El bosque de botellas de Elmer – @LaBernhardt

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Marquitos tenía 2 años más que yo cuando lo conocí en el patio del colegio. A él no lo cogían para el fútbol por gordo ni a mí en la goma elástica por flaca y patosa.
Los que no molábamos fuerte nos sentábamos en algún banco; la mirada fija en el suelo y el bocata bien agarrado entre las manos.
A veces él y yo nos sentábamos cerca de la verja, pero no nos decíamos nada. Yo me quedaba embobada mirando su bocata porque era gigante y olía de maravilla; siempre era de rodajas de chorizo pasadas por la sartén. Su madre se lo acercaba a la hora del recreo y un día me lo dio a mí, llévaselo a Marquitos, nena, que no lo veo por aquí.
Me quedé alucinada porque estaba calentito y lo envidié mucho porque mi madre no perdía el tiempo en hacerme un bocata y yo siempre llevaba 50 pesetas para comprarme un Tigretón en el kiosco de la Julia. Supongo que alguien me envidiaría a mí por ese desayuno.
Los fines de semana veía en el mercado a Marquitos con su padre. Julián trabajaba en un bar del barrio. A mí no me gustaba ese sitio porque el suelo estaba lleno de servilletas de papel y olía a tabaco. Los sábados había mucho ruido, todos gritaban mucho allí pero era más triste los lunes porque los hombres estaban en silencio, delante de esos cafés que olían raro y que luego me enteré que se llamaban carajillos.
El padre de Marquitos siempre sonreía y en eso también lo envidiaba porque en mi casa sólo se veían caras largas. Iba con su hijo a la bodega de Rogelio, que estaba en el polígono, a por bebidas. No sé cuándo me di cuenta que Julián era alcohólico, supongo que fue un domingo después del fútbol. Igual fue el mismo día en el que me enteré que mi padre también lo era.
Un bar nunca es un buen sitio para un niño pero allí aprendí a observar y me di cuenta de algo: Marquitos recogía las botellas que su padre apuraba. Lo pillé sacando alguna de Anís El Mono del cubo de la basura. Qué hacía con ellas. No lo sé porque no hablábamos, nos mirábamos de lejos, reconociéndonos como sólo lo pueden hacer los niños que callan lo mismo.
Los lunes en el cole, Marquitos tenía que soportar las burlas de Macías, Salva, Pedro…
Pobrecito mío. Nunca lo defendí.
De mí también se burlaban, tu padre es tu borracho, Olivia. Y se morían de risa porque yo les recordaba a la novia de Popeye; tan flaca y tan fea…
Pobrecita mía. Nunca me defendí. Terminé el cole y él se quedó perdido entre 7º y 8º de EGB. Lo seguí viendo en el bar, recogiendo las botellas que su padre se bebía. Cada vez estaba más gordo Marquitos. Yo tuve suerte y me salieron tetas y culo y ya no me llamaban Olivia. Los capullos que se reían de mí, ahora decían que estaba buena.
Dejé de ver a Marquitos unos años y un día, cerca de la facultad de Filosofía y Letras, me lo encontré. Llevaba el uniforme de los camareros de la cantina de Derecho, arrastraba un cubo lleno de basura. Nos quedamos mirando.

—Hola, Marcos, no sé si te acuerdas de mí. Soy la hija de Jose, el de Correos.
—Sí, te he visto hacer teatro.
—Anda, ¿sí?
—Sí pero nunca me quedo al final.
—Jeje, ¿sales de la sala antes de terminar la función?
—No, te veo ahí, en La Pinada de los cuentos. No me quedo porque tengo que currar en la cantina.
—Ah, claro.
—Pues sí.
—Bueno, pues hasta la próxima, Marcos.

Lo volví a ver muchas veces y nunca me paré ni 5 minutos para hablar de nada con él.
Terminé la universidad y me dieron una beca, una estancia en EEUU y me largué. Adiós al barrio, a los gilipollas, a los domingos de mi padre en el bar de Julián.
Cuando volví todo me quedaba pequeño. Mi barrio era una caja de zapatos, fea y gastada, en una esquina del sótano y yo era un pájaro que había tocado el cielo.
Mi padre había muerto un par de años atrás y mi madre hacía todo cuanto podía por no estar en casa, tú me entiendes, ¿verdad, hija?, es que la casa se me cae encima y yo ya he sufrido mucho en esta vida.
Claro, mamá, claro que te entendía por eso venía a verte tan poco, porque tenerte enfrente era recordar la vida que no quise vivir.
Adopté un perro y eso fue definitivo para dejar de verla a menudo; mi madre odiaba los perros.

—No me gustan y te recoges uno, hija mía, es que creo que lo haces para no verme.
—No digas eso, por favor.

Y me sentía un gusano porque sí, porque el perro me mantenía alejada del barrio, de mi casa, de mi madre.
Una de las noches que fui a cenar con ella, saqué a Barney a dar una vuelta por el polígono.
Lo vi al final de una calle; Marcos estaba tan inmenso como lo recordaba. Pasé por su lado y, puta cobardía, no lo saludé.

—Oye, ¿eres la hija de Jose, el de Correos?
—Hola, no te había visto.
—Me dijo tu madre que estabas en América. Eres la única persona que conozco que ha estado allí.

Hablaba raro, atropellado, como cuando vas puesto. Me dio mal rollo.

—Qué perro más chulo, ¿te puedo enseñar algo? Tengo una nave, ésta, y quiero que veas algo
—Ya, Marcos, mira, otro día que vuelva que ya es tardísimo y todavía tengo que llegar a casa…
—No, en serio, mira.

Me cogió de la manga y tiró de mí y juro que me cagué de miedo. Él se adelantó y encendió las luces. Lo que vi allí me dejó sin palabras: botellas y botellas, apiladas, en fila, agrupadas. Grandes, pequeñas, botellas verdes, transparentes, amarillas, marrones…

—Yo me acuerdo que tú, en el bar de mi padre, me veías guardar botellas, ¿a que sí?
—Ostras, Marcos, ¿desde entonces?
—Sí. Al principio las iba dejando en el garaje de mi primo. Luego compré esta nave y ya ves. Pero mira, acércate y mira lo que tienen dentro.

A esas alturas ya no tenía ni miedo ni prisa por irme y lo seguí, sin dejar de mirar esos tesoros de cristal.
Cogió una y me la dio, tenía un papelito enrollado, al fondo. Me dio otra y otra…todas llevaban un trozo de papel.

—Son mis sueños. Cada borrachera de mi padre, del tuyo, de los estudiantes, cada botella que otros han vaciado, la he llenado con un sueño.
—Qué maravilloso, Marcos, ¿y qué sueñas?
—Pues cosas que no he hecho.
—Joder, es increíble.
—Tú que has ido a América, ¿conoces un bosque de botellas que lo ha hecho un tío, en mitad del desierto?
—No, Marcos, América es gigante, no conozco ese bosque pero si vuelvo algún día, te prometo que lo buscaré.
—Ah, genial. ¿Cuál es tu color favorito?
—Eh, el azul.
—Pues mira, cuando encuentre una botella azul y bonita, te la guardo. O si quieres, dame tu dirección y te la mando.
—Gracias pero si quieres, puedes llevarla a casa de mi madre, vive donde siempre, ¿sabes dónde?
—Eso haré, sí, sí. Venga, adiós.

Y me dejó en mitad de la calle, descolocada y sonriendo aquella noche de junio de 2.003.
Unos meses después, un domingo, fui a comer a casa de mi madre.

—Te trajeron ese paquete.

Lo abrí y allí estaba la botella azul más bonita que había visto. Marquitos le había puesto lucecitas LED y parecía salida de un cuento. Busqué en su interior pero no había sueño escrito.

—Mira, ma, me la mandó Marquitos, ¿te acuerdas de él?
—Ay, hija, no sabes qué le pasó, ¿verdad? Pues que conoció por Internet a una chica y se ve que ella lo quería delgado y él, por darle gusto, se metió al quirófano y allí se quedó. Pobre criatura, ahora que le iba la cosa bien. Tuvo una depresión muy grande…

Dejé de escuchar a mi madre y quise gritar que no, que no te puedes ir sin cumplir todos esos sueños, Marcos.
Cuando llegué a mi casa escribí en un trocito de papel:
“En mi cuento siempre te eligen para jugar al fútbol. Y los sábados los pasamos en La Pinada de los cuentos, riéndonos de lo tontos que son Pedro, Salva y Macías.
En mi cuento, te quedas hasta el final”.
Lo metí en la botella.
Algún día, Marcos, llevaré al bosque de Elmer esta botella. Algún día, en la Ruta 66 cumpliré uno de tus sueños.

 

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