Cosas que olvidar antes de Berlín – @Netbookk

Ricardo García @Netbookk, krakens y sirenas, Perspectivas

“Señoras y señores bienvenidos al vuelo FR0139, con destino Berlín. Les rogamos presten atención a la tripulación que, siguiendo las normas internacionales de aviación civil, les van a dar unos breves consejos de seguridad”.

La voz de la azafata consigue sacarme de mis pensamientos, en los que me había sumido tras subir al avión, dejar mi equipaje y sentarme en el asiento. Siempre me gustó observar la forma tan profesional de “no mirar a nadie” que tienen, mientras interpretan para los pasajeros su función cotidiana.

“Señoras y señores, solicitamos presten atención a las instrucciones de nuestra tripulación. Por favor tengan cuidado al abrir y sacar objetos de los compartimentos superiores ya que pueden caer y dañar a otras personas. Todos los aparatos de control remoto, así como ordenadores, tabletas y teléfonos móviles deben permanecer apagados durante las maniobras de aterrizaje y despegue. Podrán ser usados cuando la tripulación así lo indique. No está permitido fumar a bordo y les advertimos que la manipulación de detectores de humo está prohibida por ley. La señal encendida sobre sus cabezas indica que deben abrochar y ajustar su cinturón de seguridad. Abróchenlo empujando y ábranlo levantando la tapa. Recomendamos mantener su cinturón de seguridad abrochado durante todo el vuelo Este avión tiene ocho salidas de emergencia señaladas por las indicaciones de salida “exit” y franjas luminosas en el suelo. Todas las salidas de emergencia deben permanecer libres de obstáculos durante todo el vuelo”

Mientras miraba a la azafata rubia que tengo dos filas por delante me ha parecido observar que, por un momento, me miraba directamente a mí sonriendo, mientras seguía con su interpretación, sabedora que esa sonrisa pasaría desapercibida para la mayoría del pasaje que nunca atienden…

“En caso de pérdida de presión en la cabina, caerán unas máscaras de oxígeno de los compartimentos situados sobre sus cabezas. Para activar el flujo de aire, gire la máscara, aplíquela sobre su nariz y boca, ajuste la banda y respire normalmente. Aquellos adultos sentados cerca de un niño u otra persona que requiera ayuda, deben colocarse su propia máscara en primer lugar y luego prestar asistencia. A continuación demostraremos el uso del chaleco salvavidas. Páselo sobre la cabeza, estire de las cintas en la parte delantera y ajústelas a la cintura. Para inflar, tire fuertemente de la anilla roja y si requiere mayor inflado, sople por la boquilla. Una luz de localización se activa automáticamente al tocar el agua. No infle el chaleco dentro de la cabina del avión. Su chaleco salvavidas se encuentra ubicado debajo de su asiento. Para mayor información, consulte la ficha de seguridad del avión situada en el bolsillo delante de ustedes, o pregunte a la tripulación de cabina. Gracias por su atención les deseamos un feliz vuelo”

Al recoger el chaleco y el cinturón, la azafata rubia me ha vuelto a sonreír, incluso me ha guiñado un ojo y me ha hecho un gesto con la mano: “espera, luego hablamos” me ha indicado sin palabras… o eso he querido entender. Mientras, el avión ha avanzado y girado para situarse en la pista. El rugido de sus motores acelerando indica que ya vamos a despegar.

Siempre me gustó ese instante mágico en el que un aparato tan pesado se despega de la tierra volando libre como un pájaro gracias al empuje de sus motores. Pienso que al partir así, tan suaves, y gráciles, el viaje se transforma y adquiere otra dimensión. No se trata solo de desplazarse hacia otro lugar, siento que es una forma de escapar de los fantasmas y de los problemas cotidianos que nos acucian. Quiero imaginar que ellos no pueden perseguirnos ni competir con la potencia de los motores de un avión despegando y se quedan resignados en tierra después de intentar alcanzarnos, lejos de nosotros. Dejándonos libres. Aunque en el fondo todos sepamos que, realmente, no es más que un espejismo pasajero. Ellos tienen mucha paciencia y se resignan a dejarnos un tiempo de asueto, tras el cual saben que regresaremos. Y ellos estarán esperándonos.

Miro por la ventanilla viendo como los hombres y sus terrenales problemas se van haciendo cada vez más pequeños conforme alcanzamos altura. Los grandes edificios ahora son casitas de muñecas; las carreteras, minúsculas pistas por donde afanadas hormigas pululan en medio de un caos organizado y de repente, salimos a la inmensidad del mar que brilla, esplendido, agitando sus espumosas olas para despedirnos. Mientras miro al infinito, hago mudo repaso de todos esos problemas, fantasmas e incertidumbres que me han perseguido durante los dos últimos años y me han sentado, por fin, en este avión como recompensa. Realmente tenía muchas cosas que olvidar antes de Berlín.

Primero del trabajo. Situaciones graves, provocadas por la crisis económica que acabaron con la empresa donde trabajé durante veintitantos años y a la que dediqué media vida y tres cuartas partes de mi corazón. El mismo que me gastó una sucia jugarreta dejándome, en un instante, fuera de combate durante más de 9 meses pero que aún así, maltrecho, tuvo que soportar a pesar de todo, la sucia lucha pública por mis derechos en los tribunales y, sobre todo, la más íntima, dolorosa y privada en la casa donde nacieron y se criaron mis tres hijos. El resultado fue que todo lo que hasta entonces había compuesto mi pequeño universo, mi vida, quedó reducido tras el paso del huracán, a escombros. Y no tuve más remedio que empezar de cero en otro lugar. Aunque eso fue lo que menos me importó.

El carrito del café interrumpe mis pensamientos y detrás de él la azafata rubia que me había sonreído antes. Me busca con la mirada y, al localizarme se le ilumina su sonrisa “profesional”. Hay algo que se remueve en mi cerebro, pero no logro saber qué…

  • Disculpe señor. Desea Té, Café, algún refresco…? – me pregunta su compañera.
  • ¿Un café con un poco de leche puede ser? – le contesto.
  • Por supuesto. Aquí tiene – me indica pasándome el vaso con la mini tarrina de crema de leche y una servilleta.
  • ¿Azúcar, Sacarina o asaltamos el Bar directamente? – me dice la misteriosa azafata rubia mientras ríe abiertamente, al llegar a mi altura.

Ha sido escucharle esas palabras y encenderse una luz en el fondo de mi memoria. Hace años, pero… quizá.

Sí. Es ella. Su risa ha destapado, de repente, el frasco de los recuerdos…

 

Febrero de dos mil y algo. Fuertes tormentas azotan toda Alemania y sobre todo Berlín, pero yo tenía que tomar ese avión si quería llegar a tiempo de la inauguración de la Feria más importante de mi sector en todo el mundo. El viento agitó el aparato durante todo el trayecto y, después de haber intentado tomar tierra en Tegel, el capitán anuncia por megafonía que el avión va a efectuar una maniobra de emergencia y se dirige hacia el otro aeropuerto al Sureste de la capital: Schönefeld.

La tormenta arreciaba y a través de las ventanillas no se podía ver nada más que el hielo azotando el fuselaje. Cuando el avión empezó a descender un estúpido pasajero quiso coger su mochila del compartimento superior y una jovencísima azafata rubia fue a impedírselo, pero cuando el avión tocó tierra de una forma un tanto brusca, salió despedida hacia detrás, aterrizando sobre mí. La agarré con fuerza, más que nada para que no se hiciera daño y pude ver el miedo en su rostro. Ella se dejó caer en el asiento de al lado agarrándose a los brazos sin darse cuenta de que me había pillado una mano bajo la suya y estaba apretando fuerte. Tardó unos segundos en darse cuenta, los mismos que necesitó el avión para llegar casi hasta la cabecera de pista frenando con dificultad por culpa del hielo y la nieve que se habían acumulado en el aeropuerto.

Días después me enteré que habíamos sido el último avión en aterrizar en Berlín ese día… y eso que eran las 4 de la tarde. Pasado el susto estuvimos hablando durante las más de tres horas que nos tuvieron retenidos en el avión sin dejarnos bajar, alegando peregrinas razones de seguridad, cuando lo cierto es que estábamos a diez metros de la terminal. Hasta que los pasajeros con ayuda de la tripulación, hartos de la situación, decidimos asaltar el bar y repartir los bocadillos y las bebidas que habían… convirtiendo lo que podría haber sido una pesadilla en una curiosa anécdota. Aun así tuvo que ser una señora alemana, pequeñita y menuda pero con fuerte carácter la que llamando a la policía consiguió que nos dejaran bajar del avión. Los equipajes tardaron tres días en llegar a manos de sus dueños… Ella me había reconocido y me llevó a la parte de atrás del avión donde estuvimos hablando un rato hasta que el comandante indicó que íbamos a tomar tierra y volví a mi asiento.

Al empezar a descender hacia Berlín, me vino a la cabeza otra historia que me pasó allí, en el Café Caras, uno de mis lugares favoritos de la ciudad. A mí me gustan los capuchinos que hacen en el 10 de Neue Schönhauser Str., cerca de los Hackesche Höfe y a cinco minutos andando de Alexanderplatz. Allí entré una tarde de Febrero, tiritando.

 

Como en casi todos las cafeterías y restaurantes de Alemania, este tiene una pequeña barra que da directamente a la calle. Debajo de unas pequeñas repisas de madera que hace las veces de mesa para tomar algo rápido, suelen estar situados los radiadores que calientan el local, así que es un buen sitio si vas con frío. Allí me puse con mi capuchino y mi libreta dejando pasar tranquilamente el tiempo y escribiendo, mientras entraba de nuevo en calor, cuando ella se sentó a mi lado.

Una chica de mi estatura, pelo castaño, escondida detrás de una enorme bufanda tejida a mano y cargando uno de esos bolsos-maleta de supervivencia que parecen ser capaz de contener todo lo necesario para la vida en una isla desierta… y no exagero.

Al sentarse con su café, quité mi mochila del taburete que había vacío entre nosotros y ella dejó allí su enorme bolso. Me miró sonriendo dándome las gracias. Mientras disimulando tomaba otro sorbo de mi capuchino haciendo como que miraba hacia el exterior, pude ver por el rabillo del ojo cómo sacaba del baúl una carpeta y de ella, una hoja de papel azul y un sobre rojo. Cerrándola, se apoyó sobre la repisa le quitó la tapa a un rotulador y se quedó pensativa unos instantes, mirando al infinito.

Como ya era mucho disimular, me puse a escribir el trayecto previsto para el día siguiente, pensando que monumentos quería ver al salir de la Feria. Me apetecía entrar en el Pergamonmuseum, pero en la versión Gratis total. Si estás en la pequeña verja que hay en la entrada, la que da acceso directamente a la inmensa sala del Altar de Pérgamo, media hora antes de la hora de cierre, sin cámaras ni mochilas ni otros objeto sospechosos, esa pequeña puerta se abre y puedes ver gratis el museo durante esa media hora. Y acabé de revisar el recorrido. Entrar por el Altar, a la derecha pasar por la Puerta de Mileto, seguir hasta la Puerta de Ishtar y su calle ceremonial para subir hacia la exposición sobre el mundo árabe con la habitación que se agenciaron (enterita) de la Alhambra de Granada. Una vez arriba, a partir de la hora de cierre, unos amables guardias van invitando a los visitantes a abandonar el museo, pero si te haces el despistado con un poco de suerte puedes ver todas esas maravillas juntas en un breve espacio de tiempo.

Un trago a mi capuchino y otra mirada de reojo, me bastó para comprender que a quien iba destinada la carta le estaba cayendo la del pulpo… Los dientes apretados, la expresión seria y concentrada y la forma de escribir no me decían nada bueno. De repente giró la cara y mirándome fijamente, pero sin verme, decidió que ya le había dicho bastantes lindezas, trazó firme y rápidamente un garabato al pie, dobló la hoja y la metió en el sobre, el cual una vez debidamente rellenado con la dirección correspondiente, desapareció en las profundidades del bolso armario. Hecho esto, satisfecha, le dio un buen trago al café y sonrió al infinito. Yo estaba a punto de reírme en voz alta, pero me contuve. Empecé a pensar que esa mujer no podía ser alemana, tan expresiva y espontánea, cuando me sorprendió llamando mi atención con unos leves toques en el hombro…

—Entschuldigung! (disculpe) – me dijo susurrando en alemán – He visto que, a ambos, nos gusta escribir, y me preguntaba si, por casualidad, conocía usted este libro – y metiendo más de medio brazo en su bolso, sacó un de esos cuentos infantiles de formato apaisado. En la portada un topo con una mierda maloliente en la cabeza, andaba decidido por debajo del título: “El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza”. Y no pude contener la risa. —No se equivoque – me dijo muy seria —aunque parezca un cuento infantil, no lo es en absoluto. ¿Quiere leerlo? – y me ofreció el cuento.

Mientras me entretenía pasando las hojas y leyendo despacio el cuento en alemán, ella apuraba su café y sacando del bolso la bufanda me explicó su teoría:

—No crea que es una fábula infantil. El cuento habla de un animal de una granja donde hay muchos animales, pero que un día se encuentra que alguien ha dejado caer una mierda sobre su cabeza. Muchos de nosotros ni siquiera nos preocuparíamos de saber de quién es esa mierda y andaríamos mucho tiempo con ese problema ajeno sobre nosotros, incluso algunos acabarían haciéndolo suyo pero el señor topo es un tipo decidido que va preguntando por toda la granja y, poco a poco va conociendo como son todos los animales, hasta llegar al dueño de esa mierda que, por casualidad le ha ido a parar a su cabeza. Es un enorme perro y enfrentándose a ese terrible animal, le devuelve su mierda porque sólo él puede hacerse cargo de ella. La moraleja de este sencillo cuento infantil, es que bastante tenemos todos con nuestras propias mierdas, problemas y fantasmas que soportamos a diario, como para hacernos cargo, encima, de las de los demás – me explicó antes de marcharse.

A punto de tomar tierra esa historia, la de la mierda sobre la cabeza del Topo, me reafirma en mi decisión de volver precisamente ahora, justo después de haber devuelto todas esas mierdas ajenas que pesaban sobre mi propia cabeza, a esta ciudad tan querida para mí. Siempre seré un romántico incurable y confieso que me atrae mucho la idea de volver a encontrarme con ella… mi soledad. La que un día se me sentó al lado en el autobús número 100 para dar una vuelta turística, me habló de todo lo que todavía me quedaba por hacer en la vida, prometiéndome antes de bajarse, que nos volveríamos a ver… Necesito volver a recuperar mi vida. Sólo así, cuidándome un poco, podré ofrecer lo mejor de mí a los demás.

Pero la de mi soledad y cómo la conocí, es otra historia… Acabamos de aterrizar y mi amiga azafata se despide en la puerta de una forma muy poco alemana, dándome dos besos, su teléfono en un papel y diciéndome que libra mañana… vaya casualidad.

¿Os había dicho que me encanta Berlín?

 

 

El cuento del Topo:

https://es.slideshare.net/maribelramirezquiroga/el-topoquequeriasaberquiensehabiahechoaquelloensucabeza

 

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