De hielo y hiel – @Moab__

Moab @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas Deja un comentario

Tengo los ojos cerrados y el agua de la bañera me quema la delicada piel, pero apenas la siento. No quiero salir, las lágrimas que me arrasaban los ojos, esas sí que abrasaban de verdad. Se derramaban, en silencio, mudas e imparables, como los recuerdos. Abro los párpados y el techo es un espejismo que amenaza con desaparecer. Ojalá lo hiciera. Ojalá desapareciera yo y conmigo todo el dolor. Empiezo a sentir una fuerte presión en el pecho. Durante un instante siento la tentación de quedarme quieta, de no salir y acabar con todo. Abrir la boca y tomar una bocanada de agua, dejar que ésta entre dentro de mí, que encharque mis pulmones, que me limpie, abrasadora y catárquica, por dentro. Acabar con todo sería tan fácil…

(Su sonrisa)

Pero no puedo. Nunca puedo hacer lo que me apetece. Demasiadas responsabilidades ineludibles me esperan al otro lado del abismo acuático y, con un impulso desganado, emerjo de nuevo a una vida que me espera con el motor en marcha mientras yo sólo puedo pensar en tirarme por la ventanilla.

(Sus manos recorriendo mi cuerpo)

Salgo de la bañera rogando por resbalar y desnucarme, pero el cosmos no está por complacerme hoy.

(Su boca en mi cuello)

El baño está lleno de vapor y ya no puedo ver mi propia imagen en el espejo. Perfecto, porque lo que menos me apetece es verme la cara. Cojo mecánicamente el peine y empiezo a desenredarme el cabello.

(Sus dedos enredados tirándome con pasión del pelo)

Se me cae al suelo, me tiemblan demasiado las manos. Me tiembla todo el cuerpo, las piernas no me sostienen y un gemido silencioso empieza a emerger de nuevo de mi pecho.  Me siento en la taza del váter donde me acurruco y escondo la cabeza entre las piernas.

(Mi nombre siendo gemido en su boca)

¿Por qué? ¿Por qué, por qué por qué? ¿¿¿POR QUÉ???

¿¿¿Por qué tuviste que aparecer cuando menos te esperaba???

Hace dos días abrí la puerta y allí estabas. Con esa media sonrisa que siempre me regalabas en las fotos, con esa mirada que era capaz de quitarme el aliento de los pulmones en la distancia. Con esa boca que, hacía tiempo, soñaba con besar. Y, joder, ojalá pudiera decir que fuiste tú, Víctor, que toda la culpa fue tuya, pero la verdad es que fui yo la que salté a tus brazos sin pensarlo un solo segundo y te besé. Ni siquiera te dejé acabar de decir “Hola”. Me recibiste con la media sonrisa hecha beso y los brazos, refugio.

Me estrechaste fuerte a un palmo del suelo mientras cerrabas la puerta con el pie. Me levantaste del culo y te abracé también con las piernas sin dejar de besarte. Joder, si alguien hubiera intentado separarme de ti, le habría matado sin dudar. Nos derrumbamos sobre el sofá como un alud de puro deseo. Yo solo llevaba una camiseta larga y las bragas y podía sentir la dureza de tu erección en mi pubis a través del pantalón de vestir. Estabas perfecto con ese traje negro. Estarías mejor sin él. Me quitaste la camiseta mirándome a los ojos, en silencio, con deliberada lentitud, acariciándome la piel al hacerlo. Me mordiste el labio. Te arranqué todos los botones de la camisa.

Jamás me habían follado como tú me hiciste el amor. Con pasión, ganas, delirio, lujuria, ternura… con todo. Me besaste la espalda mientras el respaldo del sofá crujía amenazando con estallar en cualquier momento y nos corrimos entre gritos con tus dedos enredados en mi nuca, tirándome del pelo para poder morderme la boca y devorar mi orgasmo.

Y después del silencio, llegaron las palabras. Las malditas palabras.

“¿Cómo me has encontrado?”

“Si no querías que te encontraran no deberías haber puesto tu número en la guía”.

“Creía que te habías ido, que ya nunca sabría de ti, que jamás te vería”.

“Perdona, tenía que alejarme de lo que sabía que me iba a doler”.

“¿De qué?”.

“De ti.”.

“¿Y ahora, ya has vuelto?”

“Depende”.

“¿De qué?”

“Nuevamente, de ti”.

“Yo sigo ahí, esperando a que vuelvas”.

“No es ahí donde te quiero”.

“Sabes que no puedo, me necesita”.

“Entonces no volveremos a vernos”.

“No te vayas”.

“No te quedes”.

—¿Dafne?¿ Estás ahí?

La voz me saca de mi ensueño.

—Estoy aquí, sí, me acabo de duchar, ahora salgo.

—Venga, ya he hecho la reserva en el restaurante ese tan bueno del que nos hablaron.

Como puedo, me seco las lágrimas y ensayo una sonrisa. Ya puede empezar a salirme bien, va a ser la máscara que voy a llevar toda la vida, pienso mientras me pongo el albornoz y abro la puerta del baño.

—Ya estoy, Carlos, cariño.

Carlos, mi nuevo y flamante marido me espera en mitad de la Suite Nupcial esperando para poder entrar en el baño y arreglarse él.

—Mira que tardas— me dice con una sonrisa y un beso antes de desaparecer tras la puerta del aseo.

Sí, me quedé, y Víctor, la única persona por la que me late violentamente el corazón, inevitablemente se fue. Responsabilidades, me repetía una y otra vez.

Las lágrimas vuelven a resbalarme por las mejillas. No lloro por Víctor, ni por no amar al hombre con el que me he casado, ni por saber que viviré sin amor el resto de mi vida. Lloro porque, a partir de hoy, jamás seré libre para volver a volar, jamás sentiré esa emoción de amar con todo, de follar con todo, de quererlo todo ni de hacerlo todo. Lloro por saberme presa, encerrada en la jaula de oro de la triste vida que empieza con esta luna de hielo y hiel.

 

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