Contigo el adiós no existe – @PoetaImpostor

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Que no hay nada más bonito que conservar siempre intacto un recuerdo sin nombres, ni fechas, tan sólo rostros y lugares y emociones. Que permanezca en el corazón y nos rejuvenezca cada vez que aborden las ganas de echar de menos. Que conservar un rostro en el subconsciente sea más valioso que el último día de lo que pudo haber durado «toda la vida» Es aquí donde entra mi necesidad por escribirte, ¿por qué?… porque siento que no tuve la oportunidad de decirlo todo, aunque claro, jamás llegaré a decirte «todo» porque eso implicaría vivir una vida a tu lado.
Una taza de café al lado de la Olivetti y en el fondo algo de aquél grupo indie en español con las canciones que tú decías iban a hacerme mal pero que se han quedado a hacerme compañía y de algún modo absurdo alivian un poco el (re)sentimiento del corazón.

Tal vez no recuerdes cuántas veces te pedí un momento de calma, de bajar algunos decibeles y elegirme. Quizás lo hagas, te dé igual y estas líneas sean tan sólo una página más apilada en el correo no deseado. Tal vez no recuerdes las veces que me encerré en una burbuja donde sólo cabíamos mis miedos, tú y yo, los poemas escritos y las noches en vela. A este punto penoso y desagradable ya ni siquiera estoy seguro de si aún recuerdas algo de lo que fuimos. Porque para mí: tú eres la número uno y ni siquiera hay número dos.

Tan pronto como mis manos abandonan la Olivetti puedo sentir cómo se me encoge el corazón; es un sentimiento de vacío que detiene el andar de los segundos en el «tic toc»  del reloj, aunque, ¿realmente ha pasado el tiempo? Si lo único que hago es leer y re-leer el último mensaje.

8:02 a.m.
Fue ayer…
Quizás por fin va funcionando mi intento de salir un rato al parque y pensar que yo también soy parte de esa gente que transita, se conoce y enamora de personas que nunca más volverán a ver, mi tiempo transcurre… muy lentamente, o quizás todo esto es una pesadilla de esas que nos despertaba a media noche y nosotros corríamos a contarnos en busca de refugio y amor, ¿recuerdas? (yo aún lo hago).

Tal vez no recuerdes las canciones que nos dediqué porque había un poco de nosotros en ellas — de ellas en nosotros. Los versos y poemas, los mensajes y las fotos. Puede que ni siquiera seas la niña que conocí hace algunos meses (nueve) o la mujer que siempre me impulsó a ser mejor para tener un lugar digno y a la altura de lo que mereces; un alma que te sostenga aunque no haya puntos firmes de dónde agarrarse incluso conmigo sostenido de poco y nada. Tal vez… la paradoja.

Entre tantos post-it que caso contrario desordenan más mis ideas, sé que escribirte me salva de olvidarte. Tampoco es que desee retenerte para siempre; tan sólo el tiempo justo para que un día soltarte no signifique arrancarme las visceras.

que 
puedo 
ser 
un 
maldito 
inestable 
pero siempre te he querido ver feliz.  

Tú corrías y yo caminaba, tú buscabas novedad y a mí me bastaba con aprender de lo nuevo que traías. Me hice dependiente y durante un tiempo funcionó; cuando las dos personas cambian se terminan por desconocer, pero no importa cuánto haya querido que las cosas volvieran a ese m(tr)ágico mes de mayo. Tú ya no sentías lo mismo. Sé que he escrito mucho y es que mi deseo por tener una explicación de todo se convierte lentamente en una obsesión. Puede que ni siquiera me decida a realizar todo el proceso de enviar una carta hasta tu casa a donde un día mandé flores con nombre y dedicatoria.

Tal vez esté cometiendo el error más grande desde que nos conocimos al querer cerrar un ciclo, al querer olvidarte, al tratar de convencer a mis sueños que no vas a figurar más. Tal vez se me haga un nudo en la garganta que no podré desatar cuando intente explicar a mis horas que no habrá necesidad de darnos prisa por llegar a casa.

“Quizás algún día la vida sí me sonría y nos crucemos”. Tu forma de soltar ha sido un poco cruel pero en el fondo lo acepto. Quizás algún día nos encontremos en la misma vereda y seamos capaces de mirarnos sin cruzar para huir del otro. Puede que hasta un día vengas y me cuentes el momento exacto en que todo pasó. Hasta entonces cierro los ojos, suspiro y me intento convencer; contigo el adiós no existe.

Es probable que me encierre algún tiempo para no sucumbir a la necesidad de invocar tu sonrisa. A este punto donde la lluvia me acaricia el pelo con ojos de madre piadosa, me siento inseguro de todo.
¿Es que mi idea de cuidarte como si te fueras a romper falló y he sido yo el que rompió lo nuestro?

 

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