De orgullos y pérdidas – @Candid_Albicans

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— Te lo puedes quedar si tan desesperada estás; tampoco es para tanto, te lo aseguro. Que os vaya bien, hijos de puta— espetó dejando asomar una sonrisa de medio lado acompañada por una mirada que nunca se supo si pertenecía a la pena o al desprecio.

Giró sobre sus talones y caminó calle abajo, decidida y sin tener ni puta idea de hacia dónde se dirigía. De sus ojos no llegaron a nacer las lágrimas que amenazaban con inundarlo todo, y el llanto contenido en su garganta se hizo nudo. No le quedaba otra que apechugar y sacar adelante ella sola a la criatura que crecía en su vientre. Él nunca lo sabría.

 

Casi veintiún años después volví a verla. Pensé que se habría ido del pueblo, como yo. Como casi todos. Sin embargo se movía por aquella cafetería como si fuese la dueña y señora. Y probablemente lo fuese. La observaba atrincherado tras mi barba canosa y unos cuantos kilos de más, que me otorgaban la invisibilidad oportuna.

Fue Marta, mi mujer, la que se acercó a la barra para pedir un par de cafés y unos refrescos para los chicos. Yo me quedé clavado en la silla, casi sin pestañear. No sabía si en algún momento me reconocería, y en caso de ser así, no sabía cómo reaccionaría. Ella era impredecible. O por lo menos solía serlo. Seguía siendo una mujer muy atractiva, a pesar de que los años parecían haber encontrado en la expresión de sus ojos el lugar perfecto para anidar. Los párpados caídos así como las comisuras de su boca, parecían gritar cansancio, tristeza y hastío. Me pregunté cómo le habría ido tras nuestra ruptura. Veintiún años dan para mucha vida. O para morir lentamente.

Se acercó con la bandeja de las consumiciones. Resuelta, ágil. Su cabello cobrizo recogido con un elegante pasador de nácar. Observé discretamente la curvatura de aquella nuca que yo tantas veces había besado y acariciado. Su piel ya no conservaba su tersura, pero seguía siendo blanca como el alabastro. Y en un segundo, y sin quererlo, la recordé desnuda entre mis brazos…

— Rafa, ¿tienes un billete de diez? Es que yo sólo tengo uno de 50, y por no cambiar…

Mi corazón perdió un latido.

Sus ojos verdes encontraron los míos. Bajé la mirada rápidamente mientras mis dedos se movían torpemente en el bolsillo de mi pantalón. La boca se me secó instantáneamente. Recé para que ella no relacionase ese nombre conmigo, con el hombre que le había sido infiel con un amor de una noche y que seguía inexcusablemente enamorado de ella.

Pronunció algo indescifrable para sus adentros, e igual que aquella noche cualquiera de hace veintiún años, me dio la espalda y se metió en algún cuarto tras la barra. Al momento salió una chica joven de grandes ojos verdes y cabello cobrizo a traernos la cuenta. Por el gran parecido supuse que sería su hija. Rehizo su vida y formó una familia, como era de esperar. Y en lo más profundo me apené, como el hijo de puta que soy. Por mí. Por su puto orgullo, por el mío.

 

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