Di mi nombre – @soy_tumusa

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<<¡¡¡Dilo, di mi nombre, grítalo a los cuatro vientos que te oiga todo el mundo…vamos gírate princesa y mírame…Di mi nombre!!!>>. Grité fuerte al cristal de la ventana mientras lo golpeaba furiosa e impotente al verla marchar de su mano. Lo hubiera roto todo en mil pedazos por la rabia que aquella mañana inundaba mi ser; se la lleva, me la quitan de mi lado y se me va la vida con ella.

La carta llegó en el peor de los momentos. Nadie jamás nunca está preparado para algo así. Sentada en el porche del jardín viendo como María jugaba con sus muñecas, leía cada letra, cada palabra y notaba como poco a poco cada una de ellas me perforaba el alma; encogida, veía como los pedazos de mi corazón se desgajaban uno a uno y caían como coágulos de sangre al suelo. En ese momento si mi piel hubiera podido sangrar, el suelo se hubiera teñido de rojo. Petrificada, la miraba a ella y miraba la carta, y las lágrimas de mis ojos caían desconsoladas. Se me partió el alma en dos, aquella sentencia me condenó a estar muerta en vida.

Tres días me daban de duelo para despegar de mí al ser que había llevado en mis entrañas durante 9 meses, tres días para alejar de mí a la persona que llena mis días con sus ocurrencias, sus risas y sus miedos. Tres días para cepillar y oler su larga melena, para tomar el té junto a sus muñecas o para abrazarnos por la noche antes de irnos a dormir. Sentenciada a muerte por la injusticia de una justicia que ha preferido ceder ante el verdugo tapando la boca y arrancando el corazón de la víctima. Después de recibir este golpe mortal, me di cuenta que de nada sirve luchar si no tienes armas o dinero para comprarlas y bien sabe Dios que una madre en guerra lucha con uñas y dientes por sus hijos como una loba en celo, pero cuando el poder y el dinero o la crueldad de las personas y sus malas intenciones valen más que los sentimientos, el amor o el cariño materno no hay victoria alguna en ésta ni en ninguna guerra. Perdí la batalla, me dije un día al salir del juzgado, ingenua y confiada en la justicia, paciente y esperanzada de que aquel juez comprendiera que un hijo no puede estar lejos de su madre, no se puede quitar la mitad a un dúo ni separar un sentimiento que se gestó en un vientre lleno de amor y cariño, para ceder ante un verdugo que antes que ser padre fue maltratador, que jamás veló por los intereses de su hija, ni por su bienestar, que prefirió mil veces retozar con otras, antes que estar en el lecho familiar y que demostró su crueldad hacia mí el primer día que me abofeteó.

Y ahora estoy aquí, vacía, seca, viendo como se la lleva de la mano a través del cristal de mi ventana sin poder hacer nada. Sólo me queda gritar la rabia que me come por dentro al ver que me quitan la custodia de María por no tener un trabajo digno, al ver que no es mi mano quien la sujeta y que no será mi cara la que bese cada noche antes de dormir. Rota y desgarrada la veo salir del porche donde tantas tardes compartimos juegos y risas, con su osito de peluche colgado del brazo y mirándole a él con cara extraña. Se la lleva de mi lado y me condenan a mí, muerta en vida.

– ¡Di mi nombre hija mía!…di mi nombre…

En aquel mismo instante, justo antes de montarla en su coche, ella, se soltó de la mano y en un gesto hábil salió corriendo por el camino del jardín hasta llegar al porche. Corriendo abrí la puerta para esperarla con los brazos bien abiertos. El último abrazo hija mía antes de partir no sería suficiente para calmar mi angustia, pero sí para demostrar que el amor que una madre le tiene a un hijo es más grandioso que cualquier carta, sentencia, juez o justicia divina. Que lo que ponga en esas cuatro letras jamás será más poderoso que el sentimiento de lazo y unión entre ella y yo, que la esperaré, le dije susurrándole al oído y que sea fuerte.

Lucharé por ti cada día, cada hora, cada segundo aunque me lleve la vida en ello. Que tu lugar es junto al mío porque necesito verte reír, crecer, soñar y volar..Porque tu eres motor de mi vida y las alas para despegar, y que nuestra unión jamás la ha de separar ni juez ni verdugo- . Le dije apretando su cabeza contra mi pecho para que escuchara el triste latido de mi corazón. – Di mi nombre, hija mía…

-¡MAMÁ!- . Suspiró entre sollozo, – Mamá, mamá, mamá..te quiero.

Y esas fueron las últimas palabras de aquella fría mañana, cada eme, cada a, se me clavaron en lo más profundo de mi alma, y juré luchar hasta el final para poder oírlas de nuevo cada día, el resto de mi vida.

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