Detalles – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

Siempre me ha gustado el otoño, es mi estación favorita, pese a que me he pasado la vida escuchando a la gente decir que es triste. A mí no me lo parece.

Me gusta sentarme aquí, en este hogar que es a veces palacio y otras veces guarida, y sentir el frío de las baldosas en la palma de mis manos. A veces pierdo la noción del tiempo y no sé cuántas horas puedo pasarme ahí sentada, dándole vueltas a las cosas.
Inspiro. Noto cómo el aire llena mis pulmones mientras me concentro por evitar los pensamientos que acuden a mi mente. Espiro. Con fuerza, como si así pudiera expulsar todo rastro de este sentimiento de nostalgia.

Desde mi atalaya en forma de sofá veo el mar y fuera llueve, es un día de otoño como otro cualquiera. Me acurruco bajo la manta y acaricio mi cuerpo desnudo. No tengo frío, pero mi cuerpo es hielo bajo la piel y mi corazón, aunque late, ya no lo hace al compás de tus latidos.
Me abrazo a mí misma y fijo mi mirada en el horizonte.
Te recuerdo, es inevitable.

Un suspiro y vuelvo a París, a nuestros paseos por esas calles que llenamos de besos clandestinos, risas y ahogados gemidos. De nuevo vuelvo a escuchar la música del local de jazz en el que me pediste una vida compartida y a saborear el café que tomé pasando mi lengua por tus dientes.

Un escalofrío y tu mano me atrae hacia ti para abrazarme, de nuevo, en nuestro último concierto juntos. Rodeados de gente, bailamos una canción que nadie tocaba guiados por el ritmo de tus manos bajo mi falda y con las mías por tu espalda.
Me ruborizo y el calor de mis mejillas me trae de nuevo el peso de tu cuerpo sobre el mío, los mordiscos y caricias de dos almas sometidas al poder de un deseo compartido.
Una sonrisa y recuerdo las copas de vino que fueron testigo silente del juego de seducción de nuestros dedos, tu endiablada manera de sonreírme o la mía de provocarte, mi afición por morderte o la tuya por devorarme.

Un latido y vuelo a esas noches en las que tú dormías y yo te observaba dejando bailar a mis dedos por tu espalda. Me gustaba pasar mi mano suavemente por tu pelo, debatiéndome entre el placer de tocarte y el miedo a despertarte.
Muerdo mi labio y la habitación en la que todo terminó aparece frente a mí. Nada ha cambiado. Tus libros comparten espacio con los míos y tus cd’s no le roban protagonismo a mis vinilos. Tu cuadro de Audrey sigue desafiando y mirando de frente a mi figura de geisha y el orden de mis cosas sigue peleando con el encantador desorden de las tuyas.

Un trueno y abro los ojos a la realidad que la fantasía ha pintado con tonos de recuerdos. Me incorporo, Audrey no me mira y la Geisha me desafía con su mirada fría.
Las estanterías parecen vacías, aún estando llenas de mis cosas, y notas de soul brotan de mi tocadiscos junto a un montón de vinilos que esperan su turno, colocados en perfecto orden alfabético.
Me visto y el reloj me avisa que se me hizo tarde de nuevo. Son las 8 y el camión de la mudanza llegará cargado de sus cosas que llenarán mis estanterías, haciendo compañía a las mías.

Recojo mi pelo, preparo café y miro cada rincón de este piso que ahora parece vacío, pero que en breve estará lleno de nuevos sueños y proyectos.

Sonrío. Soy feliz pese a la de veces que pensé que jamás superaría nuestra ruptura. No me duele recordarte, todo lo contrario, me gusta hacerlo.

Reservo para mí la libertad de volar de nuevo al pasado para encontrarte, aunque ya no construyes parte de mi futuro. Me da paz entender que, a pesar de los años y los daños, de caricias y zarpazos, de las sonrisas y los llantos… tú nunca serás efímero. Conservo esos detalles que a todos nos hacen, de algún modo, eternos. Los atesoro, al igual que sé que tú haces con los míos.

 

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