Doce minutos – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

DOCE. No creo que pueda salir de esta. La cosa está jodida y todo es culpa tuya, no tienes a nadie a quien culpar esta vez. Maldito idiota. Analicemos la situación, hay que tomar medidas rápidas suponiendo que quede alguna por tomar. Hay dos puertas. Cuatro policías ya están dentro, ha entrado una pareja por cada puerta y dos de ellos, uno de cada, me apuntan con sus armas mientras la única agente femenina intenta acercarse a mí con gestos para que me calme. Es difícil calmarme teniendo el cañón de las pistolas enfocando mi cabeza.

ONCE. Se oye ruido en el piso de abajo, seguramente más agentes subiendo y el barullo que se ha montado con los vecinos por sus gritos. Arriba está ella, mirándome como si no me conociera, poniendo cara de falso pánico, pero me conoce de sobras, es una actriz de cojones. Uno de los policías, el que no quiere calmarme y ninguno de los que me apuntan, va camino a las escaleras para decirle algo como “no se preocupe” o “ya estamos aquí, señora”. No la conocen, yo sí, tanto que podría describir los poros de su piel uno por uno. Hay tres ventanas cerca. Si no me equivoco, la de la izquierda da a la escalera de incendios que sale al callejón, la de en medio da a un patio interior, la tercera, a mi derecha, a la calle. Cinco pisos de caída libre. Estoy jodido y, esta vez, es todo culpa mía.

DIEZ. Si la miro fijamente, si dejo que mis ojos muestren ahora el desconcierto convertido en un proyecto de odio y rabia hacia ella, los policías lo detectarán y se lanzarán sobre mí. No puedo con cuatro, ni con tres. Con dos igual conseguiría alguna cosa. No nos engañemos, ahora mismo estoy derrotado. Me duele la pierna donde tengo el corte y mi espalda está magullada por los golpes al caer escaleras abajo. La policía que se hace la heroína viniendo hacia mí me pide que suelte la barra de hierro ensangrentada que tengo en la mano izquierda, con la derecha me sujeto el brazo, también dolorido. Algún cotilla saca la cabeza por el hueco de las escaleras del piso inferior. Al fondo, detrás de los agentes de mi derecha, un vecino graba la escena con su móvil. Y con todos ustedes, en directo, la ruina de un hombre que se las dio de listo. “Por favor, baje el barrote al suelo y nadie saldrá herido”. Joder, cuántos tópicos, todo. Pero no puedo soltarla, así que pinta mal la cosa. Oigo sirenas de ambulancia. Intento hablar, pero la garganta me arde y no me salen las palabras. Quizá esta sea la forma en que tengo que morir, dramáticamente y en directo por Periscope, Twitter o por dónde sea. Mis quince segundos de fama en la televisión, no los necesito para nada, me sobran y no los quiero. La quiero a ella.

NUEVE. La situación gana en comicidad, a mi modo de verlo, cuando ella, desde su pedestal en la escalera, dice que no tengo por qué hacerlo, que no tiene la cosa por qué acabar así. No puedo evitarlo y a pesar de todo lo que me duele, empiezo a reírme. La agente se detiene, los demás se van acercando; el que iba a por ella me mira con rareza. Pero me río a carcajadas como no hacía desde tiempo atrás, es como una serie mala americana, una de esas costumbristas llenas de chistes fáciles, aplausos y risas enlatadas, personajes arquetípicos, guiones vacíos. Que nos den un Emi, y un Globo de Oro a toda una carrera de fracasos. Ella era mi único éxito, o eso creí. Maldito idiota. Mi alborozo dura un rato, acaban por dolerme las abdominales que ya están amoratadas por los golpes, entonces consigo serenarme y me vienen unas terribles ganas de llorar. Eso sí sería una derrota en toda regla, encima llorando. Miro a la agente que tengo a tres metros, con sus manos levantadas y su cara de asombro y de miedo. Tendría que haberme enamorado de una chica como ella: alguien bueno, dulce, cariñoso y recto.

OCHO. Intento recordar por qué vine hoy. La primera imagen son sus largas piernas. Creo que es lo primero que vi de ella, en aquel restaurante mientras esperaba mesa, sentada en el taburete de la barra. La memoria del tacto de su piel, de esas piernas largas, me provoca un principio de erección, pero se marcha rápido, solo habría faltado eso. Tendría que haber visto que había peligro, que algo tan bueno no estaba hecho para mí, que era una trampa o un error o una mierda, puesto que si hago un repaso rápido a mi vida, las cosas buenas siempre han ido de la mano, escondidas detrás de la espalda, de alguna cosa mala de verdad. Tengo un abono de viaje a Guatapeor. Soy un aspirante al premio de consolación que creyó que alguna vez tocaría ganar, pero no se gana sin aspirar al título, yo solo iba para ser sparring. Putas metáforas de mierda, ahora no. Ahora no. La policía da un paso más, por detrás un compañero le pide que no avance, tiene unos ojos color avellana encantadores. “No puedo soltar el arma”, digo con una voz apenas audible.

SIETE. La oigo a ella empezar a sollozar y a gemir que yo los he matado, a todos. Sí, en parte sí, pero no a todos por acción, sino por estupidez. Qué buena actriz es, abrazada al policía cincuentón y barrigudo, que debe de estar poniéndose palote al tener a un cuerpo como ese tan cerca. Ahora yo debería gritarle algo a ella, insultarla, o defender que todo es mentira. Podría intentar hablar con la chica, que me mira ahora de forma distinta, y hacerle ver que en realidad, si analizamos la situación con detenimiento y de forma objetiva, yo no he matado a nadie. A pesar de que tengo la barra en la mano, de que he golpeado a dos hombres hasta que les ha reventado el cráneo, a pesar de que a otro lo he ahogado con una cuerda y a un cuarto le he llenado la boca de pegamento hasta que se ha asfixiado, yo, en realidad, no he matado a nadie. Ha sido ella. Nadie me creerá. La chica, la agente, me pregunta entonces si yo soy quien cree que soy. Sí, le digo, encima eso. Soy quien ella cree que soy.

SEIS. Un helicóptero sobrevuela la casa. Encima de mí está la última planta y después la azotea. ¿Sabrán ya por las noticias que soy quién soy? La chica está algo desconcertada, no entiende que alguien como yo esté en esta situación, supongo. Igual me pide un autógrafo antes de coserme a balazos. Antes, la mira a ella, llorando abrazada al poli panzudo que aprovecha para pasar su mano de forma más lenta y apretada de lo necesario por la parte baja de su espalda. Ni en sueños, hijo de puta, no te va a dejar tocarla sin denunciarte antes, pienso yo. Uno de los maderos grita que tire el palo de hierro ya. “No puedo”, le espeto, “lo llevo pegado con cola”.

CINCO. Me duele el cuerpo de tanto follar, esa es la parte buena. La mala es que luego he tenido que liarme a mamporros con los que han aparecido para hacerme el chantaje. A mí, al director y guionista galardonado hasta con premios que no se han inventado todavía. Quizá ahora sea el momento de ponerme a llorar y decirle a la chica con uniforme que yo la quiero, que es amor del bueno, que me ha jodido la vida bien jodida, que no he tenido más remedio, que ha sido locura temporal, que yo no soy así, que ni yo podía haber escrito una obra tan mal ejecutada ni podría haber ejecutado una obra tan mal escrita. He recibido palos por fuera y por dentro y ahora ya no sé distinguir el linde del dolor. Puede que un disparo sea la solución. Pero no, ella sabe que no me matarán, que me dispararán a la rodilla y luego me reducirán, y a la cárcel, y juicio, y a la cárcel de nuevo. La veo sentada en el banquillo de los testigos, llorando. Es muy buena actriz, mi actriz fetiche. El mejor papel de mi vida era para ella.

CUATRO. Los agentes no tienen claro qué hacer ahora. ¿Me disparan? ¿Me creen? Ella suelta un “se ha vuelto loco, los ha matado a todos” que suena convincente en esa voz rota por el llanto de la mujer desolada por un engaño. El que baja primero las defensas pierde, eso lo escribí yo, pero no lo aprendí. Y se lo conté todo. Y no solo me hizo chantaje con ello, metiendo de por medio a esos cuatro idiotas, menos idiotas que yo, sino que dejó de amarme. Espera, pienso mientras los policías se miran entre ellos, no puede dejar de amar quien no ha amado antes. Y alguien que te ama no te hace esto. ¿O sí? ¿Me quiso y al descubrirlo todo dejó de hacerlo? ¿Fue confiar en ella el problema? No. Claro que no. Estoy jodido y todo es culpa mía. “No puedo soltarla”, repito, “la tengo pegada con el pegamento que usé arriba”. Otros dos agentes, están apareciendo por todas partes, suben hasta el piso de arriba a ver qué escena se encuentran. Hasta ahora, estaban entretenidos conmigo y eran pocos.

TRES. Se oye un “Dios mío” y alguna cosa más. Uno de ellos baja empuñando el arma y como si no supiera de qué va nada empieza a ordenarme que tire el hierro. Se ponen a discutir entre ellos, cada vez más nerviosos. La chica de ojos de avellana le pregunta qué hay arriba. Este responde que hay cuatro cadáveres, dos con la cabeza destrozada, otro con una soga en el cuello y un tercero con pegamento hasta por las orejas. Uno pide refuerzos. Joder, son seis contra uno y llevan pistolas y piden refuerzos. “Voy a intentar quitarme esto, ¿vale?”, les digo. Y acerco la barra de hierro a mi otra mano.

DOS. Un ruido sordo me golpea la caja torácica partiendo alguna costilla. Todo se difumina lentamente y la visión se va cerrando como si bajara un telón. Oigo un “No” agudo, y miro para arriba esperanzado de que sea ella, conmovida por el dolor de verme morir. Y sí, es ella, pero no ha gritado, ella empuña la pistola que le ha robado al barrigón y después de dispararme a mí, apunta a los demás. Mi cerebro, ahora ocupado en enviar a todas las defensas a la herida de bala, no es capaz de procesar qué está haciendo. Igual no es tan buena actriz, al fin y al cabo.

UNO. Sonido e imagen se van apagando. Noto unas manos que intentan sostenerme y todavía estoy a tiempo de soltar alguna lágrima. Al menos muriendo no soy un puto fraude, pienso, el hecho de que sea ella la que me ha matado hace que ya no sea solamente una víctima de mi propia estupidez, ahora soy una víctima suya, también. Y que haya disparado, teniendo en cuenta que no tiene absolutamente nada que perder, es una señal inequívoca de que me quiere. O de que me quería. O de que me quiso. Recuerdo sus piernas largas y su tacto, y el aroma en su cuello. Cualquier película con un final trágico merece una protagonista como ella y una heroína como la chica de ojos avellana, el rostro joven de la cual distingo entre una niebla oscura que asoma por todas las esquinas de mis ojos cansados. ¿Qué dirán de mí cuando haya muerto? Me preocupa pensar a quién le encargarán dirigir el biopic y quien hará de mí en la pantalla.

CERO. Fundido en negro.

 

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