El dinero no es problema – @Netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

-Ya te digo que el dinero no es problema… pero no me pegues más, Negro, ¡Por favor!

– Así me gusta. ¡Suplicando! ¿Verdad que ahora, llorando tirado en el suelo, con el labio partido y el ojo morado, no pareces tan chulito como ayer por la mañana en la playa. Cuando no sabías donde estaba el alijo?

El Negro, se giró levemente para pedir la aprobación de su jefe, mientras le hablaba a un público invisible. En aquella nave industrial apartada, en la última calle del último polígono de la salida norte de la ciudad y en fin de semana, nadie iba a aplaudirle el monólogo, él lo sabía. Sin embargo al girarse sin perder de vista al niñato que, tirado en el suelo con la cara hecha un cristo, la ropa manchada de sangre y una pierna rota, suplicaba para que cesara la lluvia de golpes que llevaba recibiendo desde hacía demasiadas horas, tan sólo esperaba la muda aprobación de su jefe.

Una mano saliendo de entre las sombras le indicó que siguiera. Era la señal.

-Te aseguro Negro que el dinero no es problema. Mi abuelo pagará. Ya verás – lloriqueaba el niñato.

-¿Tu abuelo? ¿Desde la cárcel? Bastantes problemas tiene él como para ocuparse del inútil de su Nieto… – replicó el Negro con sorna mientras se lavaba las manos manchadas de sangre y se aplicaba crema para la hinchazón. Se estaba haciendo mayor, pensó, mientras se miraba las manos hinchadas por los golpes repartidos.

-De verdad creedme – se dirigió, suplicante, el niñato a las sombras donde se adivinaban las formas de otras personas, mientras intentaba incorporarse – Mi familia tiene dinero. Todavía me acuerdo de lo bien que se vivía en mi casa. De pequeño yo recibía los regalos directamente de los reyes Magos que subían por el balcón para dejarlos a mis pies. Mi madre, hija única del concejal de urbanismo, estaba acostumbrada a las mejores telas y los perfumes más finos que le llegaban expresamente de París. Mi abuelo pagaba todos sus caprichos… – el niñato recostado contra una pila de palets, motivado por el dolor y la fiebre, se permite un segundo de distracción y delirando, recuerda en voz alta su pasado, mientras, el Negro, con una media sonrisa divertida, le deja hablar, coge una silla y se dispone a escucharlo mientras desmonta su pistola para limpiarla.

-Sigue niñato, solo son las diez. Tenemos toda la noche por delante… – le anima mientras se sirve un trago largo de Tequila.

– Eran los buenos tiempos, cuando todos querían construir y el dinero corría por las acequias del pueblo, como la sangre por las venas de los ricos que, a golpe de sobornos llenaban de ladrillo lo que antes eran árboles y arena. Me desteté con jamón del bueno y mi abuelo no pagaba nunca en los restaurantes. De repente, nos íbamos todos de viaje. Todo era alegría; deshacer maletas y desenvolver regalos. En Navidad era una romería de mensajeros los que acudían a nuestra puerta… Un día descubrí, al fondo de un armario, una caja de zapatos tan llena de billetes que se salían por la tapa. Cogí unos pocos para invitar a los amigos a golosinas y refrescos, pero fueron tantos que nos pusimos todos malos. Al decírselo a mi abuelo se rió y cambió la caja de sitio… No me riñó, pero ya no la volví a ver

Antes de tener la edad permitida, ya tenía la mejor moto de toda la comarca y me pasaba los veranos de fiesta en fiesta, probando los coños más jugosos. Disfrutaba de todo sin pensar en nada. Derrochando a manos llenas porque no había límite en aquellos años de descontrol. Luego vinieron el primer porro y las primeras rayas… y todo empezó a cambiar. Un día al volver de fiesta, con el mercado casi acabado, me encontré a la guardia civil en la puerta de casa. No me dejaron pasar y tuve que ver desde la esquina, como se llevaban preso a mi abuelo y sacaban de la casa un montón de cajas, entre ellas, aquella de zapatos que yo recordaba repleta de billetes.

Entonces recordé que mi primo mayor se había pasado unos meses yendo de viaje al Caribe y a Suiza a arreglar no sé qué papeles. Lo curioso es que pasaba a Francia, con la furgoneta vieja y tardaba varios días en volver. Yo no entendía el por qué hasta que, al día siguiente, lo pillaron en la frontera con dinero en un doble fondo y también está pendiente de juicio… Desde entonces mi madre no sale de casa, avergonzada y mi padre se ha tenido que ir a trabajar fuera. Pero ya verás Negro, mi abuelo ahora está en la cárcel pero saldrá pronto… y todo se arreglará, seguro.

-No creo niñato que esto tenga fácil solución. Esta vez la has cagado mucho y ya nadie puede sacarte del lío en el que tu solito te has metido. – le contesta el Negro mientras se levanta, con la pistola reluciente en sus manos. Se ha dedicado a limpiarla concienzudamente mientras escuchaba la historia de la familia del niñato, aunque se la sabía de memoria, porque estaba haciendo tiempo a que fueran las doce. Lo que el niñato no sabía es que aquel alijo que perdió en la última redada, era demasiado valioso. Y sus jefes en Sinaloa le habían dado el ultimátum. Había que dar una lección y sería él quien pagaría las consecuencias… – pensó mientras metía una tras otra las balas en el cargador de su pistola.

-Es hora de irnos. Tranquilo que esto va a acabar pronto. – le dijo el Negro al niñato mientras con la cabeza les decía a las sombras que se marcharan de la nave. No quería testigos incomodos mientras despachaba el encargo. Ellos se habían ocupado de hacer el agujero en el suelo del patio mientras él escuchaba la historia, ya habían cumplido con su obligación y ahora les tocaba escoltar al jefe del clan en Europa, hasta el aeropuerto– Levanta – le ordenó al bulto que, tirado en el suelo respiraba con dificultad – no me obligues a matarte en el suelo como una rata. Al menos muere como un hombre. – le replicó indignado el Negro.

-No puedo levantarme Negro, tengo una pierna rota – le dijo el niñato mientras intentaba apoyarse en una caja. – ¿Qué hora has dicho que es? – le preguntó, de repente, mirándolo serio con el jo que le quedaba sano.

-Cerca de las doce – le contestó el negro mientras se agachaba para coger al niñato y arrastrarlo hasta el patio – ¿para qué lo preguntas ahora?

-Porque tienes razón. Esto no va a durar mucho… – y mientras decía esto, el niñato se dejó caer de golpe al suelo, mientras muchos puntos rojos iluminan de repente al Negro como si fuese un árbol de navidad.

Este, sorprendido, no puede llegar a entender que pasa hasta que una docena de balas le atraviesan silenciosas de parte a parte, dejando una expresión de incredulidad en su cara. El negro es un tipo grande y hace falta una última bala que, entrando entre los ojos, acaba definitivamente con su vida cayendo a escasos centímetros de la cara del niñato. De la calle llegan ruidos sordos, algún grito apagado, una pequeña explosión y en unos segundos se vuelve a hacer el silencio más absoluto. El niñato, mientras, se ha incorporado un poco y ha llegado a coger la pistola del Negro, escondiéndola en su regazo. De un bolsillo sobresale un paquete arrugado de tabaco y se enciende uno, mientras oye unos pasos detrás de él.

-Todo arreglado. – escucha decir a una voz, con fuerte acento americano, desde las sombras. – Aquí te dejo un regalo especial de parte del Señor de los Cielos. Lo vas a necesitar para el dolor y poder llegar al coche que está detrás de la nave con las llaves puestas y el depósito lleno. A las 8 entra de guardia nuestro contacto en la frontera en la garita 3, recuerda. – y deja, sin salir de las sombras, un frasco de pastillas y unas papelinas a su lado. Además, esto es lo acordado por la información y las molestias – afirma la misteriosa voz, mientras una mochila cae, pesadamente, a su lado con la cremallera ligeramente abierta,  mientras otras manos arrastran el cadáver del Negro haciéndolo desaparecer entre las sombras.

A pesar del cansancio, el niñato espera quieto, hasta que se haya ido todo el mundo. Solamente, cuando el silencio más absoluto envuelve la nave vacía, se tumba sobre su costado y, alargando el brazo, se acerca la silla donde antes estuvo sentado el Negro. Muy despacio, apoyándose en ella, se incorpora, hasta llegar frente a la mesa. Sin pensarlo dos veces, bebe un trago largo de tequila directamente de la botella, se toma tres pastillas y pinta dos generosas rayas de coca. Al aspirar la segunda ha notado como el aire y los cristales de la droga, le rebotaban contra la parte de atrás del cerebro, haciendo desaparecer, de repente, todo el dolor. Entre la subida de adrenalina y las drogas, ya no siente la pierna rota. Coge dos trozos de madera del suelo, cinta de embalar y se hace una rudimentaria muleta.

Usándola como un gancho, consigue acercarse la mochila y abrirla. Dentro hay una gran cantidad de billetes de todos los colores y esa visión, a pesar del dolor, consigue hacerle reír a carcajadas… Se levanta entonces lentamente, arrastrando la pierna herida con la mochila al hombro y apurando de un trago la botella de tequila, antes de estamparla contra el muro, sale cojeando de la nave y se deja caer pesadamente en el asiento del conductor. El niñato sabe que la frontera está a menos de una hora, conoce a los guardias y ya sabe por dónde le dejarán pasar sin problemas a cambio de un poco de dinero, por lo que deja unos cuantos billetes a mano antes de esconder la mochila debajo del asiento. Al arrancar, mientras los primeros rayos del sol iluminan el horizonte y con todos esos billetes abultando dentro de la bolsa, piensa en su abuelo y que todo el sacrificio, la pierna rota y los golpes, han valido la pena “ya puedo decir con seguridad, para el resto de mi vida, que el dinero no es problema…”

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