Contigo el adiós no existe – @DonCorleoneLaws

DonCorleoneLaws @DonCorleoneLaws, krakens y sirenas, Perspectivas

Sé que hoy habrá mucha gente que no nos entenderá ni a ti ni a mí, pero la verdad es que estoy más que acostumbrado. Son tiempos en los que los cuerpos están maquillados por fuera y podridos por dentro; tiempos en los que vence el descreimiento y, nuestra relación, es pura cosa de fe: de creer sin haber visto. No obstante, mi tranquilidad es que, pese a todo, hemos sobrevivido a horrendos tiempos pasados, y cada vez que regresas adivino en los ojos brillantes de los niños que será más que complicado acabar con algo tan puro, hermoso e inofensivo como lo nuestro.

Sé también que me creerás cuando te digo que echo de menos tu aroma: ese olor que te hace tan especial y tan única. Esa mezcla perfectamente medida entre el azahar de los naranjos en flor, el azúcar recién quemado sobre las almendras garrapiñadas, las perlas de resina de incienso acompañadas de vainilla, clavo y limón, el algodón recién planchado por el vapor de las tintorerías, la virginidad de la cera pura de abeja derretida por el calor del fuego, las rosas recién abiertas por el primer sol enmelado del año, y el más poderoso de todos los olores: esa fragancia a madera vieja cargada de siglos, de rezos, de besos y de confidencias que heredamos unos de otros en tus imágenes sin tener mayor propiedad de ellas que la del sentimiento aprendido desde pequeños.

Desde la cuna me enseñaron a quererte, a estudiarte, a compartirte, a explicarte, a intuirte, a defenderte, a sufrirte, a aceptarte, a pregonarte, a buscarte y a hacerte tan mía como el pulso de mi carótida. Tanto es así que yo, sin ti, no sería yo. No me entendería sin tus cosas, sin tu presencia, sin las ganas de verte y sin el poso de consuelo que dejas en mí cuando te marchas. Soy como un faro que te aguarda siempre en tierra indicándote la posición para que, cuando regreses, no te pierdas ni te alejes de mí.

Te intuyo en el cambio de luz que se anticipa a la primavera; en el ajetreo de las noches de Cuaresma alrededor de una limpieza de enseres, un montaje de pasos o una recogida de túnicas; en las eternas colas para recoger palcos y papeletas de sitio; en los escaparates llenos de carteles que anuncian tu llegada; en la gastronomía de cafeterías y restaurantes; en el engalanamiento de las calles para las fechas señaladas; en esas hebras de humo que se escapan de los pabilos recién apagados en un altar tras la celebración de cultos; en los nerviosos paseos buscando obstáculos por la calle que impidan tu adecuado lucimiento; en los vuelos bajos de los vencejos que buscan abrigo bajo las cornisas mientras anochece… Eres tan hermosa y tan predecible…

Estás compuesta de un sinfín de pequeños detalles que te hacen muy grande y que pasan totalmente desapercibidos para quien no te entiende, pero justo para eso estamos los que te admiramos: para intentar que te comprendan como eres, con lo que significas y con lo que le aportas a nuestra tierra, una tierra donde las raíces son tanto o más importantes que la belleza de la copa.

Nadie sabe que, cuando te estoy disfrutando, también lo están haciendo conmigo todos aquellos que ya fueron tuyos y te quisieron, pero que ahora no están. Anidan en mis pensamientos cuando escucho una marcha lenta observando cómo se aleja de mí —caminando despacito — el inigualable garbo de un paso de palio. Están presentes en mis retinas fijadas en las jambas abiertas de un portón del que ha de salir un valiente misterio dando cambios de paso. Me acompañan en el respeto con el que asisto al tránsito de un cortejo de silentes nazarenos por la callecita estrecha que aguarda a un crucificado. Ellos —los que ya no están — me educaron para amarte, y sus enseñanzas antiguas basadas en la tradición de los siglos siguen tan intactas en mí como para transmitírselas a las generaciones venideras.

A veces te sueño ¿sabes? Me parece escuchar el bisbiseo de la brisa jugando a crepitar con los cirios de una candelería encendida; adivino sones nocturnos de cornetas en la lejanía del extrarradio de la ciudad intentando ponerle banda sonora a tu presencia; me traslado a giros imposibles de pasos grandes en esquinas muy complicadas; me veo sacando el programa de mano del bolsillo trasero del pantalón —como cuando era un chaval — y planificando cual será la siguiente cofradía que iré a ver cuando se termine de marchar la que aún está pasando. Te sueño, cariño. Te sueño como si estuvieras aquí a mi lado y no hubiera pasado el tiempo desde la última vez que nos cogimos de la mano.

Aún estamos en días de máscaras, de papelillos y de carnaval, pero este año el calendario nos ha recortado la espera, y nos ha regalado tu vuelta un poquito antes de que se desnude la sierra de blancura para que así resplandezca con su inmaculada presencia bajo el influjo de la oronda luna de Nissan.

No imaginas cuánto me he acordado de ti y qué ganas tengo de volver a verte. Soy un platónico enamorado más que siempre espera que regreses a su lado. Lo haré hasta el día en el que se me cierren cansados los ojos de tanto haberte disfrutado, mi querida Semana Santa. Aún vivo preso del último “hasta luego” que nos dijimos, porque como bien sabes, contigo el adiós no existe…

 

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