Cría cuervos – @_vybra

Vybra @_vybra, krakens y sirenas, Perspectivas

A ser madre nadie te enseña, se aprende.

Es por eso que cometemos tantos errores como aciertos. Mi acierto y error se llama Mario, mi pequeño de 13 años. Sí, suena contradictorio, pero es posible, real y doloroso que alguien que ha dependido de mi propio cuerpo para formarse y sobrevivir sea ambas cosas. Soy su madre, y esa relación es la única que conozco capaz de hacer de la palabra siempre una garantía de por vida.

Mario siempre ha sido especial. No especial de amor de madre que te hace creer que tu hijo es el más listo, guapo y bueno del mundo. Qué va. Él es especial, de ese tipo de personas que no dejan indiferente a nadie. Su mente curiosa hace que se sumerja entre las páginas de cualquier libro que caiga en sus manos. Su alma de artista ama las artes, y es habitual ver sus ojos llenos de lágrimas ante una escultura de Bernini o un cuadro de El Greco. Su espíritu es incapaz de vivir sin música, prefiere los vinilos a los videojuegos y siempre encuentra la canción perfecta para cualquier momento.

Su padre es transportista y sus ausencias laborales nos convirtieron a Mario y a mí en dos personas que se necesitan y complementan. Nadie como él, pese a su corta edad, ha sabido entender el dolor que gritaba mi silencio, el miedo en mis ojos, pese a que brillaban desafiando al mundo; y solo él es consciente del poder que tienen sus brazos cuando abrazan mi cuerpo y mis sentidos. Mi pequeño hace de la lealtad su bandera, de la empatía una lanza y del respeto su escudo. Así que, sí, es especial y mi acierto.

Sentada en este bar, esperando frente a la consulta de Damián, es cuando me doy cuenta de que también un acierto entraña errores. Mario fue creciendo y pequeños cambios que yo asociaba a la edad iban irrumpiendo y cambiando nuestra mágica relación sin que esta desapareciera. Nuestros ratos en el sofá hablando de cómo arreglaríamos el mundo cedieron su lugar a la intimidad de mi hijo tras la puerta de su habitación, a la que yo había perdido el acceso. Las meriendas tras recogerlo en el colegio desaparecieron cuando me pidió que no fuese a recogerlo porque ya era mayor y prefería ir a casa solo, y su desnudez en el baño ahora la protegía de mis ojos pasando el cerrojo. Escuchando a otras madres supe que eso era normal, que formaba parte de la adolescencia.

Mi pequeño se hacía mayor, o eso es lo que creía hasta que descubrí su diario en la habitación. Y, con él, descubrí mi error. Parecía una libreta normal, pero me sorprendió que fuese de color rosa. Lo abrí, pensando que su amiga Sonia se lo habría dejado en casa y al descubrir la letra de Mario fui incapaz de apartar la mirada. Allí, página a página y línea a línea, fui descubriendo la pesadilla que mi hijo vivía. Allí, en líneas cuyas letras estaban borrosas por gotas de lágrimas, supe que mi hijo detestaba el cuerpo masculino con el que había nacido y que prefería que lo llamasen Ana al nombre que para él habíamos escogido.

Mis lágrimas empezaron a borrar sus letras al leer las burlas de sus compañeros y maestros, las continuas palizas que había sufrido y cada momento de desesperación que habían hecho que, mi pequeño, incluso se planteara cortarse los genitales con sus propias manos. Llegué al final de su diario sin ser capaz de dejar de llorar, sin poder controlar ese latido intenso que hacía que mi corazón quisiera salirse de mi pecho y, al cerrar su contraportada rosa, mi desesperación adoptó la forma de miles de preguntas: ¿Por qué no me lo había contado? ¿Por qué no me di cuenta? ¿Por qué ha preferido pasarlo solo a hacerme cómplice de todo lo que le estaba sucediendo? ¿Soy peor madre de lo que creía? ¡Joder!, ¿cómo no me he dado cuenta de su tristeza?

Me levanté a trompicones de la cama y fui a buscar a mi marido que dormitaba en el sofá, tan ajeno a la realidad como lo era yo hace escasos momentos. Mis palabras salían de mi boca mientras sus dedos pasaban deprisa por las hojas del diario rosa, como si solo necesitase leer palabras sueltas para corroborar lo que yo le decía. Me senté a su lado y aferré su mano para calmar así el temblor de la mía, y el silencio se apoderó del salón hasta que Mario abrió la puerta y su padre balbuceó un «Tenemos que hablar».

Hablaron, yo no dije nada y cuando todo terminó me levanté para abrazar a mi pequeña Ana y hacerle la misma promesa que le hice cuando se llamaba Mario. Todo va a salir bien mi vida, estoy a tu lado.

Damián nos trata a ambas. A mi hija la ayuda a aceptar quién es y a mí a perdonarme por no darme cuenta antes. A ella le da las claves para que el proceso de cambio de sexo sea un éxito, y a mí para controlar mi genio cuando tengo ganas de increpar a quien mira la nuez de mi hija como si fuese un abominable detalle. Ana está con él ahora mismo, con Damián en su consulta, y el pastel de chocolate también la espera junto a mi café que, de tanto darle vueltas, se enfría. La gente pasa distraída frente a mí y les observo, preguntándome cuántos de ellos llevan escondido un monstruo tras su apariencia de normalidad. Me pregunto cuántos de ellos olvidan que el color de la piel no hace diferente los latidos de los corazones, cuántos ven en otras religiones un motivo de desprecio o cuántos ignoran que no todos hemos nacido en el cuerpo correcto.

La puerta del edificio donde Damián tiene la consulta psicológica se abre, y tras él sale mi pequeña Ana acompañada de su maravillosa y enorme sonrisa. Me levanto y con paso firme me dirijo hacia ellos, con la seguridad de que la felicidad de mi hija está muy por encima de los valores que la sociedad nos ha impuesto. Nunca he sido una persona altiva, pero camino sobrada de orgullo cuando mi hija y yo paseamos de la mano con la actitud de quien manda a tomar por culo al mundo que nos mira con desprecio.

Siempre se ha dicho aquello de: Cría cuervos y te sacarán los ojos

Como si los cuervos fuesen los culpables de la educación que han recibido.

 

Visita el perfil de @_vybra