Efímero y eterno – @IstarCollado

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Sentada en el sillón que vigila su cama, le miro casi sin verle. Casi no veo ese rostro, que al igual que una fachada se resiente con el paso de los años, porque se viene a mi mente como una suave brisa el recuerdo de otra cara parecida que llegó hace mucho tiempo a mi vida.
Yo estaba en la tierra, y a él lo trajo la marea. Hace tanto, que no recuerdo ni cuánto.
Cojo su mano y me aprieta, y me calma que sepa que estoy aquí.
Al final, él tenía razón cuando decía que la última parte del camino sería yo quien tendría que recorrerla sola. Pero sé que no me sentiré sola, porque llevo mi mochila, con millones de recuerdos. Sus recuerdos y los míos, que ya son de los dos. Y si miro hacia ambos lados, encuentro muchos lugares donde puedo y debo pararme a descansar y a conversar.
Acaricio su rostro y siento cómo se relaja. Tengo que recordarme que le prometí no llorar, que esto no es ningún final. Que siempre estará conmigo, que seguirá vivo en mi mente y en la de nuestros hijos. Que no importa que no esté mañana, si estuvo ayer, y anteayer. Si estuvo siempre, siempre seguirá estando. Que al final, el tiempo no es más que una dimensión.
Treinta años han pasado. O cuarenta, o catorce, o veinticinco, qué más da. Llegó y ninguno creyó que iba a quedarse, y se quedó. Y podría contar nuestra vida en instantes: unos, de felicidad. Otros, plagados de contratiempos. Risas, lágrimas, nervios, calma, abundancia y penurias, besos y enfados.
Momentos. Efímeros. Los uno, los guardo, los recuerdo: LO ETERNO.

 

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