El bosque de botellas de Elmer – @distoppia

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La noche anterior, mientras tomábamos café en la habitación del hotel, insistí varias veces. «Pero así pasamos otra vez por la ruta». Le tocaba conducir a Sergio y vino a decirme con la mirada que no lo iba a conseguir. «Pero es un bosque hecho con botellas». Al día siguiente teníamos 270 millas por delante hasta llegar a Las Vegas y varias paradas decididas, por eso nadie contestaba. «Pero si es sólo un ratito, de vedad, y hago unas fotos». «Cállate, Laura», dijo María sonriendo, así que supuse que eso significaba que sí, que pararíamos allí.

Era sábado por la mañana en el desierto del Mojave. 20 minutos antes de llegar al rancho, decidí leer en voz alta lo que la guía decía del lugar: «La pasión de un hombre por crear algo único. Se trata de un bosque de botellas, es decir, grandes tuberías de metal con botellas colgando de ellas. Situado en la ruta de las rutas, justo en el corazón del desierto de California».

Y todo ello era cierto, pero nada mencionaban en la guía sobre el propio Elmer. No me planteé la posibilidad de conocerlo hasta que no tuve que elegir el objetivo apropiado para mi cámara de fotos. Al final, no sé muy bien por qué, elegí el 50 mm, mi favorito para retratos.

Después de bajar del coche, no pude evitar preguntarme qué cojones era todo aquello que aquel señor había montado en mitad del desierto. Tanto fue así, que olvidé hacer la foto de rigor al cartel de la entrada que rezaba «Rancho de botellas de Elmer». Tardé al menos diez minutos en comenzar a tomar fotografías, por eso supe que me estaba fascinando. Antiguas matrículas de Nevada, botellas de Dr. Pepper de los años 70 y mil y una piezas de chatarra, a cada cual más pintoresca que la anterior.

De repente y sin querer, tropecé con alguien de espaldas, mientras preparaba la configuración de la cámara. «So sorry, sir». A lo que Elmer contestó «You´re fine» con una sonrisa. Supe que era él porque era imposible que no lo fuera. Le pedí entonces, que me dejara hacerle un retrato con su obra y aproveché para hacerle algunas preguntas que me mataban de la curiosidad. Ésta es su historia.

Empezó a construir el rancho hace catorce años, pero la colección comenzó cuando era un niño de seis. Su padre y él solían ir de acampada al desierto, cerca de Los Ángeles. «Hay un número limitado de hogueras, perritos calientes y marshmallows que uno puede comer antes de empezar a aburrirse». Empezó entonces a prestar atención a las botellas que la gente dejaba tiradas. Como a su padre también le parecieran curiosas, comenzaron ambos a fijarse en los objetos viejos que la gente había desechado en los lugares más insospechados. «Algunas de esas botellas son de alrededor de 1890 y, claro, al final acabas llevándote esos pequeños tesoros a casa».

Un día su padre encontró una botella que cautivó su atención y, jura por Dios, que lo mantuvo ocupado los siguientes treinta años de su vida. «No estoy mintiendo, señorita». Yo, como no podía ser de otra manera, tuve que sonreír al señor Elmer.

«Me fui de casa en el 64 y estuve cuatro años en el cuerpo de marines. Mi padre coleccionó botellas durante al menos veinte años más». Empezó a hablarme entonces, pero más bien resumiendo, de su familia. Se había casado y había tenido hijos. «Pero los hijos se fueron y papá se había hecho mayor. Volví, entonces, al lugar que había sido mi hogar, miré todo lo que tenía mi padre amontonado y de repente la mitad de mi infancia regresó a mí. Aquello me hizo sentir bien, así que decidí exponer un puñado de aquellas botellas en uno o dos postes y, bueno, quedaba bien».

Nos interrumpió la conversación un turista que venía desde Toledo, Ohio, con quien se hizo una foto y al que le comentó por encima el tiempo que había estado trabajando en esto. Cuando el turista se alejó, me habló de su jubilación.

«Trabajé dos años en todo esto y, antes de darme cuenta, sólo pensaba en jubilarme. Día tras día. Por eso entenderá, jovencita, que hice lo que tuve que hacer. Entré un día al trabajo, en una compañía de papel, y dije «¿sabéis qué? Adiós» y así fue. A los 55 años. Nunca he mirado atrás, nunca me he arrepentido». Supe por la pausa dramática, con su rostro de satisfacción y el orgullo dentro del pecho, que había llegado el turno de preguntas.

Le di las gracias, por supuesto, por compartir todo aquello conmigo y me contestó que él estaba encantado con todo aquello. Le pregunté cuáles eran sus piezas favoritas y Elmer se me encogió de hombros con mucho estilo. «Las piezas que tengo desde que era joven, supongo. Este rastrillo lo encontré en el verano de 1959 (de nuevo la fascinación, por la persona y el personaje. Disculpen, tampoco hay foto). También alguna de las botellas que bebí con mi padre y que guardé junto a las demás».

La segunda pregunta se me cayó de la boca sin que yo me diera cuenta. «¿Qué significa este rancho para ti, Elmer?» y me di cuenta de que estaba metiéndome en terrenos profundos en los que, quizá, él no se sintiera cómodo. Me sorprendió la simplicidad con la que me habló de sus sentimientos. «Es una tubería atascada de recuerdos. Tú ves a alguien decir «Oye, eso es muy interesante», pero yo me veo a mí mismo con 9 años recogiendo esa pieza con la vieja furgoneta de mi padre. Como aquella botella, que la recogió mi padre de la arena y en ese mismo instante vuelvo a estar de acampada en el desierto y veo cómo lo hace».

No podía irme de allí sin preguntarle qué relación tenía él con toda la ruta 66, si la había vivido de verdad o sólo la consideraba una atracción turística. Lo que no me esperaba era la historia que tenía detrás. «Esto ha sido todo un accidente». De nuevo, imposible hacer fotografías. Me contó que solía hacer parte de la ruta hacia Los Ángeles a finales de los 60 con su grupo de amigos. Me juró que no sabe qué le pasó, pero que se descubrió a sí mismo en 1973 haciendo el camino solo «y no tengo ni la menor idea de por qué decidí presentarme a una entrevista de trabajo». Me dijo que fue una corazonada, mientras con la mano derecha se tocaba el pecho. Le cogieron y entonces tuvo que dejar el trabajo que ya tenía y mudarse a la zona.

Apareció en ese momento otro grupo de turistas interesados en hablar con él y no negaré que me molestó. No sé a cuántas cervezas habría invitado yo a Elmer sólo por seguir charlando con él. Los nuevos turistas, de Texas, le preguntaron cuántos árboles tenía y cuál había sido el primero. El hombre, con su sonrisa en la cara, nos llevó a los texanos y a mí hacia una esquina del rancho. «Empecé por cuatrocientos y desde entonces he levantado algunos más. El primero es éste de la esquina (sin foto), pero no es bonito, no lo he adornado ni nada. Nunca he vuelto a trabajar en él. Cuando lo puse, la gente empezó a parar en la carretera para hacer fotografías. No me lo creía, así que hice la primera línea, la que está junto a la carretera. Y, como no dejaban de venir, entendí que esto tenía algún tipo de interés. Por eso nunca cierro, como es lógico, hay mucha gente viniendo a visitarme desde muy lejos. Si cierro la puerta tres días y alguien viene de Japón o de Dinamarca, no es justo. Sencillamente no es justo, así que la dejo siempre abierta».

En ese momento me di cuenta de que mis amigos me estaban esperando con el coche en marcha y con cara de pocos amigos, pero no podía irme de allí sin un retrato de Elmer junto a sus botellas. Así que ajusté la ISO, elegí el diafragma, coloqué la velocidad y click, click, click. Me despedí cuatro o cinco veces y, de camino a la entrada. Me pidió que le hiciera llegar las fotografías, porque estaba convencido de que había salido guapo y yo le prometí que le enviaría las fotos y que escribiría sobre él.

Creo que estuve sonriendo hasta que llegamos a Las vegas e incluso unos días más.

 

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