Divide y vencerás – @alasenvuelo

Yamile Vaena @alasenvuelo, krakens y sirenas, Perspectivas

-Es la última vez que me presto a firmar con mi nombre.

Gruñó mientras su mano garabateaba en el papel.

 

-Vamos, no debe ser tan malo. -le contestó ella, con un tono burlón que sacaría de sus casillas al mismo Buda. –No seas llorón. Nadie te puso una pistola en la frente.

 

“¿Nadie?” Él la miró de reojo –no había otra manera de mirarla.- Esa suficiencia, ese control, ese maldito poder que ella ejercía sobre todos sus músculos. Si bien las fantasías sexuales eran de otro mundo, eso no justificaba su femenina manipulación cada vez que ella lo deseaba. Ah, ¡cómo la odiaba! Además, había otro problema, escuchar su voz siempre tenía el efecto de volverlo loco. Algo así como un perro de Pavlov adolescente, cuyo sonido de la campanita era el viagra.

 

-Ya está, ¿contentos?– Por más que la odiara, tenía que reconocer que esta conspiración la sobrepasaba. No se trataba de ella. Allí estaba el hombre cuarentón de ideas obsoletas queriendo hacerse el chavo-ruco, imponiendo esta firma. No era necesario mirar más allá y al lado encontraría al niño nerd de 14 años pegado a su celular y adicto a cazar pokemones y visitar sitios animé porno. Eran inseparables. Su relación ante cualquier mente malpensada se iría a ideas pederastas abusivas tipo sacerdote-monaguillo. Pero él sabía que en ese grupo las cosas nunca eran tan burdas. El que tenía el control en esa dupla, era el chamaco, lo que cambiaba cualquier intento de sumisión erótica dentro de la interacción. Así, aún en el caso de que la “relación” inadecuada existiera, el jodido sería el idiota cuarentón.

 

Estaba también la mujer de edad indefinida, pero seguro, mayor de 50, con aires de diva, que aún imaginaba a todos suspirar por su -ya de otros tiempos- silueta. Esta mujer era amargada e inteligente. Solía meterse más de lo necesario en política con discusiones que sólo generaban enemigos y no solucionaban nada. Eso sí, aún no perdía la pasión y se notaba en todas sus guerrillas, incluso, entre personas de su círculo de “amigas” cercanas. Era raro que desaprovechara una oportunidad para seducir con ardides al jovenzuelo novio de la sobrina, completamente al estilo de Miss Robbinson.

Pero ellos no eran todos.

Había más personas involucradas, por supuesto. Algunos no eran recurrentes. Aparecían sólo ante alguna situación específica invocados por el diablo de la casualidad. Como el robo de la tienda de la esquina, por ejemplo. (Ese suceso no sólo provocó que todos los vecinos se juntaran a temer, sino que incluso aparecieron muchos nuevos curiosos a opinar sobre lo ocurrido, complicándolo todo más).

 

En esta ocasión, allí estaban todos, viéndolo firmar: el señor interesante de los perros, con su amigo especial. (El equivalente al lugar común de la señora de los gatos y la amiga cercana con la que vive). La chica deportista que hacia babear a todos y repelar a otras, en sus sesiones en el pasto de yoga, que incluían muy poca ropa que estorbara. Estaba la familia de Albania, tan correcta como siempre, aún sin comprender del todo el idioma. Era un listado grande. Un universo de personas de distintas edades, visiones, sexos, virtudes y defectos. Era increíble que todos se hubieran puesto de acuerdo a la vez en esto.

 

El chavo-ruco sonrió. El caza – pokemones asintió con suficiencia, la familia Albana vitoreó con alegría, la chica del yoga se estiró hacia atrás con su diminuta blusa, dándoles un espectáculo inolvidable, la amargada política movió la cabeza en forma de afirmación muy lentamente, el señor de los perros y su amigo, le susurraban a su pequinés: -“¿Verdad que eso te hace muy feliz? ¡Si, yo sé, muy feliz, bebito, muy feliz!” Mientras el perro no dejaba de lamerlos sin importarle que acababa de beber del inodoro. Así todos. Y ella: -Claro que estamos felices. ¡Ya era hora!– le dice juguetona, acariciando con lascivia un poco debajo de su cintura. El hombre trata de controlar su excitación.

 

-Divide y vencerás, cariño. –susurra a su oído y le mete la lengua a la oreja. El hombre truena los dientes intentando controlarse, mientras le extiende el papel al doctor que está frente a él.

 
– Ha tomado usted la decisión correcta, Sr. Roldán. Una vez internado en nuestra institución será más fácil tratar su condición esquizofrénica. Dígame, ¿cuándo empezó a escuchar estas voces? ¿Comenzó con el robo a su tienda?


Cuento de Yamile Vaena autora del Bestseller «Desde sus Trazos Rojos»

 

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