¿Cuánto vales? – @Imposibleolvido + @Moab__ + @distoppia

Olvido @distoppia, @Imposibleolvido, @Moab__, krakens y sirenas, Perspectivas

Eran las tres de la mañana del tercer sábado de marzo. Y como todos los años, Mo, Olvido y Laura habían quedado para destrozarse el fin de semana en una casa rural a las afueras de un pueblo de Madrid. Cervezas, cinismo y Tom Waits.
Lo importante siempre era la conversación y todos sus desvaríos. El libre fluir del pensamiento a altas horas de la madrugada. Como si creyeran en la auténtica libertad. Sonaba Rain Dogs y bebían rubias en pijama.

Mo.

¿Alguna vez te has preguntado cuánto vales? ¿Cuál es tu precio? Porque, aunque no te lo creas, me rebatas, te ofendas, clames a los cielos y te rasgues las vestiduras como reafirmación de tu verdad, lo cierto es que tú estarías equivocada y yo en lo cierto. Todos, sin excepción, tenemos un precio. Algo por lo que haríamos cualquier cosa, como matar, dar la vida o vender a nuestra abuela. No me refiero específicamente a treinta monedas de plata o un bolso de Loewe. Tu precio puede ser tan inmaterial como una mirada y tan metafísico como un abrazo. También puede ser ese cuerpo que ansías sentir [dentro] a tu lado mientras duermes, o esas páginas en blanco por las que darías lo que fuera si con ello se inundaran con todo lo que [sangras] quieres decir. Quizás sea ese niño pequeño que te sonríe desde el balcón de la inocencia haciendo así que el corazón no te quepa en el pecho de puro amor. Tu precio, también pueden ser treinta monedas de plata, por supuesto, no las descartemos. Y, por eso, vuelvo a preguntarte, querida Olvido, ¿Cuál es tu precio?

Olvido.

Deja la cerveza vacía sobre la mesita de delante del sofá con rabia mientras me clava la mirada y me formula de nuevo la misma pregunta, “¿Cuál es tu precio, Olvido?“ Me paro un instante en sus pupilas dilatadas por su discurso arrebatado, que sé que a ella se le antoja eterno, y aparto la mirada para encender el tercer cigarro. Me acomodo en el sofá y repaso mentalmente lo que nos ha traído hasta esta casa. ¿Cómo puedo poner precio a lo que se espera de mí?, ¿de verdad cree que soy capaz de hacerlo? La veo mordisquear el capuchón del bolígrafo nerviosamente, su perfil a contraluz es muy parecido al de Laura, los mechones se escapan de la coleta aflojada y le enmarcan los pómulos. Suspiro. ¿En cuánto puedo tasar mi valor?, o lo que es aún peor, ¿tengo valor al que poner precio? Mo me mira y suspira exasperada haciendo un gesto de impaciencia con sus manos, la veo ir hacia la cocina supongo que a por otra cerveza.  Las motas brillantes de polvo suspendido bailotean en el haz de luz que ahora me da en la cara. Empiezo a reírme. No puedo evitarlo. No quiero parar. Río fuerte y la veo asomar la cabeza, arqueando la ceja.
—Mo, lo siento, ni 30 monedas, ni un bolso de Loewe, ¡ni siquiera unos Blahnik, joder! ¿Sabes cuál va a ser mi precio, adorable hija de puta?— Mo se acerca con gesto divertido, cerveza en mano.
—No, dí-me-lo-ya.

—Mi precio son las risas, me puedo vender por un buen rato de ellas. Los ratitos entre amigos, esos en los que te puedes soltar y ser tú misma. Me temo que mi precio también es la pasión. Ya sabes, esos momentos en los que te embriaga y todo tu cuerpo es un mar de sensaciones muy potentes. No sé, Mo. A veces un buen orgasmo es tan jodidamente reparador si es compartido con la persona que deseas que creo que la pasión si es mezclada con cariño, amor o complicidad… Soy presa fácil.

Apuro de un trago mi cerveza sin estar del todo segura al cien por cien de que me haya comprendido. No me refería al sexo por el sexo. Hablaba de algo más… Despierto a Laura, que lleva tres canciones dormida en el sofá y le preguntamos.

Laura.

¿Mi precio? Claro que tengo un precio. ¿Vosotras no? Yo me vendo por algo que no cuesta nada, pero vale mucho. Y es que a veces soy puro sentimiento sin cortar. He hecho muchas menos tonterías por dinero que por amor. He conducido llorando de madrugada hasta el fin del mundo sólo por la esperanza de un “te quiero” que nunca sucedió. Me he plantado en Atocha, con el corazón en una mano y una sensación de derrota miserable en la otra, para decirle al hombre de mi vida que aún lo echaba de menos. Como la perfecta perdedora. He follado con quien no debía, he bebido con quien no me merecía y he perdonado lo imperdonable. Pero, ¿por dinero? No, por dinero yo no habría hecho ninguna de esas tonterías. Pásame otra cerveza, Mo. A ver si tengo suerte y se me quita el mal sabor de boca que deja siempre esta pequeña estafa del amor.

Mo

Las miro ambas y no puedo más que sentir cariño por estas dos mujeres con las que comparto pensamientos, música y bebida. Doy un trago a la cerveza para tener un segundo en el que poner mi cabeza en orden. He preguntado muy vehementemente sin ni siquiera tener claro cual es mi precio y ahora esperan una respuesta. Sonrío, ¿cómo no voy a tener un precio?
Quizás os choqué lo que hoy a deciros, lo sé, pero daría mi vida por dejar de sentir miedo, entregaría mi cordura por sentirme libre, regalaría el alma por no volver a escuchar una mentira, por desterrar para siempre de mi vida los secretos y los escondites. Me preguntaréis: “¿tu precio son la verdad, la libertad, el valor y la honestidad?” La verdad, la auténtica verdad aunque sea tremendamente patética, porque así es como me siento, es que mi precio es una persona. Sí, sé que hablo del amor con cinismo, con sarcasmo e incluso, quizás, con odio, pero daría un brazo o una pierna, de la misma forma que ya he dado el corazón, por que esa persona no vuelva a mentirme, no me ate, no me engañe y no me asuste. Y que no se vaya. Porque sí se va, ¿de qué me sirve haberlo dado todo? ¿De qué me sirve nada?

Olvido.

—Chicas,  somos tres románticas que se esconden tras un disfraz de supervivientes. De encarar a la vida de frente vestidas de “soy capaz”  y de “no me importa” pero es puro teatro. Somos un trio de manojos de miedos, inseguridades y timideces. Pero creo que tenemos el remedio perfecto para continuar sacando todo ese valor que empeñamos en esconder: ¡nuestros pilots!

Un choque de botellines resonaba mientras nos sonreíamos unas a otras. No sé si tengo valor o si lo tienen ellas, lo que sí sé es que juntas somos invencibles.

 

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