme a ser sigilosa, precavida. Semanas de enseñarme a vivir eternamente, sin estar viva.

Los siguientes años pasaron tan rápido como intensamente fueron vividos. Disfrutaba por igual de las fiestas en nuestro hogar, como de las noches de caza por los suburbios de la ciudad, y el dinero no suponía un problema para permitirnos las mejores obras de arte y los más fieles sirvientes.

Lo teníamos todo, por eso no entendí su marcha. Era verano cuando Damián se fue de mi lado sin ninguna explicación. Sencillamente desapareció, llevándose algunas cosas y dejándome a mí en una casa que ahora era más enorme con mi desesperación.
Perdí la cordura intentando entender el porqué de su abandono, rebuscando en cada estancia una pista de hacia dónde dirigía sus pasos, interrogando hasta la muerte a los sirvientes intentando hallar respuestas, visitando cada burdel de la ciudad y cada biblioteca o galería de arte por si le encontraba. Nada.

En mi desesperación abandoné París, guiada por rumores sobre un hombre de ojos grises en Irlanda y desde allí seguí su rastro por cada país, ciudad, aldea o valle donde creía que podría encontrarse. En El Cairo olvidé su dulce voz, en Ámsterdam su suave tacto. En Madrid ya no recitaba su poema favorito mientras me aseaba y en Budapest dejé abandonada la pulsera que él me regaló y yo jamás me quitaba. Pasaron los años y, con ellos, el dolor por su traición se transformó en ira y rabia; y el amor, en odio.

Su rastro me ha llevado de nuevo a la ciudad que me vio nacer y morir para renacer sin alma, o eso creía.
Todo está muy cambiado. Los carruajes de caballos ya no circulan por estas calles, ahora atestadas de coches, y las damas ya no sujetan abanicos entre sus manos, ahora ocupadas por sus teléfonos móviles. Los enamorados pasean de la mano creyéndose especiales, como si fuesen los únicos que han amado, e ignorando que para mí los latidos de sus corazones son más perversos que mi propia existencia.

Está aquí, lo sé, lo noto. Han pasado 303 años y, por fin, le he encontrado. Y él a mí, eso no puedo evitarlo.
No noto miedo en él, aunque soy incapaz de reconocer el sentimiento que alberga. Sigo sus pasos sin saber a dónde se dirige, intentando controlar mis pensamientos para que él no pueda penetrar en ellos. Se detiene, y camino hasta encontrarnos frente a frente a los pies de la abadía de Saint-Denis en una noche tan tranquila, que la luna llena parece ser la única testigo de nuestro encuentro.

Sigue siendo tan hermoso como siempre y he de reconocer que los vaqueros y su chaqueta de cuero le hacen más irresistible que los ropajes con hilo de oro que lucía en Versalles. Su cabello ahora es muy corto y una perfilada perilla adorna su sublime barbilla.
Sus ojos grises ya no hechizan mi voluntad, pese a permamecer clavados en mí como aquel día.
Damián intenta hablar, pero con un gesto firme le indico que guarde silencio. Por un instante tiembla, es consciente de que sus palabras pueden mentir, pero jamás lo hará su mente. Y allí, donde las mentiras de su boca no tienen cabida, es donde la verdad se muestra tan nítida, que duele.

De su mente a la mía viajan las imágenes de nuestro primer encuentro y me veo, a través de sus recuerdos, radiante con mi vestido azul turquesa y mis mejillas sonrosadas. También me veo entre sus brazos con mi vida escapándose por mi cuello, haciendo el amor en el suelo, compartiendo alimento en un callejón y la calma de mi rostro cuando él me leía a Dante en el salón.
Me detengo para recuperar el aliento. Me ama, ahora sé qué era ese sentimiento que antes no descifraba. Pero quiero saber más.

Vuelvo a su mente para conocer la verdad de su abandono. Noto su miedo, su intranquilidad y los duros días debatiéndose entre quedarse a mi lado o marcharse, para protegerme. Veo cada ciudad en la que ha estado desde que abandonó la nuestra, cada vez que ha leído mis libros favoritos y cada cama en la que ha compartido unas caricias que me pertenecían. Observo cada intento suyo por borrar el rastro que me hiciera encontrarle, sus esfuerzos por generar rumores que me alejasen de él y el interés por recibir información sobre mi paradero y cualquier dato de interés. Me ha estado observando.

Estoy confundida. Si me amaba tanto, ¿por qué abandonarme? Cualquier peligro lo hubiésemos podido afrontar juntos, unidos. Habríamos vencido.
Retrocedo sobre mis pasos intentando ordenar las ideas en mi cabeza. Me ama y yo le amo a él, como se aman dos personas condenadas a ser monstruos con alma humana.

Le miro, sus ojos grises me observan e intenta hablar de nuevo, pero ahora soy yo la que le abre mi mente y le ofrezco mi dolor a cambio de su verdad. Tiembla.
Vuelve el silencio a nuestras mentes y seguimos frente a frente, recuperando la calma y el aliento. Las campanas de la abadía rompen la armonía y ahora sé lo que tengo que hacer.

Por un momento, la debilidad ha ganado el pulso a mis deseos de venganza y el amor ha renacido en mí con la fuerza imparable de aquellos días. Un momento, tan solo un momento me ha bastado para saber que jamás podré perdonarle, y un efímero instante me ha hecho entender que el corazón de un hombre no siempre está en el cuerpo que lo cobija.

Le miro, él también lo ha entendido, y decidida clavo la estaca de madera en mi pecho y sonrío, mientras su rostro desencajado se rompe de dolor, al mismo tiempo que la estaca atraviesa su corazón, y el mío.

 

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