De tal palo… – @Mous_Tache

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Somos como somos pero, ¿por qué?

Sin duda, el mayor porcentaje de lo que somos lo hemos adquirido por factores externos. Estamos condicionados por nuestro entorno, por dónde nacemos, por la influencia que ejercen terceras personas sobre nosotros…

Estaba convencido. No fue necesario meditar demasiado para llegar a aquella conclusión.

Probablemente fueron los ojos de miedo de su hijo, que danzaban arrítmicamente entre los suyos y la mano que automáticamente y en un acto de rabia, acababa de levantar, los que aceleraron sus pensamientos.

No había tenido una infancia demasiado complicada excepto por un padre iracundo que con demasiada facilidad imponía su ley a base de gritos, en el mejor de los casos.

Siempre había sido así, excepto aquella tarde en que se había enfrentado a él mientras mantenía una discusión demasiado acalorada con su madre y que estaba mutando a violenta con extrema rapidez.

Fue la última vez. Aún podía recordar la expresión de la cara de su padre a medio camino entre la sorna y la estupefacción al decirle que parara o tendría que vérselas con él.

No había sido un farol. Los años no pasan en balde para nadie y con veinte años se enfrentaba a su padre con la insegura tranquilidad que proporcionaba sacarle una cabeza y desafiar, al mismo tiempo, el statu quo que había imperado hasta entonces.

Se evitaron durante días procurando no coincidir en ninguna de las facetas cotidianas propias de la convivencia familiar. Llegaron al acuerdo bilateral, tácito, no escrito y no hablado de guardar aquella situación en el más recóndito escondrijo de ese almacén de fotografías que es la mente, la cual se encarga de desempolvar viejos álbumes en cualquier momento, oportuno o no.

Y allí su hijo, encorvado, con la cabeza agachada, las manos alzadas instintiva y timidamente, esperando el golpe.

Somos lo que somos. Yo soy él y tú serás yo. De tal palo tal astilla…

O no. O quizás podamos cambiarlo todo. Alterar la herencia recibida. Romper la cadena. No existe regla sin su excepción.

E introduciéndose en aquellos brazos aún rígidos, notando la respiración entrecortada y el corazón acelerado de quien era más importante que sí mismo, le pidió perdón.

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