¿Cuándo te casas? – @delomascuki

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<<Que largo se está haciendo el camino>>, pienso mientras miro la porcelana de mis uñas recién hechas. Contemplo por la ventana el paisaje que me parece hasta triste, hoy precisamente que el día nació soleado, tal como esperábamos y que todo son risas y gente ilusionada. Hoy parece que mi corazón late más lento que de costumbre, más pausado, más en calma.

Observo el trasiego de la calle mientras mi coche se detiene en los semáforos, <<¿serán felices?>>, murmuro extrañada al ver comerse a besos a una pareja de jóvenes, mientras en mi cabeza me asalta la duda, <<¿lo eres tú?>>.  Apenas sigue la marcha y noto su mano cariñosa que aprieta fuerte la mía, inmóvil sonrío con gesto de “todo va bien”. En estos momentos soy incapaz de mirarle a la cara, porque me derrumbaría y me limito a tragar saliva y evitar llorar, es una pena estropear este momento cuando sé el orgullo que supone estar sentado junto a mí. El coche se detiene, al fondo se divisa mi destino, todo está radiante y yo vuelvo a mirar la vida a través del cristal, todo parece ir a otro ritmo.

Mi mano sujeta firme el manojo de Peonias rosa palo, mientras que la otra amarra fuerte la manivela del Kaiser Carabela lista para huir; con la mirada busco una vía de escape, un callejón una excusa mientras mi pausado corazón acelera el ritmo vertiginosamente, tanto que casi me cuesta respirar. <<Vamos cobarde>> va gritando mi alma al compás del rugir del tubo de escape. Mi mano temblorosa aferrada a esa manivela, tan atormentada como Francesca lo estaba en “Los Puentes de Madison”, sólo que esta vez por más que miraba, no había un Robert Kincaid esperando al otro lado de la calle.

 

Ser valiente nunca estuvo en mi, cualquier excusa me valió para no dar el paso, pensé que era egoísmo y me dediqué a pensar en los demás, dejé de buscar mi felicidad por no hacer daño al prójimo, error que pagaré hasta el último de mis días, pero así soy yo, resignada y cobarde.

 

La puerta del coche se abre, al fin. Todo está espléndido, el rojo de la alfombra hace juego con los trajes de las chicas, el tono del carmín y sus preciosos tocados. Piso temblorosa el delicado terciopelo y su mano de nuevo, me agarra firmemente.

—Hoy no puedes estar más hermosa, hija. —Me susurra sonriente y emocionado mientras toma mi mano y la pasa por su brazo. <<Hermosa por fuera, mustia por dentro>>, pienso, mientras me dispongo a caminar por la alfombra arrastrando los recuerdos y el manojo de sentimientos que pesan ya más que la cola del fastuoso vestido. Las puestas solemnes se abren a mi paso, las flores brillan blancas adornando cada rincón, como estaba dispuesto, el colorido de los invitados hace que se ilumine hasta la cúpula más alta de la iglesia, parece que toda la primavera ha cabido en la sala. Mis pies comienzan a no querer caminar y es mi padre quien tira de mí como si mi cuerpo pesara más que el de un muerto.

<<Puedes, tú puedes>>, me digo mientras observo las caras sonrientes de la gente. Parece que todo el mundo está feliz, todo está perfecto, tal como había imaginado desde niña, pero ya no me gusta, al verme allí caminando hacia el altar, desearía estar en otro lugar. Tengo el corazón partido en dos, una mitad está con él, la otra está aquí conmigo, sola y vacía y es la que me impide seguir avanzando. De traje negro, como manda la tradición, recto, serio y solemne, me espera de pié al final del pasillo. No parece estar nervioso, él siempre ha sabido controlar los nervios mejor que yo; le miro mientras mi cabeza no para de pensar  <<no voy a saber hacerle feliz, pero él a mi tampoco>>.

 

Antes de llegar a sus manos, mi corazón da un vuelco, se pausa la vida y dejo de oír a Turandot de fondo, Kraus ya no entona su Nessun Dorma, en ese momento sabía que estaba allí. Le busco rápido con la mirada, le huelo, noto su perfume, su presencia, sé que está. Emocionada respiro profundo y dirijo la vista a uno de los pilares de la iglesia. Ha venido a ver cómo me entrego a otro hombre sin haber hecho caso a mi corazón ni al suyo, quién en su sano juicio querría ver eso. Le miro entristecida y resignada y él con un gesto disimulado me dice que “no” con la cabeza, su mano palpa el lado del corazón, y al ver su cara de tristeza y a la vez esperanza no puedo evitar estremecerme. En ese momento mi mundo se viene a bajo, las piernas ya apenas me responden, mi padre disimuladamente me apaña el vestido para que pueda caminar, pero no es el vestido, es mi corazón, mi mitad la que me impide continuar.

 

En el momento más decisivo de mi vida, su voz en mi oído deja un suspiro: —No lo hagas Carmen, no te cases. Hoy no.

-¡Pero Padre…! —Murmuré yo.

—Tu corazón no quiere y tú no lo has escuchado. Tu cuerpo está aquí dispuesto, pero tu alma muere por otra persona y así jamás serás feliz.

—Felipe espera..la familia… los invitados, Padre… ¡es una locura!.

—Hija, vete, corre, deja libre a tu corazón y no cometas el error de encarcelarlo sin motivos. Él no es perfecto, pero juntos sois amor y eso debe ser suficiente. —Exclamo  mientras sonreía al resto de invitados que comenzaban a murmurar.

 

Mi vestido pesa pero no tanto como mis ganas de huir, suelto su brazo, le beso y mis pies corren tan rápido por la alfombra que poco me importa si caigo al suelo. Le veo salir a mi encuentro, al final sin lluvia y sin puentes, pero mi particular Robert Kincaid me esperaba y no iba a dejar pasar la oportunidad de permitirme por primera vez, ser feliz junto a mi otra mitad, no iba a negarme que es con él con quien quiero estar y que si me volvieran a preguntar “¿cuándo te casas?” sin duda la respuesta sería hoy mismo, todos los días y siempre, pero con él.

 

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