Detalles – @DonCorleoneLaws

DonCorleoneLaws @DonCorleoneLaws, krakens y sirenas, Perspectivas

A veces, envueltos en el confortable calor de la nostalgia, tendemos a rebuscar en el saturado cajón de la memoria tiempos pasados: etapas ya quemadas de la vida en aquellos maravillosos años en los que casi nada tenía una importancia real ni un peso específico. Vivíamos al día, embestíamos al bulto y poco o nada importaba porque no se nos afectaban el sueño, el bolsillo o el ánimo.

Y, melancólicos, solemos masticar con lentitud frases ya manidas como que “cualquier tiempo pasado fue mejor” o “que nos quiten lo bailao”; frases que, como autoengaño no están mal para un momento dado, pero que no dejan de ser un simple consuelo para quienes no aceptan la realidad.

Hoy me he levantado reaccionario, y para demostrar que soy un inconformista negaré la mayor y os diré el por qué: me encanta el presente, mi presente.

Mi presente es el resultado de victorias y fracasos, de errores, aciertos y casualidades, y de todo aquello que ha ido acumulando mi existencia y nadie ha conseguido quitarme: por eso es tan mío.

Mi presente ha sido elaborado con lentitud y esmero como los guisos de una abuela: huele a la lavanda que yo regaba y a los azahares que ya recogí; brilla como el sol que ya curtió mi piel en playas que no he vuelto a pisar; abriga como los largos abrazos que ya me ataron a personas irrepetibles; pesa como los desdenes que fui acumulando hasta hacer mi alma maduramente acogedora; suena a carcajadas indomables, a suspiros inabarcables, a noches de fiesta, a chirridos de dientes que luchan en silencio por seguir adelante, a “te quieros” que aún me despiertan y a “para siempres” que en realidad fueron “para nuncas”.

Mi presente es artesanal, único e intransferible: es precioso y sólo lo comparto en detalle con quien yo quiero, porque con dolor he aprendido a no tener que soportar lastres estériles, opiniones no solicitadas, compañías indeseables y tostones para perder el tiempo. Mi tiempo es valioso porque no me sobra, y como ya sé valorarlo, lo resto a quienes son solamente fachada sin contenido para repartirlo generosamente con aquellos que brillan tanto por dentro como por fuera, y que deciden quedarse a mi lado o me quieren al suyo.

Los ojos de hoy están cargados de paisajes recorridos, de miradas que se clavaron en la mía, de libros escudriñados, de luces que despertaban amaneceres en pieles ajenas, de lágrimas que vaciaron su espacio brotando por lo que en su día consideraba oportuno, de sonrisas imborrables que fueron deleitadas muy despacio y de colores amables con los que identifico a personas, lugares o situaciones.

La boca de hoy me sabe a deliciosos besos de quienes quisieron regalarme los suyos sin yo tener que solicitarlos y merecieron exprimirse hasta la falta de aire; sabe a buen vino tinto en mejor compañía, a manjares de los lugares que me acogieron, a gemidos que se escaparon sin mi control, a salitre involuntariamente tragado, a perlas de sudor propio y ajeno, a palabras ásperas cuando fueron necesarias o dulces en el momento justo, a un sinfín de “avemarías” musitadas, a un siempre dispuesto “buenos días preciosa”, a encuentros y despedidas y, casi siempre, a pasta de dientes mentoladamente fresca.

Las manos de hoy tienen marcas de puñetazos considerados justos, tienen quemaduras de cocinillas solitario, tienen rastros de cientos de horas trabajando sin la remuneración adecuada, y tienen piel aún de otras manos cuyas huellas quisieron fundirse con las mías. Tan agradecido estoy de todo ello que procuro cuidarlas para que nada ni nadie se me olvide cuando las miro.

Soy el que soy porque he recorrido el camino que hasta aquí me trajo, pero no creo que todo fuera más hermoso hace mucho tiempo, cuando casi nada me afligía y era un inconsciente más, porque es precisamente ahora cuando más disfruto y valoro todo desde la esencia de su sencillez: el perfil de un edificio sobre el cielo inmenso; la suavidad de una caricia regalada; la lealtad de los pocos amigos de verdad que nos va seleccionando el tiempo; la delicadeza de un lienzo pintado hace tres siglos; la hermosura de un rostro femenino que te mira ensimismado; el aroma del pan caliente; la honestidad de los niños; la infinita sensualidad del buen sexo buscado por interés y no por rutina; la seducción irresistible de un estribillo que no puedes dejar de tararear; las sábanas revueltas de una cama donde sentirse feliz…

No cambio nada de lo que me haya pasado porque así he conseguido construirme y, además, sé que aún tengo capacidad para mejorarme. Hoy, me miro al espejo y sonrío, porque en mis ojos oscuros (casi negros) veo todos esos detalles.

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