Cuentos para no dormir – @LaBernhardt

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Me he dado cuenta de algo; mi madre y yo le damos de cenar a los monstruos cada noche. Cada una a su manera pero siempre, siempre cenan esos cabrones.
No lo comentamos, no, eso de alimentar monstruos sigue sin estar bien visto pero lo sabemos; nos sabemos.
No recuerdo cuándo comencé a hacerlo pero debió ser cuando las mates empezaron a complicarme la vida, la propiedad asociativa, la conmutativa y su santa calavera. En esa época yo no sabía nada de cuentos feos, bueno que de los bonitos tampoco sabía. Escuchaba en el recreo que había niños a los que sus madres o padres, ¿en serio tu padre te cuenta un cuento los domingos?, se sentaban en sus camas y les leían un cuento. Yo sólo lo había visto en La princesa prometida, que ya flipé viendo a «Colombo» hacer de cuentacuentos de su nieto, y me parecía marciano y muy de película que te contaran un cuento los padres. La cosa es que empecé a darles de cenar a mis monstruos, precisamente, los domingos porque era día de fútbol y mi padre, que andaba en el bar de abajo desde las 4 de la tarde, llegaba a casa doblado.
Yo me iba a la cama y me hacía la dormida porque no quería verlo borracho. No quería escuchar cómo mi madre lo llamaba borracho.
Los monstruos de debajo de mi cama me contaban cuentos para no dormir y sólo se callaban si yo les daba de cenar mis miedos.
Me bajaba de la cama y susurraba que sí, que soy torpe en mates, que doña Paquita tiene razón y soy lerda.
Entonces, ellos, mis monstruos se hinchaban de miedos y sonreían. Subían a mi cama y me contaban una y otra vez que las mates eran para listos, que la cerveza era un asco porque por su culpa mi padre llegaba tonto a casa, que la plancha y los montones de ropa hacían llorar a las madres. Que sí, niña, que te duermas con nuestros cuentos para no dormir.
Mi madre tenía a los suyos en una libreta, una naranja con nombre de banco simpático. La sacaba todas las noches, a veces con tanta urgencia que caía sobre las migas de pan. El mantel de hule y las migas aplastadas por una libreta suenan a cuento para no dormir, pensaba yo.
Me iba a la cama, a por mi cuento para no dormir de cada noche pero antes siempre la veía mesarse el pelo, borrar y contar, mirar al techo como yo miraba la pizarra; putos números que no entendíamos, ni ella ni yo.
Cuando mi padre murió nada mejoró porque todos los cuentos para no dormir, los de mi madre y los míos, se hicieron más grandes.
Tanto que los monstruos que los contaban ya no cabían debajo de la cama y se trasladaron al sofá, a los armarios, a las ventanas.
No dormía yo por mis deberes, por mis agobios de adolescente muda. No dormía de tanto cuento que escuchaba.
No dormía ella por las deudas, por sus agobios de viuda pobre.
No dormía de tanto cuento que escuchaba.
Un día, en un parque, escuché a un tipo contar un cuento, uno bonito, que soy cuentacuentos, que yo también sé contar cosas tristes pero no en un parque, me dijo. Y yo pensé que aquel tipo de barba blanca y camisa verde me podría ayudar.
Aprendí de él todo cuanto se puede aprender de quien sabes, algún día se irá. Aprendí a contratiempo a contar cuentos para dormir.
Cada noche dejé, debajo de mi cama, un cuento. Uno para borrar a otro; un cuento para dormir que acabara con los miedos.
Al principio se reían mis monstruos, no sirves para contar cuentos, niña, se reían y yo no dejaba de escribir. Uno, otro, cada noche, nada día, un cuento y mil que dejaba debajo de mi cama.
Una noche dejaron de susurrar y dormí tranquila.
Con mi madre sería más complicado, eso pensé, porque ella no creía en cuentos y sus monstruos eran facturas.
Como en las mejores historias de intriga, el problema está resuelto desde el principio y no se ve.
Pero yo, por primera vez, lo había resuelto.
Busqué en la libreta de color naranja de mi madre, en las facturas pagadas.
Pinté de colores cada papel lleno de historias para no dormir y los dejé encima de la mesa de la cocina.
En la última factura, una de luz que te dejaba a oscuras si la leías, dejé una nota, mamá, he pintado de colores estos cuentos para no dormir. Si no puedes coger el sueño, vente a mi cama, que tengo domesticados a mis monstruos.
Te quiero.

 

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