Dulce recuerdo – @soy_tumusa

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Recuerdo el olor de su pelo como a mezcla de frutas exóticas. Me agradaba mucho acariciarlo mechón a mechón y pasármelo delicadamente por mis labios, por mi nariz, para poder embriagarme de su aroma; notar la suavidad de sus cabellos y lo bonito que lucían brillando, rojizos, por la tenue luz que entraba a través de la persiana. Recuerdo su blanca tez, tan suave, tan delicada que hacía juego a la perfección con esa larga melena cobriza, ondulada, suave y delicada que apartaba de sus ojos y de su cara, dando un giro con la cabeza, dejando al descubierto su pálido y delgado cuello, donde yo añoraba perderme. La observaba minuciosamente. Cada movimiento, cada postura, su manera de hablar, de colocar sus manos, sus miradas, cada parpadeo… todo era un verso y, en conjunto, un delicado poema que pedía a gritos ser escuchado, ser leído y susurrado. Ella era inspiración para mis ojos y ni un solo día pasaba sin que se insinuara para mí. Provocaba el ardor de mis más profundos deseos y me volvía loco de pensar en notar su saliva en mi boca y sus labios anaranjados sobre mi pecho.

Recuerdo aquella tarde de verano, aquel parque donde coincidimos, irradiaba belleza e ingenuidad a la par. Jamás pensé que aceptaría esa invitación temblorosa a tomar un helado, qué nervios; yo prefería mirarla en todos los sentidos, no quitar mis ojos de los suyos, no quería perderme ni un gesto, ni una palabra. Cada minuto la deseaba, cada segundo con ella hacía arder más y más mi polla bajo el pantalón, notaba que iba a explotar de verla cómo lamía esa pequeña cucharilla y fantaseaba que era mi miembro el que gustosamente salivaba. Apenas pude degustar aquel café, pero poco me importaba. Era un verdadero placer «degustarla» a ella en aquel mismo momento.

Recuerdo cómo aceptó mi invitación de llevarla a su casa. Su amiga la había dejado plantada en ese parque y qué bien, ahí estaba yo dispuesto a ayudarla. Después de terminar el helado, nos dirigimos al aparcamiento, me ofrecí a abrirle la puerta como buen caballero que soy. De paso quería notar su cabello cerca, saber a qué olía esa larga melena roja y rozarla, nada deseaba más. Ya en camino, recuerdo que le propuse ir por un atajo que conocía bien y ella no se negó, no sé por qué extraña razón confiaba en mí. Sería mi aspecto serio, mi traje, mi manera de hablar… Sé que le gustaba, que ella también me deseaba; de repente, y sin quererlo, me encontraba a las puertas de mi finca. Vaya por Dios, iba hablando todo el rato y me despisté y recorrí el camino a casa.

Recuerdo que ella estaba temblorosa, lo sé porque, al poner mi mano en su rodilla para acariciarla, se estremeció. Le propuse entrar, pero ella se negó rotundamente. Normal, era un completo desconocido…

«Abre los ojos mi amor».

 

La recuerdo blanca, pálida, un cuerpo perfecto e inocente del que no me cansaba de mirar. La recorría una y otra vez con la mirada. Sus pechos firmes, propios de su edad, rosas, grandes y coquetos, que pedían ser lamidos. La recorría con mi boca hasta su ombligo, llenándola de saliva mientras yo me masturbaba. Sus braguitas tan dulces y como ella, blancas y rosas, con ese lacito tan mono que las coronaba.  Su coño, rojizo, delicioso, esperando ser abierto; Metí mi cara entre sus quilométricas piernas mordisqueándolas, quería contemplar aquel divino mosaico, aquella obra con la que día tras día había soñado. La follé intensamente, tanto que lloré, mientras la besaba lentamente, ella inmóvil, se dejaba. Sé que me deseaba, que ardía por dentro, aunque respiraba en su silencio; sus latidos pedían más y más y ahí estaba yo como un salvaje penetrándola y llenándola de semen por todo su blanco cuerpo. Dios, que dulce recuerdo.

Recuerdo mis manos en su delicado cuello apretándolo mientras la penetraba una y otra vez cual loco, recuerdo mi ardor, mi deseo irrefrenable… lo  recuerdo y aún me estremezco, aún desearía que fuese mía de nuevo…

– Su señoría, recuerdo que yo no quería hacerle daño, solo deseaba amarla y que fuera para mí; sólo recuerdo que la deseaba más que a mi vida y que la quería tener conmigo en esa cama siempre… Su señoría, entiéndame., ¡ella siempre me provocaba!.

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