De alguien hay que morir – @LaBernhardt

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La verdad es que yo no morí de nadie, más bien a mí me volvió a matar un chupetón en el cuello de mi chico.
Verán, les explico.
Hacía casi 5 años de mi primera muerte y recién la andaba superando cuando sucedió que volví a morir por culpa del mismo capullo.
Pasar una muerte ya lleva su tiempo pero levantarte de tu propia tumba requiere mucha vida y yo, amigos, la gasté casi toda.
Poquita me quedaba y mal que bien superé el drama de los cuernos y los Te dejo por ella (una) que me llena (me la come) totalmente y tiene 30. Como si yo no lo llenara ni lo comiera. El tema de la edad no quiero ni tocarlo porque pasados los 40 es de muy mal gusto mentar edades. En fin, que habíamos conseguido reflotar el abismo terrible de los cuernos y vamos a superar esto, mi vida, di que sí, mi amor, nadie nos va a romper, no, nunca, claro y siempre, todo junto así lo juramos antes de corrernos en un polvo épico de los de o esto se arregla o el mundo se acaba. Y ya me dirán: en semejante escenario quién no perdona. Quién.
Yo, yo perdoné y nadie más que yo sabe cuánto me costó hacer que volvía a creer porque, ¿saben?, ya no se vuelve al inicio cuando te han matado o cuando te has muerto, da igual. Ya nada es para siempre cuando mueres de alguien.
El caso es que mi cuerpo resucitado volvió a confiar en este hombre que a poco que le sonaba el móvil, radiaba a los vientos, a mí, su receptora, quién lo había wasapeado.
Durante los tres años siguientes olvidé, olvidé y olvidé porque es la mejor solución para matar a los muertos y resucitar a quien está vivo. Era tan feliz que evité leer ningún libro cuya protagonista llevara el nombre de la tía con la que se lió mi amor.
Tan feliz que, de verdad, volví a la vida; coja y con un susto que no se iría nunca de este cuerpo, pero viva.
Y pasaron muchos viajes y risas y cervezas y confesiones y tequieros y tardes de sofá y toda esa mierda que te dice que sí, que de verdad estás en casa y que también, que él te quiere.
El mundo, ya lo digo siempre, se me pasa rápido cuando vivo en amor y esos tres años apenas me duraron dos horas.
Un completamente viernes de mayo fui a recogerlo al curro porque salíamos a Oporto, venga, un finde de no pensar y de relax, y justo cuando subió al coche lo vi. Allí estaba, un moratón en el lado izquierdo de su cuello. Y no, no era una contusión, ojalá: era un bocado con hambre, un dejar la marca. Un Eres mío.
Y yo me arrugué y me hice pequeña, tanto que apenas me llegaban los pies a los pedales y solo pude decir: “¿qué te has hecho en el cuello?” y luego, creo, durante los siguientes kilómetros, vino una vomitera de explicaciones que, juro, dejé de escuchar porque ya me había muerto, otra vez.
Se dio cuenta porque no recuerdo velada más romántica en los últimos tiempos.
Me di cuenta porque no recuerdo cara más triste que la mía en los mismos.
Cuando llegamos al hotel, me abrazó mucho.
—Perdona.
—No te preocupes, de alguien hay que morir.

 

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