Día de perros – @Ordinarylives

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Creo que soy el último inútil en aquella barra de bar, que el camarero me mira con cierta pena y que la chica que ha tocado la guitarra en el escenario hace unos minutos no quiere ni acercarse a mí por miedo a que le dirija la palabra. Miro el vaso de whisky y apuro el trago, dejo que se sume a la dosis que ya llevo en las venas y que hará que pierda el sentido al caer sobre la cama que me espera en casa y que, como siempre, está sin hacer. Aquella mañana el cielo estaba de un gris que avecinaba enfados, no había tomado café y había tenido que desayunar uno de esos cigarros con apenas nicotina. Las mañanas descafeinadas siempre auguran días de perros.

Aunque al final la chica de la guitarra se acerque a mí, nos susurremos cuatro cosas y acabemos empapados besándonos contra una pared de ladrillo, pisando cada charco sin nombre de la ciudad hasta su piso en pleno centro. Aunque nos quitemos la ropa nada más entrar y hayamos tirado un par de libros al suelo hasta llegar al sofá y corrernos casi al mismo tiempo, con ese compás extraño que se marcan dos desconocidos cuando están desnudos y se miran a los ojos sin tener que pensar en nada. Aunque el orgasmo te ponga rojas las orejas y te deje sin respiración durante un rato. Aunque te preguntes si tienes o no que acariciar su espalda mientras ves cómo se cierran sus ojos. Aunque el viento cierre las ventanas y rompa algún cristal a lo lejos. Aunque el alcohol y el placer te dibujen una sonrisa estúpida. Aunque tengas un cuerpo al que abrazar en medio de una casa que no es hogar. Aunque la vida te de tregua durante unas horas y el insomnio no te deje dormir. Aunque tengas ganas de robarle la guitarra y tocar acordes desafinados en plena madrugada. Aunque quieras y no puedas, aunque puedas y no quieras.

Aunque todo eso sea mentira y tú sigas mirando el vaso de whisky vacío, el camarero te tire a la calle y te subas al primer taxi que pase por delante de tu cara, los días de perros se acaban y mueren. Los días de perros se borran y acaban en el vertedero de cosas que no dejan huella, a pesar de que no haya cerveza fría en la nevera, el ascensor no funcione y hayas pronunciado un te quiero que nadie ha respondido después de tres meses.

Y el silencio se rompe, porque ladran los perros.

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