Efímero y eterno – @dtrejoz

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No hay edad para dejar de soñar con imposibles, ni fecha de caducidad para los sueños que el corazón abriga, aunque el sueño esté intrínsecamente detenido en un recuerdo, en el instante cuando vio por primera vez a aquella niña de ojos color miel y cabellos olor a trigo. Se quedó preso en el ocaso de su piel morena, aquella piel canela, en el gesto de brillo de luna que se escapaba sutilmente de su rostro sin dar muestras de importarle siquiera un peso su presencia. Él, que solo fue un testigo mudo de aquel encuentro que tuvo su corazón con la belleza, él, que regresaba de comprar sus golosinas y ella que cruzaba por su calle de la mano de su madre con destino quién sabe a dónde, ella que cruzaba por su esquina… ella que cruzaba para siempre por el centro de su vida, sin anunciarse.

¿Será que los ángeles vienen a la tierra a disfrazarse de niñas?  Musitó para sus adentros sin perder de vista aquel cielo de 1.10 metros de altura, de zapatitos rosa que combinaban perfectamente con la alfombra de lágrimas de tonos lila, violeta y púrpura que los jacarandas derramaban a todo lo largo de la angosta calle, como pétalos de una canción que les escribe el viento, como una acuarela de Steve Hanks, a mano alzada. Aquella era la primera vez en sus siete años de vida que veía a una niña y se quedaba paralizado. Normalmente las invitaba a jugar al escondite, o a jugar a las carreras en los charquitos, incluso las había acompañado al potrerillo a buscar flores para adornar la escuela, pero jamás le había pasado que ver a una niña lo dejara perplejo y sin ninguna de esas ideas de juegos en el recreo.

Su nombre era Abril, lo supo años después, cuando volvió a verla una mañana de domingo cuando salía de misa, cuando creía que aquel evento tan fortuito que la llevó a cruzarse en su camino a los siete años, ya eran parte del olvido.

-¡Abril! Gritó una chica que bajaba las gradas por las que él subía, y sintió el deseo incontenible de mirar a la mujer que llevaba por nombre el mes donde nace la primavera, esa estación tan llena de aroma a flores, tan llena de brisa y de colores. Entonces volteó, de nuevo la sensación de quietud y de consuelo de la primera vez, nuevamente petrificado mientras la veía saludando a la mujer que había gritado, de nuevo sus ojos detenidos en aquella piel canela, en la sensación de recordar al trigo meciéndose entre sus cabellos al viento, en aquella mirada de miel y aquellos labios de fresa, el cielo ahora medía 1.65 y volvió a rendirse ante el poema.

Ahora tenía veinte años, y si alguna vez había pensado que la imagen que guardaba de aquella niña, de aquel encuentro entre sus mundos, solo había sido una situación aislada que había terminado por quedarse más tiempo del que debía en sus recuerdos, ahora estaba seguro de que sería imposible olvidarse de ese nombre, de ese renacer de sueños, de ese latido descarado que ensayaba su corazón por segunda vez al tenerla tan cerca… tan lejos, y todo esto con la certeza de que ella ni siquiera conocía de su existencia. Jamás se percató de su presencia en la órbita de su espacio.

No hay forma de explicar la sorpresa que fue para Marcos de la Sierra, cuando se encontró frente a frente con Abril Rosas en el círculo central del parque de los Ángeles, en Heredia, a un costado de la fuente de los helechos, justo cuando se disponía a abrir el periódico para enterarse de los eventos relevantes del país y del mundo, a la edad de 65 años recién cumplidos, ante la vista del único testigo de aquella escena sin precedentes, un invitado de la casualidad para ser partícipe de semejante historia de amor que encontró un enemigo en el silencio, para observar desde afuera el desenlace de aquel complot que terminó por tenderles el destino. Ahí estaba yo, y al igual que mi fortuna, pretendí que no existía.

La mujer que caminaba a pasos lentos por el zaguán de los helechos se detuvo de repente frente al hombre que estaba sentado frente a mi banca en el parque de los Ángeles.

El viejo alzó su vista lentamente, al sentir la presencia de la mujer invadiendo su espacio, como buscando una respuesta a la pregunta que le hacía su sombra sobre el periódico.

Vi los ojos de Marco, y me llené de asombro. Se le llenaron de luz. Luego la mujer se sentó a su lado, de edades muy parecidas, pero ella con la gracia de los atardeceres de verano, con una coquetería inherente en su ADN, dicen que no se puede evitar lo de ser mujer, pero a esta viejita se le salía un ángel por la mirada, parecía brotarle miel cada vez que parpadeaba, dulce y bella, toda una reina. Brevemente tuvo una mirada para mí, me sonrió con una especie de pedido de discreción, y yo asentí con una mueca de pena.

Luego miró fijamente al anciano, y le habló de la forma más dulce, conteniendo la emoción que se le escapaba por el temblor de las manos, mientras yo desde mi banca fingía que no le oía.

-Mi nombre es Abril Rosas Salguero, sé que tu nombre es Marco de la Sierra y he estado enamorada de ti desde que tengo seis años. Te vi por primera vez en un recreo, averigüé la dirección de tu casa, y le pedía a mi mamá que me llevara a caminar por la calle de los jacarandas para tener una oportunidad de verte, pero el único día que pareciste verme no tuviste mayor interés en conocerme. Luego de muchos años, de verte ir y venir cuando ibas a la secundaria, me puse de acuerdo con una amiga y planeamos una manera de llamar tu atención, un domingo después de misa nos topamos en las gradas de la plaza frente a la iglesia, pero no me viste, mi amiga que venía detrás gritó mi nombre, volteaste a ver por un momento, pero seguiste tu camino y no logré que te interesaras en mí. Después de eso no volví a verte y los años se repitieron, no volví a la calle de los jacarandas pero tampoco perdí la esperanza de tenerte. Sé que todo esto puede ser muy extraño para ti, pero juré que cuando te viera no iba a dejar pasar de nuevo la oportunidad de hablarte, por eso estoy aquí, porque luego de 43 años vuelvo a tenerte frente a mis ojos, y fiel a mi promesa aprovecho para abrirte mi corazón, para decirte que sin importar donde hayas ido en esta vida, siempre ha habido un hogar aguardando por ti entre mis brazos…Te amo, Marco de la Sierra, el cielo es mi testigo.

Luego de eso quedó un silencio de esos que se meten hasta los huesos, de esos que erizan la piel, de esos que encogen los corazones.

Ya no pude escuchar lo que dijo Marco, no le salió la voz, pero cuando las palabras se ahogan en el nudo de la garganta, no hay mejor manera de explicar lo que uno siente que dejando que se acerquen los corazones, dejando que la piel confiese la emoción, aceptando el hogar que le ofrece el otro en un abrazo.

Me alejé de ahí sintiéndome un bendito afortunado, me fui porque ya no podía aguantar el peso de tanto amor frente a mis ojos. Y pensé en lo grandioso del momento, en la dicha de estar presente en ese instante tan crucial y decisivo y en la pequeñísima oportunidad que necesita un pequeño amor para dejar de ser una semilla y convertirse en algo tan poderoso, en algo tan bondadoso, en algo tan sobrenatural, en una fuerza incontenible dentro del corazón donde germina, en algo tan efímero y eterno dentro del intervalo que es la vida.

Marco de la Sierra y Abril Rosas Salguero se convirtieron en mis amigos, soy el guardián del secreto de su maravillosa historia de amor, de sus mil y una noches tomados de la mano frente a la luna, de sus constantes caminatas entre el campo de trigo, de sus largos besos al bajar las gradas después de misa, de sus jacarandas y sus helechos.  Y viven muy felices, hasta siempre.

 

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