¿Decías? – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

Te quiero.

¿Decías?

Y ahí se queda, flotando en el aire de la sala de esa habitación pequeña, pero espaciosa. Las palabras que han salido minúsculas de mi boca y han ido creciendo hasta acercarse a ella, de repente, frenan y me miran. La T mayúscula se pone en jarras, como preguntando qué hacer ahora, mientras las dos E se ojean en gesto de desprecio. La Q, que se sentía importante, se vuelve pequeña y su fiel compañera, la U, espera de ella alguna acción. La I se estira para que su punto tenga mejor visión de la escena y la R se queja porque no ve, al estar al lado de la O que, como última de todas, se da un respiro. El te quiero se convierte en un “¿Te quiero?” al no recibir la respuesta esperada. Ni tan solo se ha girado.

Ella está en el sofá, en esa posición que tantas veces toma para leer, los pies descalzos sobre el tapiz gris nube y la piernas, sin nada que las tape, esbeltas, se arquean en sus rodillas formando una V invertida. Está perpendicular a mí, apoyada la columna en el reposabrazos. Su pelo castaño claro cae en un falso desorden hasta el inicio de la espalda, cubierta, al igual que su torso, por la parte superior de un pijama que le regalé cuando el “me quedo a dormir” empezó a ser habitual. Sujeta el libro, grueso, con las dos manos, finas y delgadas, y de vez en cuando gesticula o ríe o se exclama. Vive lo que lee. ¿Qué dirá ese libro que la absorbe tanto? Me pregunto eso mientras las ocho letras siguen flotando entre los dos. ¡Cuidado! La ventana que da al patio interior está abierta. El espacio entre el Te y el quiero se va dilatando, las letras empiezan a desvanecerse y en una diseminación extraña el punto final se convierte en puntos suspensivos. Ni siquiera se ha girado para mirarme, solo lee. Y pensar que yo llevo minutos ahora, pero horas esta semana y días este mes meditándolo.

Mientras la miraba hace unos instantes, con su cúmulo de perfectas imperfecciones, el “te quiero” se ha ido acumulando en mi boca, saliendo de las entrañas, se ha apretado contra los dientes, aplastando la lengua, y a pesar de la imperiosa necesidad de soltarlo de golpe para poder respirar, solamente he podido abrir un poco los labios. Y las letras han tenido que esconder barriga para salir por el pequeño agujero y una vez en el aire se han crecido, sabiéndose una frase corta, pero contundente, definitiva, sin marcha atrás. O eso creían, al igual que creía yo. Sin embargo, míralas ahora, insignificantes y perdidas, convertidas en motas de polvo iluminadas por este sol de principios de verano sin un atisbo de viento… Y me miro a mí mismo, insignificante y perdido, el que esperaba una sonrisa franca de esos labios ni gruesos ni delgados como cortina de unos dientes casi blancos, algo manchados por el tabaco, y una emoción en esos ojos marrones que parecen pintados con lápiz infantil, y un brillo en el rostro hermoso con sus menudas alteraciones asimétricas. No ha habido nada de eso. Y antes que un golpe de viento se lleve mis palabras por la ventana aguanto la respiración con la boca todavía abierta y eso las mantiene unidas a mí, como si al no cerrar los labios el hilo no se hubiera cortado, un globo enganchado a un niño por un cordel invisible. Y me asaltan de nuevo todas las dudas que creí haber encerrado y luego quemado, las que despiertan mis inseguridades más primogénitas, las derivadas de una autoestima fluctuante por un pasado del que no destacaría nada. Ni bueno ni malo. Y cogidos de la mano de las dudas, como si fueran amistad de toda una vida, van los temores sonriendo y tarareando una canción idiota.

Pienso que me he precipitado, que los sentimientos de amor y atracción no son recíprocos, que cada uno tiene su ritmo, que igual no la quiero, sino que solamente deseo retenerla conmigo o que, peor que todo eso, quizá ella no me quiere y ahora disimula, no sabiendo qué decir, esperando que en su cabeza se forme una respuesta elocuente y poco hiriente. Eso sería terrible. En mi imaginación, la boca que en tantas ocasiones he besado y que cada vez que miro anhelo oír hablar y volver a palpar, se abre con virulencia y suelta un gigantesco “Yo a ti no” que arremete contra mi débil declaración y la rompe en millonésimas partes de colores opacos que luego caerán al suelo, polvo al polvo. El Yo y el No de esa frase imaginada son desproporcionados, en negrita cegadora, para recalcar que hay parte de decepción en ello, significan mucho más que dos letras por dos palabras. Representan un “solo nos estamos divirtiendo”, un “no esperarás que esto vaya en serio”, un “lo siento, pero tengo que irme”.

Pero ella no dice nada, sus dedos siguen acariciando, como hace siempre en una especie de tic nervioso sosegado, las hojas que ya ha leído con la derecha y con la izquierda las que le quedan. Pasa suavemente la yema del dedo corazón por esos bordes finos de pasta de papel seca, separa sin mirar las páginas con delicadeza. Es tan bonita, pienso yo sin atreverme a respirar mientras mis letras empiezan a desesperarse, viendo cómo el sol que las señala las descompondrá en breve. Bonita por dentro y por fuera, pero me doy cuenta ahora de la brutal realidad de eso, la belleza en su percepción de canon me resulta aborrecible al mirarla, lo que me es agraciado es ella en su conjunto más disperso y en su dispersión conjunta. Y al tenerlo claro me ahogo, es una congoja de garganta y de alma, siento por unos instantes que no me pertenezco, me invade una ansia agobiante y envolvente y no puedo más y abro la boca tomando un soplo de aire cálido de principios de verano. Y entonces el hilo se suelta y mis ocho letras, un punto y un espacio quedan huérfanos. Adiós al globo, piensa el niño.

Un segundo, dos segundos, tres segundos, cuatro segundos… hasta que ella suspira y, al inhalar, mi “te quiero” es absorbido por un torbellino que lo arrastra hasta esos dientes casi perfectos, y se empequeñece para pasar por la ligera grieta entre los incisivos centrales y de repente: nada. Ya no está. Ella exhala y no sale nada. Gira noventa grados ese cuello ni largo ni corto y pasan un millar de años y miles de mundos en una fracción infinitesimal de tiempo. Muestra una sonrisa franca, acompañada de un brillo en su rostro y de emoción en sus ojos.

Anda, ven aquí. Bésame y dilo otra vez.

 

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