Cuando fui grande – @GraceKlimt

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Yo una vez fui pequeña.

Albumes de fotos con filtro sepia, llenas de retales de pasado que me recuerdan que todo siempre es posible si se desea fuerte. Si quieres, puedes. Si te quieres, puedes. Querer es poder. Quererse es poder. Un precioso mantra.

Eran los 80, y el cielo casi siempre estaba encapotado y amenazaba lluvia en Bilbao.

Ella me peinaba con dos trenzas una melena que me rozaba la cintura, tan larga como la que lucía ella, y me llevaba de la mano al cole, vestida con mi capa roja, muy parecida a la suya, mientras yo pensaba que era la mamá más guapa del mundo.

Él volvía del trabajo, y entonces me subía en la mesa de la cocina, me besaba la nariz, me preguntaba cuánto le quería, y yo abría los brazos de par en par. Me traía peta zetas y me miraba embobado, mientras yo pensaba que era el mejor papá del mundo.

Teníamos un 127 verde, con tapizado de leopardo.
Nos llevaba los domingos al monte, y allí creamos nuestro refugio, entre hogueras, mesas y sillas de camping, pimientos asados, tortillas con perejil, árboles enormes y baños en el río.

Los sábados mi abuelo me secuestraba y me invitaba a mosto y rabas en la sede del partido. Se juntaba con quien quisiera recordar, y hablaban de aquel día, cuando yo aún no tenía 2 años, en que tuvieron que quemar todos los panfletos de propaganda comunista porque unos tiros en el Congreso pusieron en jaque al país. Luego reían, pedían otro zurito, y él me decía, «princesa, ven aquí, que voy a contarte un cuento», y yo corría a subirme al regazo de aquel hombretón mientras él apuraba el vaso.

Mi abuela tenía un canario al que hablaba sin parar y miles de tiestos llenos de flores en el patio. Se pasaba las horas paseando, recogiendo setas y caracoles, hablando con las vecinas, guisando, y me cantaba canciones. Era la dueña y señora de nuestro mundo, la que se enfrentó un día al vecino con un paraguas porque lo escuchó discutir en el rellano con su hombre, y tanto nos quiso, que muchos años después, se fue sin hacer ruido y con una sonrisa en los labios para que su adiós no nos doliese tanto.

Yo una vez fui pequeña, y ellos me fueron ayudando a crecer. Tejiendo con su amor infinito los hilos que me han convertido en la mujer que soy ahora. Haciéndome enorme entre sus brazos. Llenándome los días de momentos por los que vale la pena seguir. Enseñándome a querer sin motivos, sin razones y sin excusas.

Algunas noches, cuando intento dormir, por unos instantes los monstruos del presente me ganan la batalla, salen de debajo del colchón, se me acuestan encima, y me impiden respirar.
Entonces me regalo un rato sólo para mí, vuelvo a los 80, cuando bajo la cama sólo había escondidos regalos de Olentzero que nosotros hacíamos como que no veíamos, a esos tiempos en que la vida era sencilla, y yo gigante.
Y vuelvo a coger aire, y vuelvo a ser de nuevo una niña pequeña y feliz, como en esos días.

Y es que yo una vez fui pequeña, y nunca he vuelto a ser tan grande como entonces.

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