Efímero y eterno – @sor_furcia

Sor Furcia @Sor_furcia, krakens y sirenas, Perspectivas

Hacía años que no paseaba por el barrio donde crecí. Me paro en el escaparate de la joyería. Lo recordaba mucho más grande. Son de esas cosas que te ocurren cuando te haces mayor, que las dimensiones cambian. Me pasó también con el Guernica. Cuando fui a visitarlo con el colegio me pareció gigantesco pero, cuando volví a verlo de mayor, me dio la impresión de que faltaba cuadro por todos lados.

Paseo mi mirada entre relojes de oro, anillos con circonitas, esclavas relucientes, cadenas con crucifijos…. Pero no encuentro lo que busco. Dudo un momento. Quizá sea una gilipollez lo que voy a hacer, pero finalmente entro, y un avisador repiquetea tilín tilín anunciando mi llegada. Un hombre, detrás del mostrador, levanta la vista del periódico y, sonriendo, me dice “Buenos días, señorita ¿En qué puedo ayudarle?”. Tendrá cerca de los 60 años, el pelo canoso y muy abundante. De esos señores que perdieron el color del cabello pronto, pero lo conservaron fuerte y frondoso. Le devuelvo la sonrisa y le contesto:

Buenos días, usted no me conoce pero…

“Venga, nena, que vamos a llegar tarde”. La voz del abuelo resuena desde la entrada de casa, mientras, en la habitación, la abuela me abrocha los últimos botones del abrigo. Cuando termina, salgo corriendo y allí está él, con su gabardina y su sombrero, tendiéndome la mano. Antes de cerrar la puerta, ambos le damos un beso a mi abuela y salimos calle abajo en dirección al metro a buscar a mi madre, que vuelve de trabajar ya de noche. Caminamos deprisa, bajo las farolas, atravesando una zona de fábricas desierta, hasta el final del polígono, donde está la boca del metro. Llegamos con tiempo para que mi madre no tenga que esperarnos allí sola y, como cada día, hacemos el mismo ritual. Junto a las escaleras del metro hay una joyería. A mí siempre me han gustado mucho las cosas que brillan. Mi abuela dice que en otra vida debí ser una urraca. Pero, contra todo pronóstico, no son las joyas lo que llama mi atención en ese escaparate. En una esquina, desentonando completamente con todos los demás objetos relucientes, se encuentra el Señor Pájaro. Así lo hemos bautizado mi abuelo y yo. El Señor Pájaro es un muñeco de plástico con forma de ave, con un sombrero verde enorme, y con un cuerpo muy largo unido a una peana con forma de zapatos rojos. Junto a él hay un vaso de agua del que, insaciablemente, el Señor Pájaro va bebiendo, balanceando su cuerpo, hasta dar un sorbo, y otro, y otro. Es hipnótico. Yo no sé qué extraño mecanismo tiene, pero siempre que vamos a buscar a mi madre, ahí está él, meciéndose y bebiendo agua sin parar. “Buenas noches, Señor Pájaro”, le decimos al llegar. Y, entonces, mi abuelo me pide que me quede escondida en la puerta de la joyería hasta que llegue mi madre, y se aproxima, sin quitarme ojo, a la salida del metro. Pasado un rato ella aparece por las escaleras, con su uniforme y su cara de cansada de todos los días, y le saluda con dos besos mientras le pregunta “¿Hoy has venido solo?”. Mi abuelo miente y le dice que sí pero, al pasar junto a la joyería, yo aparezco de un salto y abrazo a mi madre a la altura de la cadera. Ella finge que la asusto, y después me devuelve el abrazo y me come a besos. Mi abuelo siempre dice que se me ilumina la cara al verla. Y es que para mí es el mejor momento del día. Nuestro momento especial. Han pasado los años y no sé cuánto tiempo permanecía ahí escondida, nerviosa, impaciente, mirando al Señor Pájaro bebiendo agua. No sería mucho, un par de minutos, pero hay momentos que por poco que duren, por efímeros que parezcan, acaban siendo eternos en nuestra memoria.

Termino de hablar y el joyero me está mirando con una media sonrisa que no sé muy bien si significa que piensa que estoy como una cabra… Pero en ese momento, sin articular palabra, me pide que le siga. Entro dentro del mostrador y atravieso una puerta que da a un pequeño despacho lleno de facturas y papeles. Y, entonces, el hombre dice “Mire, Señor Pájaro, han venido a visitarle”. Y allí, encima del escritorio, junto a una taza llena de bolígrafos, está él, mi amigo de la infancia.

Noto que la chica se ha emocionado al verlo. La verdad es que no sé muy bien por qué lo sigo teniendo, será por nostalgia. Ya ni siquiera le pongo el vaso de agua, pero ahí sigue, conmigo. A veces conservamos cosas, cosas materiales, sin darnos cuenta de que lo que realmente tiene valor no es tangible. Cojo al pájaro y se lo coloco entre las manos a la muchacha. Al principio ella se niega, dice que no puede aceptarlo, que tendrá mucho valor sentimental para mí. “Querida -le digo- tú me acabas de regalar algo irreemplazable, algo mucho más valioso que cualquier cosa que tenga yo en la tienda, un recuerdo”. Y, pasado un rato, se despide con un abrazo y con una sonrisa mientras yo veo como ella y el Señor Pájaro salen de mi local y desaparecen calle abajo.

Ya es la hora de comer y, aunque normalmente picoteo cualquier cosa en el despacho, hoy hace un día espléndido y decido salir fuera. Apago las luces. Me pongo el abrigo. Conecto la alarma y echo el cierre. Cerca de la joyería hay algunos bares donde ponen menús del día, pero prefiero desviarme un poco. Dar un paseo. Paso junto a un edificio de pisos nuevo que se erige donde antes había un descampado. Tomo la acera que bordea el parque donde antiguamente había un poblado de chabolas, y observo a una pareja que lanza un palo a su perro. Me dispongo a cruzar la calle y, mientras el semáforo se pone en verde, me fijo en que casi todos los comercios pequeños de esa zona han cerrado sus puertas o ahora están regentados por chinos. Sigo caminando, serpenteando entre calles estrechas, cruzándome con personas desconocidas, hasta que, por fin, llega a mí su olor. El de la panadería del barrio de toda la vida. Cierro los ojos y lo aspiro mientras, sin moverme del sitio, me transporto a una época lejana. A años pasados que ahora, gracias a este aroma, siento que, si alargo el brazo, puedo tocarlos con los dedos. Me sitúo frente al escaparate, lleno de palmeras de chocolate, empanadas, pepitos de crema… Doy unos pasos y entro en la tienda. Dentro, una mujer algo más joven que yo está viendo un documental de animales en una pequeña televisión. Levanta la vista, “Buenas tardes”, dice.

Buenas tardes, señora, usted no me conoce, pero…

 

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