De otro planeta – @GraceKlimt

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En realidad, soy de Móstoles.

He nacido un 29 de febrero, y eso, el cumplir años una vez sí y tres veces no, es lo más marciano que hay en mi vida.
Mi madre, que se llama María, siempre fue muy beata y gran conocedora de las vidas, obras y milagros de todos aquellos que por ventura y gracias a la intermediación de curas, obispos, y papas, habían terminado siendo proclamados hombres virtuosos según la Santa Madre Iglesia, así que me llamaron Román, porque era el Santo que tocaba.
Mi padre, que no creía en religiones ni engaños ni sermones ni cielos ni infiernos, aunque hubiese preferido llamarme Fernando, como él mismo y mi abuelo y mi bisabuelo y así hasta tiempos ancestrales, no se opuso, que bastante tenía con ahogar aquella desgracia de mala suerte que fue mi nacimiento en alcohol.
Así que el recién nacido, es decir, yo, se quedó con el nombre.

A mí siempre me miraban raro.

La verdad que me hacía mucha gracia y se me escapaba siempre la risa, cuando la gente se cruzaba con nosotros, y primero me miraban a mí como si fuese un bicho raro, y luego miraban a mis padres como si fuesen acompañados de un extraterrestre.
Mamá era peluquera, y siempre decía a las clientas mientras les ponía los rulos que su Román sería un chico normal, y papá era taxista, y doblaba turno casi siempre para no pasar mucho tiempo en casa.
Una vez, escuché decir a los niños de la plaza, a los que nunca querían jugar conmigo, porque yo era lento y torpe con la pelota y solía tropezarme mucho y además no me gustaba competir contra nadie, que los papás y las mamás salían a pasear con sus hijos de la mano por el parque, y les llevaban de visita a casa de los conocidos y a tomar mosto y rabas los domingos al bar, y siempre presumían de ellos, y yo pensé que eso eran cuentos, porque los míos nunca hacían esas cosas.

Una noche oí hablar a mis padres.

Papá volvía a llegar tarde y yo ya estaba en la cama, pero me levanté al oírle llegar. Mamá, cansada como siempre de peinar cabezas de otras, le recalentaba la cena. Ella le reprochaba que no se preocupase por mí. Él le reprochaba que no hubiese abortado. Ella lloraba pidiéndole que no hablase de semejante atrocidad, que iría al infierno. Él se quedó callado un buen rato, y finalmente susurró muy bajo, tan bajo que me costó oírlo desde mi escondite tras la puerta, «María, no soy capaz de aguantar que mi hijo sea subnormal».
No dormí dando vueltas a aquella palabra. A la mañana siguiente le pregunté a mamá por qué papá no me quería, y ella me dijo «papá te quiere, sólo que no sabe como tratarte, porque para él, tú eres algo así como de otro planeta».

[Reina el silencio en el auditorio. Todos aguardan, mientras el joven que está realizando la ponencia toma un pequeño descanso para, con total calma y seguridad, abrir la botella de agua mineral con gas, servirse un vaso, y tomar un trago largo.
Al presentarse ha dicho que se llama Román, que tiene 37 años, que ha estudiado Magisterio de Educación Especial en la Complutense de Madrid, y que trabaja en un Proyecto Piloto de Sensibilización con la Fundación a la que pertenece desde que, de pequeño, su madre decidió tomar cartas en el asunto, y tal como decía a las clientas, hacer que su Román fuese un niño normal.]

 

Román deja la copa de nuevo en su sitio, mira seguro al auditorio, les guiña un ojo, y arranca una gran carcajada cuando comenta medio en broma y medio en serio, «y bueno, ya sé que es evidente, tengo síndrome de Down, aunque, como a mí madre y a mí nos gusta decir, lo único que me pasa, aunque en realidad soy de Móstoles, es que también soy de otro planeta».

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