Donde nacen las mariposas – @Imposibleolvido

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Llovía, qué digo llovía, diluviaba. Salí del portal de mi apartamento como alma que lleva el diablo. Ya eran más de las tres de la mañana, calles desiertas, tormenta monumental, pareciera que el cielo estuviese llorando su muerte…

Llego a la estación de autobuses de Portland totalmente empapada, los dientes me castañetean, palpo en mi pecho por encima del abrigo y noto el grosor de la cartera que cogí del pantalón de Jerry. Ya no iba a necesitarla, puto degenerado…

Me paro frente al panel de salidas, el primer autobús sale dirección a Minnesota. Me vale. Saco el billete, un café de la máquina y me meto en el baño a intentar secarme un poco bajo el seca manos.

36 horas de ruta en autobús dan para mucho pensar, más si en tu loca huida olvidas hasta el teléfono móvil, nada con lo que atontar el cerebro. Se me viene a la cabeza el sonido sordo del disparo, el sonido seco de la cabeza de Jerry contra el suelo, el sonido del aire saliendo por su boca ensangrentada… necesito auriculares y música para apartar esos ecos. Revuelvo en el bolso, clinex, chicles, mi cartera, mis papeles, mi pequeño neceser de maquillaje, dos mecheros, la pistola envuelta en una camiseta de Nirvana que cogí al azar… un cepillo, nada, no hay rastro del teléfono. Sigue lloviendo.

Llego a Minneapolis casi a mediodía, no puedo quedarme allí, he de coger algún otro vehículo hacia algún otro lugar que no tenga conexión directa con Portland… Miro detenidamente las calles colindantes y compro una guía sobre Minnesota, me siento a comer en una cafetería y me dedico un largo rato a estudiar mapas y carreteras.

Decido ir hacia Cotton, un pequeño pueblo dentro del condado de St. Louis. Bien, ya pensaré una vez allí los siguientes pasos.

Me meto en unos grandes almacenes y compro un par de mudas completas de ropa, una caja de decoloración para el pelo, un teléfono móvil de última generación y una mochila grande, todo con la tarjeta de Jerry. Vuelvo a la cafetería y me dan indicaciones de cómo llegar a la estación de trenes. Me largo de Minneapolis sin ni siquiera echar un vistazo al museo de Prince. Increíble. Esa idea ya me hace estar malhumorada más de la mitad del recorrido.

Cotton. Un pueblo verde, con lagos enormes y un frío de morir. Pregunto dónde puedo alojarme por unos días y me mandan a El Toro Lounge. Un bar en el que siempre faltan camareras y que además da alojamiento por precios asequibles. Un amable abuelete me lleva en su furgoneta.

El dueño del local es un gordo grasiento y por la forma de mirarme casi puedo asegurar que es un sátiro. El sueldo es inexistente pero las propinas son todas para ti, no pide información sobre mi persona ni ningún papel que la certifique, a cambio el alojamiento y las comidas son gratis. Todo esto me lo dice sonriendo y acaba cogiéndome un mechón del pelo entre sus dedos. Me aparto con verdadero asco y recuerdo que tengo que teñirlo. Acepto el puesto, me acompaña a mi «habitación» y consigo por fin una ducha caliente y un descanso.

28 de septiembre. Ya llevo seis días aquí escondida en este tugurio de mala muerte. Los clientes son una panda de borrachos acosadores y el dueño no dista mucho en ser diferente al resto. Intento dejar pasar los días antes de tomar la decisión de largarme porque no tengo ni idea de adónde.

Antes de empezar mi turno de tarde cruzo a la gasolinera de enfrente a comprar Tampax, malhumorada, cansada y con ganas de volver a apretar el gatillo revuelvo entre las estanterías intentando encontrar lo que busco cuando entreveo un chevy del 75 pararse frente a la enorme cristalera. Precioso.

Un gigante pelirrojo, con barba larga, tatuajes y pintas de no tener mucha paciencia medio discute con el chico de la gasolinera. Buen culo, marca paquete premium, me gusta…

Empiezo mi turno después de que la rolliza Sally, compañera de trabajo, se vuelva a despedir mirándome con suspicacia, como si me conociera la muy gilipollas. Veo al gigante rojo entrar por la puerta. Parece que después de todo hoy va a ser mi día de suerte. Lo veo mirarme con interés y eso hace que me sienta aún más segura.

Hay algo en él, en su forma de mirar y de hablar arrastrando un poco las últimas sílabas que me atrae poderosamente.

Después de cenar copiosamente y dejar una generosa propina lo veo entrando al coche. Sigo mirando cada dos por tres y el coche sigue en el mismo sitio. Quizá esté esperando que yo salga. Quizá se quedó dormido. Quizá qué más da lo que haga el panocho. Termino de recoger la cocina y salgo a fumar, mi jefe sale detrás, el olor a whisky lo delata tras de mí, vuelve a intentar manosearme y me giro muy enfadada. No es la primera vez que me mete mano a traición y el asco se apodera de mí, me ciega, de repente estoy en el suelo, de repente golpes, de repente ¡PUM!, la pistola entre mis manos y el gigante rojo frente a mí, mirando a mi jefe en el suelo con los ojos muy abiertos, lo veo intentando calmarse a sí mismo en décimas de segundo, fijo mi atención en él, no quiero mirar al otro cerdo que sangra junto a mí, lo veo alargar su mano y tira de mí, me lleva hasta su coche sin parar de tocarse la barba. Le digo que espere un segundo y salgo escopeteada a por mi mochila con todas mis cosas. Abre el maletero, perfectamente limpio y ordenado con lo que parece ser un equipo profesional de fotografía o algo similar, acomoda mi mochila y cierra rápidamente. Me mira un segundo a los ojos y nos subimos al coche. Acelera. Oigo mi propio latido, de hecho me ensordece ese sonido.

LLevamos bastante rato en el coche.

— ¿A dónde vamos? — Pregunto.

Silencio. No aparta los ojos de la carretera… Repito mi pregunta.

— A donde nacen las mariposas.

Vale, este tio es un loco o algo parecido. Puede que sea uno de esos científicos que van siguiendo a las mariposas monarca, hay mucho rico aburrido por estas latitudes. Me quedo un rato pensando en mi jefe en el suelo del parking, en Jerry en el suelo de mi salón, en Peter en el suelo de aquel callejón del puerto, en John en el suelo de la cabaña de aquel bosque… Tengo que parar.

LLevamos tres días jugando a ser Nosotros. Un nosotros en sociedad limitada. Somos Sera y Ben. No sé su auténtico nombre, tampoco me interesa, folla bien, come el coño aún mejor y no hace preguntas. Parece ser que por algún extraño motivo vamos siguiendo a las putas mariposas monarca. Aquí cada gilipollas tiene sus motivos. Pienso bastante en matar. Sinceramente pienso bastante a menudo en matarlo. Folla como Dios, no quiero encariñarme con su rabo. Me despisto unos minutos de su atención y compro munición y dos toblerone en una tienducha a pie de carretera. Me excita pensar en disparar de nuevo. Mordisqueo el chocolate mientras vuelvo al coche.

Por lo visto ya estamos donde acaba su viaje y yo necesito seguir moviéndome. Desde aquí, México, me abre un mundo de posibilidades. Hoy es festivo local y «Ben» no para de sonreír y de apretarme la mano. Lo dejo confiarse, ¿que más me da lo que él piense?

Llegamos a un pequeño pueblo, la gente llena sus calles llevan casi todos flores, le pregunto porqué y me cuenta ilusionado que hoy es el día de los muertos, sonrío para mis adentros. Destino lo llamarían algunos. Casualidad que dirían otros. Me agarro a su mano y nos perdemos por el pueblito, entre sus gentes, incluso llega a comprarme una flor. Nos dirigimos hacia el valle. Tiene mucho interés en enseñarme el motivo de su viaje.

Nos adentramos en el valle, siguiendo un sendero, todos los arboles están cubiertos por completo de mariposas. Es mágico. De repente todo mi ser se tranquiliza. Tenía que ser aquí. Ben tiene que morir aquí. Lo dejaré disfrutar un poquito más de las vistas, de mí, de mi cuerpo. Aunque para qué engañarnos, quiero volver a sentir su polla en mi interior antes de darle un bonito final a su existencia.

Después de todo no todo el mundo muere donde nacen las mariposas…

 

 

(Leáse a @J_eSeKa para completar la historia)

 

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