Cosas de niños – @Patryms

Patryms @Patryms, krakens y sirenas, Perspectivas

La acompañé hasta que te vio, pero no pude retenerla. Un único momento ralentizado con demasiada carga, subidas en un avión de papel de trayectoria confusa.

Doce días después, aprendo a recordar instantes para coserme con cada carcajada los dolores. Tantas cosas dije en estos años que ahora, convertirme en la que taconea sin hacer ruido, se me hace a ratos cuesta arriba, a ratos caída en picado. Ando poniendo distancia para colocar en su sitio la lección; algo parecido a madrugar mucho para proporcionarle tiempo a las intensas sensaciones de la vida.

Dile que me perdone. En mis tiempos contigo no había nubes y cuando llegó la tormenta me enfadé, ¿sabes? Me enfadé tanto al principio… A veces no podía mirarla sin ver al fondo a ese monstruo de manto negro que intentaba cubrirla y me sonreía malvado mientras le hacía remolinos en el pelo.  Y me convencí de que debía dejar vencer al monstruo asegurando que la había perdido una de las dos veces que iba a hacerlo.

Pero ya la conoces, no sé de qué pasta estaba hecha que entre tanto telón bajando, hizo que no importase si apagaban o no las luces.

Sin dramas y apenas aspavientos, entre besos, coplas y maneras de sonreír, conseguía sacudirse y sacarnos de cada cataclismo revoloteando a los cinco minutos del mordisco. En sus ojos claros, en su piel de porcelana,  se perdían cada “ya no está”, “ya no es ella”, “llórala después” y todos los cantos de sirena que dejé que me susurrase el monstruo.

Ha habido días de mar revuelta en nuestra playa estival, sombrillas sujetas a base de chasquidos en miniatura y momentos de silencio con el viento a favor. Un poco de todo, en un tiempo en el que el mucho ha superado al poco y hemos conseguido reírnos de los extraordinarios estropicios de algún momento que daba igual lo que dijese el calendario pues parecía lunes.

Las nuevas tecnologías, esas que tú mirarías de reojo, guardan gigas y gigas de momentos en los que aprendimos a querernos más y mejor siendo los mismos. Se reinventó sin perderse del todo y nos mantuvo agarrados a su falda como si la alquimia no le afectase, sino que fuese ella la que elaborase la fórmula de la metamorfosis sin rotura de huesos.

Disculpa; se me atranca la idea de hablarte como una adulta. Nuestros cafés fueron muchos por compartir mesa y demasiados por robarle sorbos a tu vaso. Me pierdo recordándote meciendo la cuna de la que me negaba a bajarme, y  ahora que andamos cada uno en un sitio, me descoloco mezclando pasado, presente, dicho y sentido en el mismo segundo… Brújulas sin flechas, relojes sin pilas y demás cosas de niños.

Imagino que al llegar la habrás cogido en brazos y levantado del suelo para besarla. Tú y tu costumbre de gigante casado con una mujer menuda y guerrera. Y que al tocar el suelo habrá dicho “niño: tenemos que…”, con su hacer de señorita firme.

La mamaíta fue a buscarte, Abuelo. Y ya está. Ahora te llenará de macetas el balcón mientras tú nos ves ir y venir apoyado en la baranda. Aquí, seguimos todos… y los que llegan. Y estamos bien.

No hemos salido del agua sin picaduras de medusa, pero saltamos la ola.

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