Cuerdas que no atan – @dtrejoz

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— Hay cuerdas que no atan las manos físicamente, pero que funcionan como grilletes en la voluntad, verdaderos cepos que nos convierten en esclavos, en prisioneros, cuerdas invisibles que amordazan el espíritu de los hombres-

La escena empieza desde el interior de un autobús. Son las 5:26 de la mañana del lunes, unas cuarenta personas se dirigen a sus trabajos, a empezar la lucha semanal por la subsistencia, cada quien pensando en lo suyo, algunos dormitando brevemente, robándole unos minutos más de sueño al amanecer, aprovechando la luz roja en el semáforo, otros ojean su periódico, los resultados de la lotería, los marcadores de los partidos del fútbol dominical, un par de jóvenes se hacen arrumacos en los asientos traseros antes de separarse para emprender su jornada laboral en sitios separados…la mayoría observa sus celulares, espiando en los muros de Facebook de sus amigos, los paseos de fin de semana, los cumpleaños, las farras de los más fiesteros, las fotos extravagantes de las exhibicionistas…por un momento analizo la situación y caigo a la razón de que seguramente soy el único tuitero a bordo. Mi perspectiva es muy amplia, y es normal porque soy el que va de pie. Desde mi posición tengo alcance para observar todos los sectores del autobús y los distintos panoramas que ofrece…puedo ver lo que cada uno observa en sus celulares…lo admito, hasta leí un duro monólogo que una mujer sostenía por WhatsApp con un tal Sergio, apuesto a que no fue el mejor de los momentos para el tipo, cuando encendió su móvil y leyó ese vendaval de palabras que la chica le dejó en el chat, es impresionante lo rápido que escribe una mujer cuando está molesta.

Fuera del autobús también es lunes y también son las 5:26 de la mañana. La noche amenaza con rendirse ante la insistencia del alba. En la esquina hay un puesto de revistas y periódicos, algunas personas aprovechan la luz roja del sentido Norte-Sur para cruzar en dirección Este-Oeste, con el sonidito de pollito que emite el viejo semáforo peatonal en la esquina de la iglesia de la Agonía, mientras la señora del delantal estampado de rosas blancas y rojas sirve un café desde el termo grande de color azul a uno de los transeúntes que pasan por la “cajuela” de su viejo Volkswagen, en el interior de ese baúl hay todo tipo de exquisitos bocadillos, empanadas de queso y carne, pastelillos de papa y pollo, pan de elote y tamal asado, termos con café y chocolate, todo lo necesario para satisfacer el apetito de sus clientes, personas que se dirigen a sus lugares de trabajo con las prisas normales de todas las mañanas, cada quien tiene su rutina, y hacer una visita al maletero de la eterna microbús Volkswagen es parte de la rutina de muchos, en ocasiones también yo he pasado por ahí, y hasta recomiendo el tamal de maicena… simplemente exquisito.

A mis espaldas, con una belleza arquitectónica ancestral y su formación piramidal adornada con querubines que parecen bailar, se impone la centenaria iglesia católica de la Agonía. A veces he tenido la oportunidad de pasar frente a la iglesia en días de bodas, y confieso que el despliegue visual es alucinante, sus puertas se engalanan con toda clase de mantos y arreglos florales, el sonido de sus dos campanas hace enmudecer el firmamento, ante el brillo de sus querubines danzantes se queda la tarde detenida, el cielo impávido…la calle ajena a la realeza de los jardines que conforman su interior…

¡Cuánta historia en sus paredes!

De regreso al autobús, recuerdo todos los detalles de la iglesia, porque aunque la tengo a mis espaldas, veo a muchos pasajeros persignándose, y eso hace que tenga noción de mi ubicación y que mi memoria traiga de los rincones de mi subconsciente todas las imágenes que acabo de referir sobre el lugar…también se escucha un campanazo…

La esquina también es una parada de taxis. Justamente esa esquina hace intersección con la calle ancha de Alajuela, una antigua vía que rodea toda la ciudad, que aunque no es tan grande ni tan moderna, cualquier día de la semana en “horas pico”, encuentra el punto máximo para el colapso, y es ahí donde la esquina se convierte en el punto ideal para abordar un taxi, el punto de escape para abandonar el autobús y encontrar la salida de emergencia al caos vial que nos agobia.

Por si se lo preguntan…aun es lunes, quizás han pasado unos treinta segundos y todavía hay personas en el cruce peatonal, personas degustando un café en la cajuela de la Volkswagen blanca y otros adquiriendo su periódico en el puesto de revistas, los pulgares siguen dando “likes” a diestra y siniestra, los últimos besos de la despedida al fondo del bus y la vorágine de reprimendas y reclamos que la chica le envía a Sergio es algo francamente de campeonato mundial, aunque ya no la leo.

-Tan relativo lo del tiempo…y uno escribiendo de eternidades.

En fin. Diagonal a la esquina de la iglesia ya se encuentra el señor que vende camisetas de equipos de fútbol. Es su esquina. Desde el poste del alto que está en el cruce que va hacia el parque de los mangos  amarra un mecate que sujeta en el otro extremo a las verjas del gran ventanal del video club. Normalmente usa ese mecate para exhibir camisetas del Saprissa y de la Liga, aunque últimamente, desde que Herediano le ganó la final del campeonato a Alajuelense, veo que las camisetas del team florence también tienen buena aceptación. El caso es que se vienen unas fechas FIFA, nuestra selección enfrentará a Haití y a Panamá rumbo a la hexagonal de Concacaf, y las camisetas rojas de la «sele» se roban las miradas.

-¡Tan linda mi Costa Rica…linda y amada!

 

5:27 am. Para algunos nunca termina de amanecer.

Una imagen me roba la paz en la acera que tengo al frente, una eternidad que no es mía, pero que me hace meditar en la realidad que algunos viven, en el infierno que muchos mueren, realidades que preferimos ignorar, hacernos los que no vemos, mirar hacia otro lado…jugar a ser ciegos.

Un hombre está postrado, o mejor dicho, algo que podría ser un hombre, algo que lo fue. Su estado es verdaderamente lamentable, el hedor que despide es nauseabundo. Hoy solo es escoria humana. Es inmundicia. El simple hecho de verlo produce asco. A su alrededor, muy cerca de sus talones se pueden apreciar restos de heces, claramente se entiende que es su propia materia fecal, ni siquiera un perro vive tan arrastrado, todos los que por error lo ven, desvían rápidamente sus miradas hacia algún sector de la calle, hacia cualquier lugar, donde no puedan verlo. Quizás se lee cruel, quizás pensará usted que soy un desalmado por escribirlo así, pero el caso es que soy el único que realmente advierte que ese puño de huesos que no son otra cosa que un despojo humano está ahí, consumido por sus vicios, drogas y alcohol, busca desesperado a su alrededor una imaginaria piedra de crack que se le ha caído, esa droga derivada de la cocaína y de efectos altamente adictivos y desquiciantes para el cerebro humano, lo veo alucinar que la encuentra entre las partículas diminutas de polvo que están sobre la acera, esboza una sonrisa de victoria, una carcajada de satisfacción, abre temblorosamente una botella plástica que contiene un par de sorbos de alcohol para fricciones, del que se utiliza para desinfectar heridas, lo veo llevarse esa botella a los labios, lo veo ingerir esa sustancia, luego hace amagos de encender el tubo con el que consume el crack, se ahoga en humo, lo aspira sin soltarlo hasta el fondo de sus pulmones, le chispean los ojos como si se le saliera el infierno por la mirada…luego suelta una carcajada llena de demonios, llena de un placer que sabe a muerte, con un gesto lleno de euforia que nadie entiende y se queda cantando una canción que no alcanzo a distinguir por las ventanas cerradas del autobús. Hace frío afuera. Todo el movimiento de la esquina es ajeno a él. A nadie le importa. Cada quien sigue en lo suyo mientras ese hombre sigue quemándose las neuronas y destruyendo sus intestinos, literalmente le pasan por encima mientras se suicida poco a poco, pero a nadie le importa porque nadie hace nada, ni los del puesto de revistas, ni los que toman café en la Volkswagen, ni el hombre de las camisetas, ni los taxistas, ni los del autobús, ni el cura que recorre los jardines de su iglesia mientras suenan las campanas…ni yo.

A ninguno nos importa.

Para él no es lunes, ni son las 5:27 de la mañana, ni existe una vida. Para él la eternidad es su prisión, aunque nadie vea sus cuerdas, aunque esas cadenas quizás no vayan a caer, aunque el haya decidido esa forma de morir.

La luz verde del semáforo cambia la locación y la escena, y mientras el autobús se aleja, en el periódico del señor de lentes alcanzo a leer que Costa Rica juega el viernes contra Haití, y que ayer murió Juan Gabriel de un ataque al corazón, y que todos en el mundo lo lamentan.  Y así llego a mi destino, haciendo un esfuerzo por olvidar al hombre de la esquina, porque nadie puede cargar con esos muertos…

-No mientras aun les quede vida.

-Y usted que me está juzgando…Dígame… ¿usted qué haría?

 

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