Dominación – @netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

Las caballerizas al atardecer, cuando todos se han ido, parecen un lugar parado en el tiempo. Hace calor pero, a pesar de la venda que me cubre los ojos, puedo sentir la textura de la paja seca, el crujido que hace al pisarla; también me llegan y fascinan los olores del recinto; me dejo llevar por el aroma del aceite, el cuero y el esparto… Conforme siento que avanza la oscuridad, el silencio sólo interrumpido cuando me muevo por el suave sisear de la soga pasando por la polea y la anilla que la sujeta a la pared, se me hace más pesado, espeso. Espero atada a que él venga a buscarme.

No me quejo, es lo que tanto tiempo he estado esperando, deseando febrilmente. Nunca, nadie, había conseguido someterme y hoy puede que sea esa primera y ansiada ocasión. Mientras le espero inquieta, excitada y nerviosa intento concentrarme con todos mis sentidos en el acto de esperar, captando cada detalle de estos momentos, del escenario que él ha preparado cuidadosamente sólo para mí.

Todavía siento el tacto de sus manos, con ese punto de rugosidad al acariciarme después de haber tensando la cuerda que me ata. Lo ha hecho despacio, sin prisa, pero decidido; llevando la tensión y la caricia, hasta el punto exacto. Marcando con ese gesto indolente uno de sus deseos antes de marcharse y dejarme aquí, diciéndome quién manda. Mientras él estiraba la soga, antes de que me vendara los ojos, me he concentrado en cómo se filtraban los rayos del sol entre la leve penumbra de la caballeriza, resaltando las partículas de polvo que flotaban en el cálido y espeso aire que nos envolvía mientras notaba el leve roce del dogal en mi cuello, la línea del deseo, casi palpable, que nos une ahora.

Y su mirada robada a hurtadillas mientras me ataba, a pesar de estar con la cabeza gacha, como a él le gusta. Intuyo que es la forma de comunicación más poderosa que tiene, sobre todo, cuando la confianza otorgada por mí, el beneplácito recibido, es llevado un poco más allá de lo acostumbrado. Intuyo sus ojos observando atentos mis reacciones y puedo presuponer que se pregunta si me atreveré a avanzar ese paso más allá, para llegar a probar de su mano las mieles del placer. Para cualquier espectador que ahora nos viera casualmente, somos dos actores mudos, interpretando un diálogo furioso, pero contenido, plagado de gestos mínimos.

Me sorprendo también encontrando placer cuando, escucho el aire al ser rasgado por el silbido de la fusta movida por su mano. Sé que me observa paseando a mí alrededor, despacio, tranquilo, poderoso. Barrunto cómo sigue mirándome con toda su atención puesta en mis más leves movimientos, mientras juega con el suave balanceo del cuero en su mano. De vez en cuando lo deja caer para que golpee suavemente su bota y yo pueda escuchar ese chasquido peculiar. Él utiliza su poder mezclando, a la vez el miedo y el deseo, cuidando la confianza extrema que debe otorgarse por ambas partes en estos actos y que, cuando menos lo esperas eleva la excitación de esos instantes a extremos difíciles de explicar. Es muy sutil la frontera entre el placer de quien otorga esa confianza ciega y lo que espera a cambio: el dolor al recibir la caricia seca del cuero.

Y luego está el gusto por su sudor, que empapa, me aturde y embelesa; hace brillar nuestras pieles en esta semi penumbra espesa. Ese almizcle que sabe a deseo, a temor, a ganas, a placer y dolor unidos por el attrezzo de la cuerda, la fusta y las miradas. Los poros, que no saben mentir, se abren de par en par al deseo. Saben que detrás del golpe siempre llega una caricia, que calma y, a la vez, prepara para ascender otro poco más en la escala. Combinar las dos acciones es un arte al alcance de unos pocos, requiere una concentración máxima para saber exactamente hasta donde se puede estirar, pero a la vez también requiere de un desapego absoluto, de un desprecio casi animal que puede llevarnos en volandas, a la frontera de los deseos más oscuros. Mucho más allá de lo que había soñado él…

Y por último están los olores. Fuertes, acres, suaves, dulces. Recuerdo el aceite brillando sobre la piel, resbalando sobre los músculos tensos, los suyos y los míos y esa imagen me abre en canal el alma, cada vez más ávida de sensaciones. Él sabe de mi deseo excitado, abierto como una flor y me recorre despacio, me da la vuelta y se complace en olerlo despacio mientras acaricia mi trasero…

Y entonces, es cuando me quita la venda de los ojos y abriendo de par en par las puertas del establo a la luna llena, decide desnudarse. Puedo ver su miembro duro, erecto y salvaje, proclamando sus ganas de poseerme, de domarme. Me libera de la soga que apretaba mi cuello y de un salto se monta sobre mí lomo, noto sus nalgas en mi espalda, su polla dura apretándose contra mis carnes, ciegamente enfebrecido. Sólo tiene un objetivo, domarme, poseerme. Sus piernas me rodean, aprietan mis costados mientras le noto respirar acelerado. Agarra mis crines y así ambos, desnudos y excitados, salimos veloces hacia el bosque en una galopada salvaje con la que mi amo, pretende domarme…

Si el supiera lo mucho que he deseado este momento. Lo que me excita sentirle desnudo, duro, potente, mientras me monta y aprieta sus muslos contra mí… no habría tardado tanto en intentar domarme. Él ha sido el primero a quien he ofrecido mi sumisión absoluta, porque él ha sido el único que ha sabido atraparme.

 

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