Dime su nombre – @dtrejoz

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Desde el otro lado de la pared, atrincherado entre mis sábanas, escucho el minuto a minuto de las últimas horas que pasaron juntos. Además de ser mis mejores amigos, también ellos fueron sus mejores amigos hasta que en un baile de vacaciones se vieron mucho rato a los ojos y terminaron enamorados. Esa noche los vi besarse. Y fue muy raro. Porque éramos los tres mejores amigos de toda la historia y cuando se enamoraron la relación cambió muchísimo, empezamos a distanciarnos, aunque ellos en realidad se unían más, pero eso es historia para otro cuento.

El caso es que el destino se había encargado de tenernos juntos, de una u otra manera, al punto de que en los últimos años, ellos habían llegado a habitar en un bonito apartamento que compartía una de las paredes colindantes con el mío.

Pero volviendo a aquella noche, no eran felices. Él la había descuidado. Recuerdo que a diario salía a beber con sus nuevos amigos, en ocasiones no regresaba hasta el otro día, sin dinero, sin dignidad, sin respeto, con una cruda moral en la conciencia y el trazo de unos labios hecho con lápiz labial en la camisa, tan cínico, tan idiota.

Ella primero lloraba y se ahogaba en olvido. Pero nada es para siempre.

Algunas veces la oía llorar. Escuchaba su voz entrecortada al teléfono, sollozando, ahogada en miedo, porque sentía que una parte de su vida se le estaba yendo entre los dedos. Era triste observarla mientras me abría su corazón, mientras dejaba salir su dolor en forma de llanto, mientras me suplicaba que le diera una esperanza, que le diera la seguridad de que él aun la amaba, y que todo iba a estar bien y que mañana nos íbamos a reír de todo esto. Se me partía el corazón al escucharla. Porque no había nada en este mundo que pudiera asegurar que las cosas iban a mejorar, porque cuando un hombre se vuelve idiota puede perder a la mujer que más lo ama por revolcarse con una que jamás volverá a ver, porque cuando se deja dominar por el alcohol, también encuentra amigos” nuevos que lo acompañarán a beberse hasta la última gota, o hasta el último peso, lo que se acabe primero.

Nada es para siempre, les decía.

Un día ella entendió que todo estaba perdido, que él jamás volvería a ser el mismo, y que ella podía ser feliz sin tenerlo. La relación alcanzó su punto de quiebre y las cosas empezaron a cambiar. Él se quedó sin empleo, entonces se empezó a quedar sin dinero y automáticamente se empezó a quedar sin amigos. Entonces se acordó de ella, y entonces se acordó de mí.

Mientras anduvo en su rutina de calle, nochecitas de copas y mujeres, se olvidó de atender a la mujer que lo estaba amando, y como no creía necesitarla la abandonó a su suerte, dejó de acariciarla, dejó de hablarle bonito, dejó de dedicarle su tiempo y su espacio, dejó de dedicarle su vida, y ella olvidó que lo quería. Entonces fue mi turno de escucharlo. Un par de veces se acordó de mí, me buscó para desahogarse, lloró también frente a mí, me dijo que algo no estaba bien en su relación, que ella ya no lo amaba, que ahora él estaba cambiando, que había dejado sus malos pasos, que había comprendido que esa vida no lo llevaba a ninguna parte, pero que ya ella no le daba una oportunidad de demostrarlo. Me preguntaba que hacer… yo le dije sin titubear, de forma honesta y directa, que cuando un hombre pierde el corazón de una mujer, es porque ya le ha hecho mucho daño, porque ellas son pacientes y tolerantes cuando aman, perdonan una y otra y otra vez, se hacen de la vista gorda muchas veces y dejan pasar por alto muchas estupideces que hacemos, pero que nadie más que él podría saber, que tan lejos estaba ahora su corazón. Se lo dije molesto, pensando que ya no merecía ese corazón.

Espero que nadie que lea esto la juzgue a ella. Ella se estaba muriendo y encontró la manera de sobrevivir. Ninguna mujer merece ser tratada con tanto desprecio, ninguna mujer lo merece, repito… ninguna.

Volviendo a ésta noche, hace un frío de los que hacen doler los huesos, y desde mi cama, con la cabeza recostada a la pared que sirve de división a nuestras recámaras, escucho lo que fueron las últimas palabras de un hombre que perdió el corazón de la mujer que lo amaba, y eso es algo que también es triste, aunque está muy claro que lo merecía.

-Mi amor- le dijo, intentando recurrir a su atención y a su piedad… y prosiguió.

“Nunca sentí éste vacío teniéndote cerca, ni siquiera llegué a imaginar tanta indiferencia. Nunca sentí tanto miedo, soledad y vergüenza, aun sabiendo lo que debo hacer suplico clemencia. Las palabras que no me dices son las que me cuentan, que solo es cuestión de tiempo para que comprendas que puedes vivir sin mí, y que me lo tienes que decir, sé que cuando encuentres el valor olvidarás la compasión.

Se siente el vacío en tus gestos, abrazos y besos, las noches además de amargura me traen un desprecio, no voy a ocultar que también hay momentos de afecto, las migajas que suelen caer las recoge algún perro…

Y aunque sé que estoy a tiempo de evitarme el momento en el que tomes aliento y tan fría me veas y digas : “es todo, vete de aquí”…

Tengo ese presentimiento de que ya tu silencio me lo está diciendo, y que es mejor que decida salir de tu vida antes que esperar a que tú me lo pidas, evitarme el bochorno, acabar la agonía, pero yo necesito salir de la intriga; cuando estés decidida…dilo y déjame morir…”

Luego hubo un silencio de los que ahogan huracanes. Lo escuché llorar, ella ni respiraba.

Entonces lo escuché recomponerse para hacer una última pregunta en forma de afirmación, la respuesta iba a rasgar el cielo de todos en cuatro partes.

-Dime su nombre- dime el nombre del hombre que está ocupando el lugar que yo perdí en tu corazón… dilo y déjame morir.

Nuevamente un silencio cruzó de polo a polo del universo. Y luego ella, con una voz dulce y firme, con un tono que parecía mitad arrullo y mitad perdón, dijo mi nombre.

 

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