Cuando no me miras – @_Marla_Sercob

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No sé si voy a encontrar las palabras precisas para decirte que te odio. Que te odio así, a secas, porque contigo nunca puedo ver el mar.

Y es que en días como hoy en los que me vuelvo de un color gris oscuro casi lluvia, me doy cuenta de que si me quedo a tu lado cuando todo se hace niebla, los recuerdos  y yo tenemos tanto frío que sólo sabemos tiritar.

Y para entonces tú, ya no me miras.

Pero antes de que estalle la tormenta, paseo por el filo de más de una navaja que siempre empuño yo. Luego, cómo si no estuviera lo suficientemente jodido ya, pongo el corazón a la intemperie y me convierto en mis propios lobos, porque nadie mejor que una misma para destrozarse el corazón a dentelladas.

Y como soy de las que se miran en cualquier espejo que me salga al paso, sé que siempre me ha sentado bien el luto y dejo que todo salte por los aires y es entonces cuando ya no me pareces tan bonita y me olvido de todo lo vivido contigo, de los paseos por tus calles de la mano con los primeros amores que prometían un querer eterno y que yo, inocente de mí, desconocía que la eternidad nunca dura lo que dice. Pero sobre todo me olvido de las ilusiones soñadas en alto por culpa de unas cuantas cervezas en algún bar de Malasaña, haciendo que hable más el corazón que la cabeza.

Y comienzo a darme cuenta de que entre nosotras ya no sucede nada y cuando eso pasa es que algo grave nos ocurre. Y me obligas a dejar de quererte, aunque eso contigo sólo sepa hacerlo a cámara lenta. Y  tú, te portas como una cualquiera sin dejar de abrirle los brazos al primero que te llame guapa.

Y  sigues sin mirarme.

No sé a ti, pero  te confieso que de esta manera  a mí me duele más porque ya sólo hueles a cemento y vuelves todo más ácido y realista, y me ahogas,  me ahogas mucho, sobre todo cada vez que me dejas sin aire la mirada. Y el invierno se instala por todas tus aceras y me dejas viviendo empapada de tristeza.

Y aunque sé que voy a echarte de  menos, al menos me queda la esperanza de que esto sólo sea una despedida con derecho a regreso. Porque yo a ti, hasta cuando te odio, te quiero.

Y me marcho detrás de una soledad buscada, que parece que llamándola así me va a pesar menos. Pero sobre todo me marcho para serte infiel. Y te engaño con esa ciudad del norte que tantas veces te digo y también, sobre todo también, te engaño con él. Con el mar. Porque nadie sabe sostenerme a modo de bálsamo cuando llego hecha un aguacero de recuerdos. Y a su lado, vuelvo a caminar y a leer, a leer y a caminar, a mirarnos frente a frente mientras me acaricia con ternura el dolor de las heridas y de paso se alía con el peine del viento para enmarañarme la melena, porque así completamente despeinada, a él le gusto mucho más. Y después, con cada ola, vuelve a recordarme que todo puede ser posible de nuevo.

Y entonces me doy cuenta de que para mí el mar siempre será todo lo que le falta a todo lo demás.

Pero aun así y aunque no quiera, te echo de menos porque tú siempre serás mi primer amor y mis primeros besos, los amores más fieles y los amantes más cabrones, los días más salvajes y el dolor más intenso, los orgasmos más sonados y las bofetadas más sonoras. Pero también serás, y mira que me jode, la más absoluta frialdad. Y a pesar de todo esto, vuelvo. Y te encuentro tan bonita como siempre y vuelvo a tenerte ganas de nuevo para perderme triunfante por todas tus calles sin un atisbo de derrota.

Y por fin estoy en paz. Y tú, vuelves a mirarme.

Y como diría ese cantautor canalla de voz y alma rota, “Pongamos que hablo de Madrid”.

Cuentan que el mar, en noches de tormenta, rompe sus olas contra las rocas para poder decir bien fuerte un nombre de mujer.

 

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