Desconocidos – @LaBernhardt

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Salí del bar al frío de diciembre sin mi parka pero con 5 pintas de Murphy’s en el cuerpo y todas las lágrimas que no había podido vaciar porque el w.c de las chicas estaba lleno. Aquello suponía demasiado líquido dentro de mí. En esos casos, a tomar por culo la literatura, los buenos modales y la dignidad, que lo único que sirve es mear. Y meé, claro.
Y así es como empieza mi cuento de dejarte, de intentar dejar de quererte, meando entre dos coches y llorando. Ya había regado a lágrimas muchas calles, museos, cines, cines de verano, mi coche, el coche de mi hermana, los pasillos de Mercadona, la sección de Literatura Hispanoamericana de la Fnac…mucho antes de llegar a verme llorándote con las braguitas por los tobillos, no te creas, pero esa madrugada lloré distinto porque las lágrimas de cerveza te vuelven lista y me permití pensar que lo nuestro era, más bien, lo mío queriendo que lo tuyo fuera nuestro. Y claro, el mezclote: bar, música en directo, la canción de The Galway girl cantada como si no hubiera mañana y un tirador de Murphy’s cerca de nosotros fue mi dinamita existencial.
Un minuto después, o un siglo, qué más dará, al ir a incorporarme, sentí todo el peso del mundo en mis hombros. Válgame, qué manera tan poco digna de salir entre dos coches, joder.
En esos momentos, en los que te da el viento y te sientes ligera y ligeramente jodida porque la calle se mueve, los tacones siempre me molestan y, los míos, los de esa noche, más que ninguno porque eran una auténtica maravilla de 100 pavos y otra tortura idénticamente maravillosa en charol negro y 10 centímetros de tacón.
Ya sé que es una marranada pero, ¿quién no se los ha quitado alguna vez? ¿Es que sólo podía hacerlo Robert Redford en Descalzos por el parque?. Pues eso.
Caminé hasta un banco de piedra y me dejé caer en él, a cerrar los ojos, a morirme de frío y autocompasión y en eso estaba cuando llegó una mujer, de unos 50 años mal llevados y con ganas de hablar.
No, no era una homeless y eso hacía más marciano este cuento porque, de haber sido una «sin techo» todo hubiera sido más creíble, más predecible.
-«Voy a dejar a mi marido, me he enamorado de una mujer. Mis hijos me van a llamar loca y yo sólo quiero ser feliz», me miró como si me conociera de toda la vida, sonriendo tan triste…
-«Yo puedo quererlo hasta el techo del cielo y él me ha dicho que no puede ofrecerme más allá del falso techo del cuarto», le devolví la sonrisa, y lloré sin lágrimas porque, aun borracha, estaba ante una señora desconocida y no habíamos intercambiado suficientes intimidades para desnudarme a lágrimas.
-«Quédate a su lado si no puedes caminar sin él. Y escríbelo, que eso te va a salvar un poquito», me dijo.
-«Y tú, haz lo que tienes pensado, y sé feliz, que eso te va a salvar otro poquito», le apreté la mano.
Nos quedamos mirando el cielo de los borrachos, sin más que decirnos, y pensé que parecía un lago helado, aunque también pudo ser que no lo pensara y que lo único que estuviera congelado fuera mi culo y mis pies descalzos.
Se levantó y me dijo: «Bonitos zapatos, tan altos como los sueños»
-«Te los cambio si llevas el 40», le contesté sin pensar.
Volví a casa, me metí en la cama y quise que estuvieras allí. A la mañana siguiente fui a tu casa, a llorar mi resaca y la pérdida terrible de mi parka. Te dije: «No puedo caminar sin ti, acepto tu amor hasta el falso techo» y ya no recuerdo nada después de tu beso.
Hace unos días, a la altura de Callao, vi a una mujer, llevaba mis zapatos, se perdió entre mil desconocidos.

Besaba a otra mujer.

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