¿Dónde fue? – @dtrejoz

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Yo salí de la alameda a toda prisa y mis ojos se encontraron de golpe con su risa, mi camisa con su vaso de café y mis brazos con un cielo en su cintura. Así empezó todo. La hora cero de la historia.

-¡Me pareció tan bella…!

Aquella mañana empezó distinta. Al abrir los ojos una sensación de optimismo me inundó el pecho, me sentí capaz de lograrlo todo, como si un poder superior me hubiera contagiado por la noche, ni siquiera reparé en la señal de mala suerte que conlleva levantarse con el pie izquierdo de la cama, porque esa mañana todo lo que quisiera iba a tener un trébol de cuatro hojas bajo la manga, porque ese día el viento estaba a mi favor, cada paso que daba me empujaba viento en popa…como un despertar a sotavento.

De alguna forma aquella escena terminó por convencerme de que el cielo vino a verme esa mañana. Que tropezar en esa esquina era una señal, que debía volver a verla… ¡lo que son las casualidades! le dije, con un tono de disculpa, con una risita -de estúpido- imborrable, pero me quedé pensando en el destino.

¡Si hubieran visto su sonrisa…!

Hay momentos que se quedan por siempre enredados en el atrapasueños del recuerdo, instantes que se atesoran, que se antojan inolvidables, y el minuto en el que nuestros pasos se cruzaron aquella mañana fría jamás me abandonó. Entonces me di a la tarea de encontrar una palabra que pudiera describir la sensación de plenitud que marcó mi alma, esa supernova hecha sonrisa explotando de un golpe en mi infinito, cegándome con múltiples sueños de luz, como ver el nacimiento de un millón de estrellas en el mismísimo fondo de su mirada, de una mujer así uno no regresa ileso, de una sonrisa así uno no regresa entero, de una mujer que sonríe así uno ni siquiera regresa…

La llamé: “Eternidad”. Con esa palabra me sentí a gusto, fue la que más se acercó a la emoción que me embargó, la sensación de plenitud. Luego la quietud de su mirada cabizbaja, como un chubasco de angustia,   – porque ni siquiera me miró a los ojos-  se disculpó muy deprisa mientras miraba apenada la mancha que su café había dejado en mi camisa, mientras ambos intentábamos recoger sus libros de estilismo y su lonchera que también habían rodado por la acera, aquel sector de la banqueta me pareció tan digno de un altar, un santuario para recordarla siempre, un lugar donde adorarla… y ella ahí… tan eterna, tan eterna entre lo efímero de aquel alineamiento de planetas, tan eterna entre lo improbable de aquel coincidir de mundos ¿de dónde había salido? – me pregunté, mientras veía con atención el nombre que estaba escrito con lapicero negro en el lomo de uno de sus libros del instituto nacional de aprendizaje…  ¿dónde estabas? – le pregunté sin mover los labios, desde la curiosidad desmedida que se ahogaba en mi silencio, pero sin apartar ni un instante de sus labios mi mirada. Luego del chubasco; un arcoíris con todos los colores de la vida, como un despertar de sueños, como un agitar de mariposas, todo eso pasaba en su rostro sin darme tiempo a parpadear, porque no quería perderme ni un momento de esa luz, quería memorizar el ángel que se le estaba saliendo por el rostro, la infinidad de aquel instante tan parecido a un soñar de girasoles, la magia de aquel amanecer de amor que experimentaba desde el centro de mi ser, todo el encanto y la ternura que puede humanamente resumirse en una sola sonrisa…sí, olviden todo el párrafo anterior, solo quédense con que me pareció eterna, y más que amor a primera vista, fue una eternidad al primer amor.

Su nombre es “Eunice”, que como “eternidad” también empieza con “E”, el nombre de una mujer así tiene que ser inolvidable.

Para entonces ya era tarde. Era tarde para regresar a cambiarme la camisa, era tarde para olvidarme de esos labios, era tarde para comparar esa sonrisa con ningún ocaso de verano, si desde su silencio renacían jardines, si contaba universos desde el brillo de su rostro de ángel, era muy tarde para mí, así que la seguí con la vista hasta que subió al autobús y desapareció para siempre de mi calle y de mis brazos.

Nadie la conocía. Pregunté por toda la calle, casa por casa, a los vecinos y conocidos, les describía a esa mujer del uniforme blanco, las iniciales del “INA” en la bolsa de su blusa, su mirada de amanecer herido de luz, su sonrisa de magnolias, su cadencia al andar, la ternura en su expresión… y nada. Solo yo la había visto, solo yo había tenido la dicha de quedarme atrapado en ese sueño de mujer, en la eternidad de aquel instante de sonrisa, en la música de su respiración agitada y nerviosa, en ese barlovento… en aquella mirada que escondía paraísos y universos, chubascos y arcoíris. Mis sueños.

 – La espera no alcanzó para ser olvido.

El invierno llegó a llenar de poesía los cristales, a escribirse en clave morse en los tejados, a llenar de vida los caudales de los ríos. La lluvia y la nostalgia…inseparables. Luego también la predisposición de cada quien a recordar, a dejarse intimidar por ese frío. Una tarde de mayo se dejó caer desde las nubes, y desde la espera en un cruce peatonal; mientras esperaba la luz roja del semáforo para cruzar, la vi. Estaba allí, al otro lado de la calle, tenía unos libros en su brazo izquierdo apoyados a su cintura, un abrigo largo y beige con botones grandes al frente, el fajón lo llevaba suelto, dejando ver una hermosa blusa tipo corsé que estilizaba su figura, unas botas altas y negras que le cubrían hasta las rodillas, el jeans por dentro de las botas y una hermosa bufanda café que hacía juego con la profundidad de su mirada, estaba ahí guareciéndose del torrencial aguacero en el alero que bondadosamente le ofrecía la cornisa de un edificio de locales comerciales del centro, justo frente a la ventana de la floristería, al lado del correo.  Aquel minuto se hizo interminable. Cada vez que un autobús cruzaba y la desaparecía de mi vista era angustiante, la ansiedad por verla de nuevo frente a frente crecía, todo alrededor dejó de existir y la luz verde se convirtió en lo más parecido a la temida luz al final del túnel. Caminé hacia ella, con la determinación de quien sabe que no hay segundas oportunidades para causar una buena primera impresión, con el anhelo de repetir su nombre, porque desde aquel día que nos cruzamos al final de la alameda, todo era noche; y allí estaba mi oportunidad de amanecer. Entonces todo se detuvo, y ahí estaba ella flotando en una nube,  y ahí estaba yo, al borde del abismo.

Empecé donde debía…dije hola y después su nombre.

– Hola, Eunice.

– Hola, respondió, con ese aire de sorpresa cuando a uno lo abordan desprevenido.

Luego le dije todo lo que le había guardado, le hablé de las veces que pregunté por ella, de lo mucho que la había extrañado, le dije que jamás alguien me había podido tanto con tan poco, le confesé de las noches que me asomaba a recordarla en mi ventana, de todas las veces que le dije su nombre a la alborada, de mi deseo de encontrarla, del universo en su mirada, del agitar de mariposas, del soñar de girasoles, de todos los colores de la vida en el paraíso de su rostro, de su respiración haciendo música en el barlovento, de la supernova de su sonrisa y el nacimiento de un millón de estrellas en el breve instante de su mirada, de los chubascos y arcoíris, de mi vida a su deriva. Me vacié de alma.

Le hablé de puras casualidades. Pero de haber sabido que iba a sonreír tan bonito le hubiera hablado del destino.

Por un momento el frío invadió el silencio que quedó tras la tormenta de palabras que le dije, porque su sonrisa se llenó de dudas, porque quizás la había puesto contra las cuerdas, con demasiadas emociones para un mismo día.

 – ¿Y ese día que dices, cuando nos conocimos? ¿ese lugar que cuentas? ¿esa alameda donde dices que me llamaste eternidad? Preguntó, con toda la delicadeza de un ser divino y celestial, con la inmensurable misión de mantener mi corazón en una sola pieza, mirándome fijo a los ojos con toda la bondad del universo saliendo de su mirada, y con la dulzura de todos los geranios del mundo juntos en el jardín de sueños de sus ojos.

 – ¿Qué hay con eso? Le pregunté, dejándome llevar por la poesía que se escapaba de su voz, llena de curiosidad y de melodía.

 

 – ¿Dónde fue?…

 

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