Diosas y dioses – @silencioenletra

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-Mamá, ¿cómo puedo explicarte que lo que permites que me hagan me duele? Quizá nunca te diste cuenta que me dolía más que tirara la ceniza de su cigarro en mi plato de comida que los golpes. Fueron tantas veces que olvidé ya la primera, porque estaba despeinada, por decir que tenía hambre, por querer bailar, por escribir, porque no sabía amarrarme los cordones, por tener una amiga imaginaria, por amar el silencio. Sobraban motivos aunque siempre faltaron las razones. Con tan solo siete años era inimaginable que ya no creyera en las diosas y en dioses, para mí el significado de esa palabra distaba mucho de la de mis compañeros de escuela que no entendían el por qué de las marcas en mi piel, las faltas a la escuela. Entre todo lo borroso del pasado puedo ver claramente cómo me tiró contra la pared de un empujón, me caí al suelo y, para levantarme, me agarró del pelo y al tirar hacia arriba me arrancó un mechón. Me levantó y mientras me llamaba niña idiota me destrozaba a golpes. Bofetadas, patadas… enloquecido y con la cara incendiada de ira, gritaba que un día se iba a ir de casa, que a ver como hacíamos para no ahogarnos entre la mierda. Pudo ser un minuto, pudo ser todo el día. Después del primer golpe yo ya nunca estuve realmente ahí. Moretones, fiebre y dolor, sin que él se diera cuenta, ella vino a darme un beso y pedirme perdón. De algún modo, parecía sincera,  y de algún modo, yo encontré el inmenso don para el amor que tienen los niños. Y la perdoné. Los moretones tardaron en curarse, el dolor del alma, ese, ese puto dolor aún permanece. Se rompieron mis dioses y diosas con tan solo siete años de edad, puede ser que no sabía nada del amor, pero ya de cicatrices sabía yo bastante.

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