Dominación – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

Los pebeteros encendidos se extendían a todo lo largo del paseo. Desde aquella altura, parecían pequeños fuegos fatuos que destellaban sin moverse del sitio. En tales circunstancias, imaginas un cielo oscuro, encapotado por nubes negras que presagian tormenta, pero no. El sol resplandecía radiante en un cielo insultantemente azul. La contrariaba un poco que los elementos no se pusieran de su parte en un momento como ese y le restaran dramatismo a la escena. Aunque, visto de otra manera, los 45° a la sombra ayudaban a que la caminata de los prisioneros fuera aún más penosa si cabe. La procesión se alargaba hasta donde le alcanzaba la vista y venían de los cuatro puntos cardinales. Algunos le rendirían pleitesía para salvar sus vidas; otros, los menos, apretarían los dientes con furia y la mirarían con patente desprecio. Bien, eso estaba bien, pensó mientras giraba el anillo de su dedo anular distraída. No se puede pretender caer en gracia a todo el mundo.
—Sra. Moab.
Dio un pequeño respingo. Estaba tan sumida en sus pensamientos que no había oído entrar al general de sus tropas. El estómago le dio un vuelco. ¿Podría ser? Hizo un gesto con la mano para que continuara.
—La tenemos.
Moab sonrió con malicia. Por fin.
—Muéstramela.
El general se cuadró para luego darle la espalda y salir de la sala y ella le siguió, más ansiosa de lo que nunca admitiría.
Cogieron un ascensor y bajaron en silencio. Miró a su general de reojo. Iba completamente vestido de negro, igual que ella y su rostro era inescrutable. ¿Qué estaría pensando? ¿La reprobaría? ¿Seguirían siendo amigos como antaño? Se sorprendió de tales pensamientos en un momento como aquel. Estaba a punto de culminar su venganza y le preocupaba si el hombre que comandaba sus ejércitos seguía siendo su amiguito. En ese momento, él volvió la cabeza y la miró directamente. Sonrió y ella suspiró y le devolvió la sonrisa. Él le rozó la mano y ella la agarró con fuerza.
—Tranquila, ¿vale? Te veo ansiosa y eso no es bueno — Moab volvió a sonreír y agachó la cabeza con timidez. Estaban solos y podían ser ellos mismos. Apretó su mano más fuerte y él le pasó un brazo por los hombros.
—¿Os ha costado mucho dar con ella?
—No. En realidad no le caía bien a nadie. Es lo que tiene ser una persona egoísta, falta de empatía y manipuladora, que la gente, a la que tienes un problema, te manda a tomar por culo. La falsedad domina el mundo, Mo.
—No —le respondió esbozando una sonrisa pícara— ahora lo domino yo.
Él soltó una carcajada y le hizo cosquillas. A ella le vino a la cabeza una frase que le dijo alguien una vez: “No se puede dominar el mundo con esas cosquillas”. Pues mira, sí se puede.
El ascensor se detuvo, se separaron y adoptaron otra vez un gesto adusto. Las puertas se abrieron y dos guardias les recibieron cuadrándose y haciéndole el saludo militar a pesar de ser civil. Sí, vale, había dominado el mundo, pero no ostentaba cargo militar alguno porque no le daba la gana.
—Descansad. Id a tomar algo, aquí abajo hace demasiado calor y no quiero que os desmayéis. No necesitamos ayuda para lo que hemos venido a hacer.
Ambas mujeres sonrieron agradecidas, inclinaron respetuosamente la cabeza ante ambos y tomaron el ascensor del cual se acababan de bajar ellos.
Había construido su ejército de una forma revolucionaria. A base de amor y respeto. El miedo lo reservaba para aquellos que, antes de que ella tomará el control, estaban destruyendo el mundo y a la humanidad. No más políticos ladrones, no más protocolos de Kioto violados, no más guerras en los países pobres, no más malgastar los alimentos, no más maltrato animal, ni tampoco humano. Adiós a la trata de blancas, a la corrupción, a las drogas, las violaciones, el hambre, la pederastia, la religión… Ahora, toda esa gente conformaba la larga cola que, hacía tan sólo unos minutos, observaba desde la ventana de su despacho.
Toda, menos una. Esto era personal.
Su general se detuvo y abrió una puerta. Ella cogió aire y, con paso firme, entró a la celda delante de él. Cuando éste dio un paso en la misma dirección, se dio la vuelta y puso la mano en su pecho.
—No —le dijo— esto es cosa mía.
Él la miró unos segundos a los ojos, valorando su estado anímico. Lo que vio pareció complacerle porque asintió con la cabeza, dio un cariñoso apretón a su mano y cerró la puerta. Moab cerró los ojos un segundo, con la mano apoyada suavemente en la hoja cerrada. Después irguió la cabeza y, resuelta, rodeó el biombo que separaba la puerta de su objetivo.
Le dio un pequeño vuelco el corazón cuando la vio allí. Con la cabeza gacha, colgada del techo por las muñecas, encadenada de forma que sus pies sólo rozaban ligeramente el suelo. Vulnerable, como esa hija de puta había hecho que se sintiera ella. La prisionera levantó los ojos y parpadeó desconcertada unos segundos. Entonces la reconoció y la sorpresa invadió su rostro.
—Tú… —susurró— Nunca imaginé que pudieras ser tú.
Siempre había ocultado su rostro durante el proceso de dominacion, así que era lógico que no supiera quién estaba detrás de eso.
—¿A tanta gente has jodido como para no saber quién quiere vengarse?— le respondió.
Su cara era un poema. A las claras, sí, había jodido a tanta gente, en su mayoría parejas, que, obviamente, no podía saber quién la buscaba. No contestó.
—¿Tú sabes lo que me hiciste, hija de puta? ¿Alguna vez te preocupó la mujer que lloraba a diario hecha un ovillo en el suelo mientras machacabas su dignidad? ¿Alguna vez pensaste que ahí había alguien que sufría? ¿Alguna vez te importó?, maldita escoria egoísta sin decencia, corazón ni empatía —le dijo mientras sacaba algo del cajón de un escritorio.
—¿Qué vas a hacerme? —preguntó con un hilo de voz. Yo, yo, yo, yo. Lo de siempre. Sólo importaba lo que pudiera afectarle a ella. Moab sonrió.
—Ni más ni menos, lo que tú me hiciste a mí.
Entonces, levantó la mano, ahora enfundada en un guante con afiladas garras de metal que imitaban a las de las águilas y, con un rápido movimiento, le arrancó el corazón del pecho. Moab se quedó mirando el sangrante músculo que aún palpitaba débilmente en su mano. Era pequeño y estaba ennegrecido. Un corazón muerto, sí, pero muerto desde dentro.
Miró durante un instante el cuerpo derrumbado que colgaba del techo. No era para tanto. Nunca lo fue.
—Esto te pasa por hacer daño a otra mujer. Y más, por hacérselo a una con tendencia a la dominación mundial.
Tiró el corazón al suelo, se dio la vuelta y salió de la habitación sin volver a mirar atrás. Al cerrar la puerta, ya la había olvidado. Por fin.
Su general la miró a la cara y, por primera vez en muchísimo tiempo, ella sonrió de verdad, desde todos los rincones del alma.
—¿Nos vamos? Ese mundo de ahí fuera no se va a acabar de dominar solo.

 

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