El camino que no debes recorrer – @EvaLopez_M + @Imposibleolvido

Eva López @EvaLopez_M, @Imposibleolvido, krakens y sirenas, Perspectivas

“Si quieres quererme, voy a dejarme querer.
Si quieres odiarme, no me tengas piedad”.

                                      Joaquín Sabina

 

9:00 AM

Carla se despereza en la enorme y vacía cama, ya es la cuarta mañana que se despierta sola. Pablo debía de haber salido corriendo hacia “vete tú a saber qué” y ni siquiera se  molestaba en dar explicaciones sobre sus ausencias.

Pero hoy era un día especial.

Carla había organizado y programado en secreto una comida sorpresa a su marido con cien invitados, entre amigos, familiares y conocidos, para celebrar el 50 cumpleaños de Pablo.

Y, aunque él se hubiera vuelto a largar, Carla esperaba que esta vez al menos pudiera tenerlo localizado para la hora del almuerzo.

Apartó a Pablo y a sus desplantes de sus pensamientos e inmediatamente se puso en marcha para comenzar la jornada; ya iba dando órdenes por el teléfono móvil a su asistente mientras caminaba hacia la ducha.

Hoy tenía que salir todo perfecto y ni siquiera Pablo iba a ensombrecer su éxito.

Dos horas antes.

Pablo se despierta de golpe con la imagen de Karen en su cabeza, de hecho la mirada asustada de sus ojos por encima de la mordaza era el summun del placer para él.

Se duchó rápida y sigilosamente y salió camino a la casa de campo que tenía en el lago, al final de los jardines que rodeaban Villa Milano.

Ardía en deseos de volver a jugar con ella.

Casa de campo, 7:00 AM

Karen notaba entumecido el hombro derecho por la postura en aquella cama, intentaba dolorosamente acomodarse todo lo que buenamente que podía con la cadena que sujetaba sus brazos a la espalda. Necesitaba ir con urgencia al baño, no quería volver a mojar la cama bajo ella porque él volvería a montar en cólera por ello, así que apretó los muslos e intentó centrar sus pensamientos en calmar las ganas de miccionar.

Ya llevaba allí más de una semana y aún no sabía cómo acabaría y lo más importante: cuándo.

Se había cansado de gritar, de rogar, de llorar, de temer, de imaginar, de esperar, ahora simplemente intentaba resignarse a su suerte e incluso empezaba a añorar que él viniese a utilizarla, la opción de que la olvidara allí sola y atada la atemorizaba muchísimo más que cualquiera de las perversiones que pudiera llevar a cabo con su cuerpo.

Algo caliente entre sus glúteos la hizo envararse de golpe, se estaba orinando encima de nuevo. Sin poder evitarlo, sus lágrimas le emborronaron la visión, cerró los ojos, aflojó los muslos y descargó sin trabas aquella necesidad. El día sólo podía ir a mejor.

Mientras estaba inmersa en sus propios pensamientos y sensaciones, escuchó cómo la puerta de la habitación se abría y en el umbral de ésta vio dibujada la silueta del hombre con el que había llegado a esa difícil situación.

Al principio todo fue consentido.

Ya habían compartido perversiones y juegos otras veces; los dos pertenecían a un selecto y privado club de BDSM, al que pocos podían acceder, y de los que tampoco podían averiguar ni preguntar nada sobre sus vidas privadas.

A Karen le excitaba sentirse dominada y sometida, y Pablo, con sus grandes y expertas manos, sabía muy bien hasta dónde apretarle la garganta cada vez que se iba a correr, y hacerle perder el sentido y rozar el éxtasis.

Aunque en esta ocasión, él parecía haber llegado a un punto del que ella no sabía cómo iba retroceder, y, aunque supiera que para alcanzar la satisfacción sexual cada vez su cuerpo le exigía sufrir más, intuía que en esta ocasión iban a salir mal de todo aquello.

Pablo, muy lentamente, se acercó a ella y, sin que pudiera reaccionar, le metió en la boca el cañón de una 45 mm.

—¡Maldita puta! —le rugió— Has vuelto a orinar sin mi permiso, ¿acaso crees que puedes hacer lo que te venga en gana?, ¿quieres que apriete el gatillo y acabe con esto de una vez?, pídemelo, quiero que me ruegues con auténtico fervor que acabe con tu vida, y, ¿sabes lo mejor?, que voy a ser sádico y cruel contigo hasta que te oiga suplicármelo, quiero verte tan vencida, tan humillada y tan vacía que tu única salida sea el agujero de una bala en el cerebro.

Karen no daba crédito a las palabras que acababa de escuchar de los labios del hombre que amaba. El hombre que había pasado los seis últimos meses colmándola de atenciones, de cariño, de citas perfectas, de cenas de etiqueta, de noches de ópera.

¿En qué momento dejó de verlo sólo en el club y se adentró en esta relación con él?, ¿Por qué había confiado tan ciegamente en él?

Karen empezó a sentir náuseas y el cañón de la pistola en su boca no ayudaba mucho a controlarlas.

En ese momento, lo único que se atrevía a romper el silencio entre los dos, era el ruido del gatillo de la 45 mm. accionándose y los latidos del corazón de Karen golpeándole sin piedad las sienes, mientras los ojos de Pablo se clavaban en los suyos, inyectándole una mezcla de deseo y odio y rencor y dolor y furia, que, francamente, sobrepasaban el límite de cualquier juego que ella conociera.

Aunque habían pasado ya las horas, parecía que el mundo y la vida, fuera de allí, hubieran dejado de existir.

Los segundos se habían hecho eternos y el tiempo se había detenido, congelado en aquella fría y apartada habitación.

11:00 AM.

Carla había decidido prepararle la fiesta sorpresa por su cumpleaños en una preciosa y lujosa casa de campo en las afueras de la ciudad que el matrimonio había adquirido en una subasta hacía muy poco tiempo, así de paso podría presumir y asegurarse de enseñársela a todos. Para ello, había mandado personalmente por correo electrónico cada una de las invitaciones con la ubicación e indicaciones exactas.

El catering, los encargados de la decoración y los músicos, ya empezaban a llegar a Villa Milano.

Todo marchaba a la perfección según lo previsto. Dio unas últimas indicaciones al servicio, agrupó a los invitados para darles la hora exacta en la que tenían que llegar a la casa a orillas del lago y salió hacia allí, móvil en mano, dispuesta a que no faltara ni un sólo detalle para aquella sorpresa que le esperaba a su marido.

Marcó el número de Pablo mientras subía al coche y cerró la puerta.

Casa de campo.

Pablo abrió el grifo de la bañera, ayudó a entrar a Karen y la enjabonó recreándose en las curvas de aquella preciosa jovencita.

El revólver había sido el aliciente justo para ver de nuevo el terror en sus ojos, el orgasmo fue intenso y feroz. Ahora quería disfrutar lentamente provocándole a ella placer y primero había que asearla.

Karen no podía apartar la vista de sus propios pies, aún temblaba por dentro por el episodio vivido y la situación empezaba a agobiarla de verdad, notaba la delicadeza con la que él le enjabonaba la espalda, los glúteos pero ahora ya sólo sentía asco, un asco profundo y gigantesco por Pablo. La mordaza hacía horas que le magullaba los labios y estaba totalmente sedienta, las manos a la espalda y el roce de la cuerda en cuello y muñecas también la incomodaban como nunca antes. No quería seguir con el juego. No quería seguir con Pablo.

Carla se aproximaba a la casa y al hacerlo pudo ver el coche de Pablo en la entrada. Se extrañó, ¿era posible que se hubiese enterado de sus intenciones?, le resultaría muy extraño si así fuera. Aparcó, encaminando sus pasos hacia la entrada.

Aun así , y aunque él ya estuviera allí, ella estaba decidida a seguir adelante con la sorpresa.

Entró sigilosamente a la casa junto con todos los invitados que ya habían llegado también. El personal de catering se fue hacia la cocina y ella se encaminó hacia la habitación principal.

Abrió la puerta cuidadosamente y lo que se encontró frente a ella hizo que le temblaran las piernas hasta el punto de creer que se iba a desplomar allí mismo. 

Encima de la cama, un Pablo desnudo y patético sujetaba del pelo a una joven mujer que, amordazada y atada de pies y manos, gemía y aullaba suplicante y (según le pareció a Carla) atemorizada.

Entonces, como si todo se tratara de una película, Carla irrumpió en aquella grotesca y surrealista escena, cogió el arma de Pablo de encima de la mesita y, presa de ira pero segura, la sujetó entre sus manos, le apuntó directamente al corazón y mirándole a los ojos, le susurró muy despacio: 

«Feliz cumpleaños, cariño. Aquí tienes tu regalo»

Bum.

 

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