Delincuente – @Imposibleolvido

Olvido @Imposibleolvido, krakens y sirenas, Perspectivas

Me siento como una delicuente. Como la peor de las delincuentes.

A menudo me descubro rememorándolo en mi mente, como hoy. Recuerdo nítidamente aquel día, tu último día.

Olía a hojarasca mojada, a madera, aquella tarde había llovido bastante para lo poco acostumbrados que estamos aquí en el sur a que nos llueva. Era uno de esos atardeceres luminosos, cielo blanco, encapotado, con la luz del sol reverberando en todas las superficies mojadas. Habíamos llegado al final del camino de subida a la cueva de la media luna, mi perra iba jadeante, sudorosa y tus dos perros iban más que sobrados de energía.

Me hacía especial ilusión compartir aquella ruta contigo, idiota de mí, ignoraba aún hasta que punto ese «paseo» cambiaría nuestras vidas.

Recuerdo las fotos, el tonteo previo a ellas, tus manos, tu forma de mirarme con esa media sonrisa tan tuya. Cuántas veces me habré dormido mirando esas fotos… No sé exactamente cómo empezó aquella pelea, creo recordar que tenías un compromiso familiar, otro más, al que no podrías llevarme, intentabas nerviosamente explicar lo aburrido del evento, lo pesada que sería aquella reunión, etc, etc…  yo, como casi siempre, sonreía intentando ocultar mi malestar y de repente la nombraste con cariño y yo…, yo me calenté, empecé a reprochártelo todo, mis esperas, tus ausencias, mi soledad, tus idas y venidas, mi agobio, tus quiero y no puedo, mis lágrimas, tu impotencia.

Empecé a echarte en cara mi tiempo perdido en aquella relación que no nos llevaba a ninguna parte intentando hacerte sentir mal, herirte de algún modo, escupirte el amor que compartíamos en forma de veneno, me envalentoné, seguí chillándote, tormenta en su cénit arrasando con todo. No supe ver, no quise ver el daño que te hacía con mis formas, con mi desprecio totalmente visceral hacia lo mucho que compartías conmigo.

Rompí a llorar y encerrada en aquel disfraz de mujer herida empecé a bajar haciendo oídos sordos a tus gritos…

Hoy hace un año de aquel día. Un año con sus trescientos sesenta y cinco días. Un año con sus ocho mil setecientas sesenta horas.Un años con sus quinientos veinticinco mil seiscientos minutos. Un año sin ti.

Después de aquello bloqueé tu número en mi teléfono, no te abría la puerta de casa, no contesté ni uno de tus mensajes, nada, no quería seguir siendo a medias. No quería formar parte de una aventura a escondidas. No quise saber de ti.

Leía ahogada en llanto tus mails cargados de «te quiero», «te necesito», «no me hagas esto», «llámame», «¿por qué me haces esto?», «por favor».

Después llegaron los mails cargados de veneno, esos, si te soy sincera, me dolieron menos.

Y seguí con mi vida, envuelta en grises, arrastrando los pies, llena de ti y a la vez vacía. Odiando ese sentimiento que me consumía, odiándote a ti por habérmelo provocado. Rota. Desconfiando de cada sonrisa radiante que me dedicaban. Con miedo. A los dos meses tus correos dejaron de llegar. Fue mucho peor.

Lloraba por las noches, miraba nuestras fotos, olía tu colonia que tenía en casa, al siguiente día te maldecía, te odiaba con todas mis fuerzas, salía hasta ver amanecer, después lloraba, te añoraba, pensaba en ti, me masturbaba pensándote, recordaba tus manos, tu sonrisa, lloraba, volvía a oler tu colonia, mirar nuestras fotos, te odiaba, te maldecía, y así en un bucle infinito.

Un año.

Esta mañana me encontré a Curro, tu socio, salió de un bar a mi encuentro, me abrazó con cara de circunstancia y mientras lo hacía escuché su voz como muy lejos… «No supe cómo contactar contigo, tampoco creí que fuese muy apropiado, él te quiso mucho, lo pasó realmente mal cuando, bueno, cuando acabó vuestra historia… »

Realmente no supe de qué me hablaba, lo aparté un poco de mí, realmente asustada le pregunté un simple «¿Cómo?»

Se le cambió la cara. «¡No lo sabes!, ¿no lo sabías? Ha fallecido… tres semanas… no sufrió… hasta el final… claro ahora… y entonces pasó… blablabla»

Lo dejé allí plantado. Volví sobre mis pasos de nuevo a casa. Arrastrando la mochila  por el suelo. Oí el teléfono que llevaba en la mano caer sobre la acera pero ni paré. A lo lejos sonaba mi nombre, creo que Curro me llamaba a voces, pero, seguí corriendo casi a ciegas, sin apenas poder respirar: correr, correr, muerto, fallecido, correr, correr, tú, tú, correr, correr, mis piernas corrieron hasta alcanzar mi puerta y allí me derrumbé. No podía respirar, la sangre se agolpaba en mi cerebro. Creo que he estado unas horas allí en la puerta, tirada en el suelo, no podría precisar cuántas, me da igual. Tú. Tú.

Vuelvo a nuestras noches de pasión, a nuestras llamadas a escondidas, a nuestras citas a deshoras, a nuestros besos, las risas, los juegos, tu manía de morderme el pie cuando menos lo esperaba, tus sonrisas, tú, tú, tú, tu voz en mi nuca, tus dientes en mi cuello, tu música infernal, tus bailes arrítmicos, tú, tú, tú. Nuestras charlas de noches enteras compartiendo vino, tu manía de trenzarme el pelo, ¡¡tú!! ¿Tú?.

Te fuiste. Ya nunca más. Tú ya no. Tú, sin saber que te amo, sin decirte lo muchísimo que te he echado de menos, lo mucho que aún te quiero, lo mucho que me dueles aún por dentro, te dejé ir sin hacerte saber que te quería, que sí habías sido importante para mí, que te extraño, que te necesito. Me maldigo una y mil veces por mi orgullo, mi soberbia y mi amor propio.

Me odio hasta el infinito. Como se odia a un delincuente.

 

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