Discapacitado tú – @BlasRGEscritor

BlasRGEscritor @BlasRuizGrau, krakens y sirenas, Perspectivas

La miro y sonrío.

No es la típica sonrisa de cuando algo te agrada. No. La verdad es que no.

No sé cómo anda mi ya tan desgastado depósito de ironía, pero algo me tiene que quedar para haber sonreído teniendo esto delante. No puedo explicármelo de otra manera.

Y eso que ahí está, desafiante, como siempre. Imponente, como todas las veces. Imposible, como dirían muchos.

Ahora sí sonrío abiertamente. Imposible. Ja. Cobarde palabra que inventaron aquellos que decidieron rendirse, no intentarlo. Imposible. Ja. Menuda excusa de quien tira la toalla a las primeras de cambio. No quiero imaginar mi vida ahora mismo si no hubiera tachado las dos primeras letras de la palabra.

No quiero decir con eso que mire por encima del hombro a nadie, al contrario. Es más fácil que miren por encima del mío, ya que lo tengo a la altura del estómago de la mayoría de los adultos.

La vuelvo a mirar.

Es increíble como ante algo, a priori, tan cotidiano, me vengan a la mente tantos recuerdos.

Recuerdo haber entrado a quirófano con el típico miedo, no más del justo, tenía un diagnóstico en firme y nada tenía por qué salir mal. Pero Murphy se cebó. Sus hipótesis no fueron ciertas, sus manos no supieron tener el cuidado necesario. Mi saco dural ser rompió. Mi vida con él.

Mis primeros pensamientos me hicieron creer que sería algo momentáneo, producto de una serie de errores, pero momentáneo. Después de varios meses en dos hospitales me di cuenta que no. No volvería a caminar.

¿De verdad iba a quedarme postrado para siempre en esa silla? ¿Qué pasaría con mi trabajo, con mis amigos, con mi familia? ¿Qué pasaría conmigo mismo?

¿Me aceptarían tal cual? ¿Tenían que llevarme a rastras a todos lados como a un puto inútil?

En ese momento los problemas que hasta esa fecha creía que eran importantes, dejaron de serlo. ¿Qué mierda me importaba una factura, la batería de mi móvil o esa porquería de tonterías diarias si no iba a volver a caminar?

Entonces apareció mi hija. Con cuatro años, sí cuatro años, me hizo la pregunta que lo cambió todo:

—¿Qué haces con una silla si acabas de salir del hospital?

Esa pregunta me hizo pensar que había que luchar, que tenía que vivir la vida y seguir luchando por ella. Por los míos. Por mí mismo. Decidí no convertirme en el estorbo que podría ser si me daba por vencido. Quise demostrar que no hay palabra más errónea y mal utilizada que “inválido”.

Desde entonces peleo, soy como tú, quizá hasta pueda hacer más cosas porque tengo una voluntad que tú no tienes. Puede que esta silla me sirva para llevar ciertos atributos de tan considerable tamaño que costaría acarrear andando. Sí, sonará soez, pero siento que nada ni nadie me puede parar. Incluso he podido hacer 800 km montado en este amasijo de hierros. Unos hierros que ahora me llevan a todas partes.

Pero luego me encuentro frente a barreras como ésta y me pregunto muchas cosas.

¿Qué ocurriría si fueras tú el que tuviera que subir ahí?

¿Por qué me haces la vida más difícil?

¿Por qué no empatizas con quien tiene menos acceso que tú a ciertos lugares?

¿Por qué cojones das tu consentimiento para que se construya una rampa que ni empujado podría subir?

No es cuestión de sillas de ruedas, ni siquiera. También hay padres con carricoches, personas mayores —y no tanto— a las que les cuesta subir un escalón.

¿Por qué coño no piensas un poco más en todos nosotros?

Ya no sonrío. No me apetece.

¿Tú eres el que me llama a mí discapacitado?

No. Lo siento, pero no. El discapacitado eres tú.

Inspirado por y dedicado para @OscarJim3nez y todos aquellos que nos dan una lección cada día, pero tienen que superar estas adversidades que NOSOTROS mismos les ponemos. Preguntémonos quiénes son en realidad los discapacitados.

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