El chico que nadie conoce – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas Deja un comentario

Su nombre era Juan y siempre que me he referido a él, lo he hecho como “un compañero de trabajo”, pero la verdad es que nunca le vi por mi oficina. Vosotros ya sabéis, por todo lo que os he contado en tantos episodios, que soy una persona a la que le gusta observarlo todo. Hay pocas cosas que escapen a mi escrutinio y Juan era una de esas cosas.
La primera vez que le vi, fue en la cafetería de la empresa en la que trabajaba. Tenía el pelo negro engominado, peinado con la raya al lado y unos enormes ojos oscuros que se parapetaban detrás de unas enormes gafas con montura de carey bastante pasadas de moda. Una especie de Clark Kent venido a menos sentado en un rincón, removiendo su café en silencio con aire ausente. De vez en cuando levantaba la mirada hacia el techo y la luz de los fluorescentes se reflejaba en el cristal de las lentes haciéndolas parecer portales espejados en conexión con el vacío de su interior. La campanilla de la puerta sonó y yo me di la vuelta de forma automática para ver quién acababa de llegar. Cuando volví a mirar, él había desaparecido y, sobre la mesa, el mareado café se encontraba intacto. Al día siguiente, debo confesar que entré en la cafetería algo expectante porque no había podido dejar de pensar en aquel chico que apenas superaría la veintena y que parecía llevar la carga del mundo sobre sus hombros. Cuando atravesé la puerta, miré inmediatamente hacia la mesa donde le vi el día anterior, pero no estaba allí. Entonces escuché una carcajada en la barra y ahí se encontraba, charlando animadamente con todo el mundo. Yo parpadeé atónita porque no podía reconocer en aquel hombre (parecía haber crecido diez años en una noche), desenvuelto y risueño, al chico triste del día anterior. Se movía entre las mesas como pez en el agua, invitando a los cafés, gastando bromas e, incluso, flirteando con alguna compañera. Sobrepasada por el impacto, pedí el café para llevar y me senté en el banco de enfrente. Podía verle a través de la ventana. Hablaba alto, reía a voz en grito y todo el mundo parecía sentirse cómodo en su presencia, como si tuviera un aura de “buenrollismo” que hacía que la gente creciera como setas a su alrededor. Todos se sentían felices. Todos menos yo. Había en su alegría una suerte de mentira que parecía no existir para nadie más. Me fui con mi café a dar una vuelta. Necesitaba huir de allí, de la falsedad de aquella realidad. Día tras día regresaba a la cafetería con la esperanza de volver a encontrar al chico silencioso. Fantaseaba incluso con dejar aparcada en la puerta la caja de la lavadora, con permitir que me viera, dejarle acercarse y que me explicara que todo había sido un error, que había estado enfermo y que si ya conocía a su hermano gemelo maligno. Obviamente eso no ocurrió y el desconcierto crecía en mi interior. Un buen día, decidí armarme de valor y me acerqué a una compañera con la que mantenía una especie de amistad incómoda para ambas.
—¿Quién es ese?
Ella me miró como si acabara de preguntarle sí quería casarse conmigo en mitad de un funeral y, con una mueca de fastidio, me respondió: “¿No conoces a Juan?”.
—No. — Respondí tragándome por el camino el resto de la frase “si no no te preguntaría, petarda”— ¿En qué departamento trabaja?
—No sé, en facturación, creo —no parecía tener ganas de seguir con la conversación así que le di las gracias y salí de allí.
“En facturación, creo” fue su respuesta, al siguiente que le pregunté por él, fue a Luis, de facturación, el cual me derivó a contratación, donde me mandaron a contabilidad, donde estaban casi convencidos de que trabajaba en administración. Cuanto más le buscaba, más se escondía él. De repente, Juan pasó de ser un desconcierto a un completo enigma. Todos sabían quién era, podrían reconocerle en una rueda de reconocimiento, es más, tenían clarísimo lo bien que les caía y cómo sonaba su dinero al dejarlo caer sobre el mostrador del bar, pero nadie le conocía.
Entonces llegaron las vacaciones y con ellas, Juan desapareció de mi vida. Por algún motivo, sentí que había perdido una partida de escondite que nunca quise empezar a jugar. No sabía porqué, pero estaba casi convencida de que no volvería a ver a Juan.
Una mañana, mientras me tomaba mi café y leía el periódico, una fotografía hizo que se me parara el corazón. Los ojos oscuros, ajados por la edad, pero conservando la mirada triste que tanto llamó mi atención, el peinado pasado de moda, descolorido por el tiempo y aquellas impagables gafas de carey. Todo el conjunto parecía observarme, analizar mi reacción al verle ahí, en aquel artículo cuyo titular aún no había tenido el valor de leer.

“FALLECE JUAN AMAYO, DUEÑO DEL GIGANTE EMPRESARIAL E.T.K.S”.
“Hacia las 12:00 horas de la pasada noche, fue hallado el cuerpo sin vida de Juan Amayo, propietario y fundador de la multinacional ETKS a la edad de 83 años. El solitario empresario y filántropo parecía llevar varios meses muerto dado el estado de descomposición del cuerpo, que fue encontrado…”

No leí más. No me interesaba. “Varios meses muerto” decía el artículo. Busqué una sola cosa, tiré el periódico al suelo, el café fue detrás, fui a vestirme y salí corriendo de casa.
El tanatorio estaba concurrido y me sentí fuera de lugar. No sabía qué iba a decirle a sus familiares, si los tenía. “Hola, he venido a ver al difunto, al que no conocía, porque creo que durante los últimos meses, estando ya muerto, le he visto y me he obsesionado con él. ¿Me pasa el té?” No era una opción, así que me hice todo lo pequeñita que pude y avancé con decisión hasta encontrar lo que estaba buscando, respiré hondo y entré.
La sala estaba completamente vacía (“solitario” decía el artículo) salvo por el féretro, al fondo, una foto del difunto (la misma que aparecía en el periódico) y, junto a ella, otra de joven. Era, sin lugar a dudas, el mismo chico triste que vi en la cafetería.
El ataúd, por motivos obvios, se encontraba cerrado. Pusé una mano sobre la tapa con dulzura mientras una lágrima rodaba por mi mejilla. Me llevé dos dedos a los labios y deposité un beso en la antigua foto de Juan.
—Estabas solo… Viniste a despedirte, ¿verdad? Y a intentar conectar con alguien aunque fuera ya pasado el tiempo de descuento. Quiero decirte, Juan, que lo conseguiste. Y no me refiero a esos a los que les pagaste los cafés por la mañana y la cerveza por la tarde, no. Ser popular no hace que estés menos sólo. Pero tú no volverás a estarlo porque siempre, te llevaré dentro de mí. Chico solitario de las gafas de carey que me obligó a jugar al escondite sin querer.

 

Visita el perfil de @Moab__

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.