Contar hasta diez antes de estallar – @candid_albicans

Candid_Albicans @candid_albicans, krakens y sirenas, Perspectivas Deja un comentario

Calculamos nuestras intenciones, calibrando el instinto,
Dejando a un lado nuestras emociones mas débiles,
Acumulando el odio, explosiones, así denominamos nuestros sentimientos

“Hermanos del mal”

Sicario

 

Siempre llevo algo de música encima. Por si necesito relajarme, imaginarme otra vida, viajar a otros mundos o simplemente cantar. No hace falta que ésta sea muy variada. A veces la misma canción puede obrar diferentes milagros, dependiendo de lo que sienta o necesite exteriorizar en ese momento.

Y es que no soy precisamente una persona dada a las demostraciones de afecto o de aversión, ni de tristeza o de felicidad ni de ninguna emoción en general. Todos los sentimientos se van acumulando en algún lugar del laberinto que es mi cabeza y en la bomba de relojería que es mi corazón, o al revés. Y claro, llega un momento en el que ya no se puede albergar nada más y toca vaciarse. Guardárselo todo no es bueno, dicen. Lo del celibato emocional no es algo que yo practique voluntariamente. No. Es simplemente que no me sale. Y no es que carezca de emociones, en absoluto. Más bien es todo lo contrario. Siento lo mismo que vosotros, e incluso me atrevo a decir que algunas cosas con más intensidad.

Hay ciertas emociones que sin embargo, cuando se acumulan, me dominan; que no son como las otras, las que permanecen aletargadas esperando a que yo les dé permiso para manifestarse. La ira y la rabia son como dos fieras que a veces no caben en mí, que parece que no tuviera cuerpo suficiente para acogerlas, y muchas veces ante un ataque recibido se erizan, se vuelven salvajes. Y siento que la lengua me arde, que toda yo me quemo por dentro, que tengo que vaciarme porque si no me devoran las entrañas y acabo estallando. La mayoría de las veces lo evito. Respiro hondo, cuento hasta diez, me pongo una canción. Un chute de mi heroína particular. Bendita droga la música. Otras veces no quiero evitarlo, sencillamente necesito vaciarme, y lo hago derramando toda la rabia en forma de lágrimas, y permitiendo que las palabras que casi nunca me atrevo a pronunciar se precipiten en caída libre. Golpeando, apuñalando, hiriendo. Matando. Matándome.

Esta noche no conté hasta diez porque no me dio tiempo. Y porque no me dio la gana, todo hay que decirlo. Ha sido uno de esos momentos en los que mi parte más salvaje toma las riendas de mi voluntad y yo me dejo llevar. No sucede muy a menudo, menos mal. Porque ya sabeis, soy muy de contenerme. Pero cuando tu cabeza es una bomba de relojería y alguien juega con el cable que no es, explotas llevándotelo todo por delante. El payaso que tengo a mis pies retorciéndose de dolor con la camiseta empapada en sangre no lo sabía. El pobre se ha creído con derecho a empujarme contra la pared para meterme mano por debajo de la camiseta porque yo estaba sola, tan tranquila bebiendo mi tercio y fumando un último cigarro aquí fuera. Y claro, ni puta idea de lo que se le venía encima. Le sonrío fríamente, me devuelve la sonrisa y hago blanco. El botellín se incrusta en su boca llevándose por delante tres o cuatro dientes y rompiéndole el labio provocando una hemorragia. No le debí de atizar con suficiente fuerza porque no se rompió, así que lo vuelvo a intentar golpeándolo una vez más. Esta vez la botella se rompe contra el pómulo, cortándole la cara. Se cae al suelo medio inconsciente, gimiendo de dolor. Aparto suavemente el mechón de cabello que cae sobre mi cara, para poder observar al gilipollas ese. Qué imagen más patética. Suspiro. Me dirijo a tirar lo que queda del vidrio en la papelera de la esquina y escupo al pasar por su lado. Me ajusto los auriculares. Es hora de relajarse. Enciendo otro cigarro mientras me alejo tranquilamente. Suena Sicario.

 

Visita el perfil de @candid_albicans

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.