Demasiado drama – @JokersMayCry

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La película termina. Normalmente, solemos bostezar cada uno en nuestro sofá nada más aparecer los títulos de crédito. Esta noche, únicamente ha bostezado ella. La película no es nada del otro mundo, el típico romance que surge por la irremediable atracción entre una chica maravillosa y un tímido chico reservado con aura misteriosa. Entonces todo es felicidad hasta que llega un momento en el que el romance no puede ser posible y se provoca la ruptura hasta que, finalmente, él hace ese tipo de locuras que sólo un amante de cine puede al aparecer a última hora en un aeropuerto para rogarle que no se vaya, que ha sido un estúpido que no ha sabido luchar por ella y que nunca ha habido nada con la insinuante rubia tetuda.

Me ha hecho recordar el principio con ella, parecía de película. Nos amábamos como esos dos protagonistas y, claro, nunca llegué a presentarme en ningún aeropuerto para impedir que se fuera donde no la volviera a ver, pero le tuve que partir la cara al gilipollas de Harry Milton cuando una noche intentó propasarse con ella. De lo que no estoy seguro es cómo habría resistido la tentación de follarme a la rubia, pero recuerdo cuando rechacé a Betty Harper, la tía que más buena estaba del instituto, porque yo sólo tenía ojos para la mujer que está ahora levantándose del sofá a punto de irse a la cama.

No sé en qué momento cambió todo, ahora es como si hubiera sucedido todo de golpe. Solamente sé que el tiempo ha pasado como un torbellino que se ha llevado todo lo que un día habíamos sido y que irme a la cama con ella es algo que ahora odio. Me vence esa pasividad con la que me ve desnudarme y, a la vez, toda la confianza que hemos perdido para acariciarnos y abrazarnos por las noches. No he vuelto a acariciarla desde esa noche que con su mano me apartó la mía y dijo fríamente “Hoy no”. Me sentí avergonzado, inútil, empequeñecido, insultado y el temor a que esa escena volviera a repetirse hizo que jamás volviera a intentarlo. Quizá sí, quizá fuera que estaba cansada, que el día había sido duro, que no le apetecía, pero ella nunca dio el primer paso. Llevamos casi seis meses así, durmiendo separados en la misma cama con una distancia que se agranda con los días.

Me voy a la cama tras salir de baño mientras ella va ahora a cepillarse los dientes y a mear. Ya ni siquiera me acuesto desnudo, aunque me es inevitable pensar “Joder, atrévete” u “Ojalá ella se abalance encima de mí”. Miro al techo mientras oigo el ruido de la cadena, sus pasos calmados hacia la cama, el colchón hundiéndose a mi lado y veo de reojo que se ha acostado de espaldas y apaga la luz. La oscuridad se hace, el silencio, el infierno de esta soledad multiplicada por dos.

Recuerdo los comienzos, cuando no dejábamos de follar casi a todas horas como animales, cómo nunca nos saciábamos el uno del otro. ¿Cómo cojones hemos llegado a esto? Me siento responsable, pero el miedo ante otra negativa me puede. Me pierde el terror a que al acariciarla salga de sus labios una horrible verdad como “Es que ya no te quiero” y este dantesco silencio es mucho mejor que esa horripilante verdad. Me vienen a la cabeza imágenes de ella y de mí gimiendo, acariciándonos, penetrándola mientras me empapaba de ella… Me duele la erección y, nunca he hecho esto, pero volver al baño ahora sería sospechoso.

Cierro los ojos, me acaricio con los movimientos más leves posibles. Una parte de mí quiere que me cace en plena masturbación para que me diga “¿Te ayudo?” antes de lanzarse sin pensar a hacerme una mamada y acabar echando un polvo como los de antaño. Sin embargo, la otra parte de mí, la mayor parte de mí, la cobarde, la racional, la que está anclada a este mundo gris, me susurra que es mejor que no me pille porque esto no es una película porno, ni siquiera el romance que acabo de ver por la televisión y que ella me gritará espantada que soy un cerdo, que cómo puedo ser tan hijo de puta de haber intentado correrme entre las mismas sábanas en las que ella duerme y que, según el protocolo de pareja, las masturbaciones, aunque normales en la convivencia, deben llevarse a cabo con discreción para que el otro no piense que está dejando sexualmente insatisfecho a su pareja. ¿Pero cómo no voy a estar insatisfecho sin llevamos medio año sin tocarnos?

Sus tetas en mi boca, sus pezones endureciéndose, sus manos deslizándose por mi polla, su coño salivando en mis dedos… Contengo un momento la respiración para no lanzar un suspiro que acabe en un leve gemido. Acelero los movimientos al ver que no se puede notar nada de lo que estoy haciendo, que el colchón no chirría… Mierda, me he atrevido demasiado y se ha oído el roce de la mano con mi rabo y paro un momento en seco. Ella continúa inmóvil dándome la espalda, quizá esté dormida. Fantaseo con que le arranco la ropa en este preciso momento y la hago mía, que la sodomizo en la misma postura que tiene ahora mientras le aprieto las tetas desde atrás y eyaculo la madre de todas las corridas. Siento que el orgasmo está cerca, que me muero por llegar al clímax, aunque sea sobre su piel, pero tiene el pijama puesto y, evidentemente, se daría cuenta. En la boca, le abriría la boca y descargaría allí, en su preciosa boca de labios carnosos y lengua juguetona. Me giro dándole ligeramente la espalda, cierro los ojos, las imágenes de nuestros polvos se intensifican y se vuelven casi reales. Me corro sobre mi parte del colchón delirando que es dentro de su coño. Me detengo al sentir el primer chorro de esperma saliendo para no hacer ruido. Me limpio la mano con la sábana y me subo el bóxer sintiendo cómo el frío esperma se desparrama por su interior y se va resecando en mi carne.

Me vuelvo a mirarla. “Joder, hubiera sido un polvo fantástico” pienso con la mirada clavada en ella. Entonces veo un ligerísimo temblor en su hombro y me percato de un leve suspiro casi inapreciable saliendo de sus labios. El temblor cesa, el imperceptible sonido de la goma de sus bragas chocando contra su piel al sacar la mano de la entrepierna y para terminar haciéndose la dormida. ¿Se dio cuenta de lo que estaba haciendo o, simplemente, fue casualidad? ¿Y si no se ha estado masturbando pensando en mí? ¿Y si hay otro?

Una lágrima cae por mi mejilla mientras contengo el impulso de abrazarla y preguntarle qué coño nos ha pasado. Sólo sé que me siento demasiado inseguro de mí mismo y que esto es un puto drama de mierda, uno digno de televisarse un miércoles a las diez de la noche para irte a la cama bostezando una vez terminado. Lo peor es la culpabilidad que siento al haberme pajeado pensando en la rubia tetuda.

 

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