Contagio – @tearsinrain_

Tearsinrain @tearsinrain_, krakens y sirenas, Perspectivas

Y ahí está, sentada en el borde del precipicio mirando hacia abajo, tirando pequeñas piedras y observando como caen hasta perderse en el abismo. Sin miedo al peligro o sin conciencia de él. Las piernas delgadas, cruzadas sobre el vacío, meciéndose ligeramente hacia adelante y hacia atrás. Cuando el viento ondulante viene de cara, oigo fragmentos de la canción que tararea, aquella que de no ser por ella ya habría sido olvidada: “Ya no sale más el Sol, pequeña Luna Blanca, ahora eres tú sola, la que todo lo encanta.” Precisamente es gracias a la Luna, que esa noche brilla como si compensara la falta de luz de los días, que he podido encontrarla después de buscarla por todos los rincones donde suele esconderse. Al final, he venido al precipicio esperando que no estuviera allí, pero allí está. Yo tengo un vértigo atroz, ella no tiene ninguno. No quiero asustarla acercándome sin hacer ruido ni hacer demasiado ruido para no asustarla, siempre creo que toda opción es mala y pensar que puede caer y que la perderé para siempre me aterra más que la altura infinita del lugar donde ella se sienta, como si fuera un banco cerca de un lago con patos. Ella no ha visto nunca un pato. Decido que lo mejor es ir hacia allí con normalidad, pero solamente me atrevo a quedarme unos metros por detrás, la simple imaginación del vacío me da pánico. Suavemente la llamo, pero el viento me traiciona y mis palabras se van en dirección contraria. No es una niña especialmente bonita, pienso. Es demasiado larguirucha, como si la hubieran estirado mientras dormía sin guardar las proporciones. Su pelo de color opaco cae desordenadamente hacia todos lados. Tiene la nariz pequeña y las orejas demasiado puntiagudas, la barbilla muy prominente y una frente ancha que empequeñece sus ojos de color indefinido. No es especialmente bonita, pero no hace falta. Es ella.

– Náyade –digo su nombre cuando el viento cambia.

La niña tarda unos instantes en girarse. Cuando lo hace sonríe mostrando la brecha entre sus dientes. La Luna empalidece su piel ya de por sí pálida, le da sombras de bruja buena a sus facciones. Podría decir, y no sería del todo desacertado, que es un ángel enviado en tiempos oscuros, pero no es así. No. Podría decir que ella alegra mi corazón y que es la razón de seguir viviendo en este mundo, y en cierta manera me acercaría a la verdad, pero tampoco es así.

– No deberías estar aquí –le digo–, es peligroso.

Náyade vuelve a mirar al abismo que tiene bajo sus pies descalzos.

– Podríamos hacer una caña de pescar con un hilo infinito –hace ella–, poner en el anzuelo alguna de las chucherías que nos quedan, y ver qué pasa. Incluso podríamos poner una boya a medio camino y así la veríamos flotar entre las sombras.

Haciendo acopio de todo mi valor, doy unos pasos más, quedando a un par de metros de ella. El aire que sube desde ese pozo infinito me hace temblar y me pone la piel de gallina.

– Lo más seguro es que el pescador se convirtiera en pescado –le digo.

– No sé –hace ella–. A veces pienso que debe de quedar algo ahí abajo, algo que espera tener dónde agarrarse para poder escapar, como hice yo.

– ¿Tú?

– Sí. Yo estaba entre ellas cuando me encontrasteis.

Ya vuelve a hacerlo, vuelve a hablar en plural. Me doy cuenta que todas las veces que habla en singular lo hace para evitar mis correcciones, en realidad, para ella misma, debe de hablar en plural. Es una especie de sistema de defensa, imagino.

– Deberíamos volver. Es tarde y pronto empezará el frío.

– Ya nunca hace frío –suelta la niña.

Se levanta y antes de venir tira una última piedra que, como todas las demás, es devorada por las sombras. Ella se queda unos segundos mirando, luego levanta la cabeza hacia la Luna que parece gigante esta noche y sé que le pide alguna cosa, un deseo, un milagro, algo. Es difícil creer que quede alguien como ella todavía. Pero por eso tiene tanto valor para mí. Volviendo de camino a lo que llamamos casa, me coge la mano. Siempre la tiene cálida, no caliente, sino cálida, a una temperatura que reconforta. Sonrío y ella me mira.

– Hoy podríamos cambiar de cuento antes de ir a dormir.

– ¿Cuál quieres?

– Quiero que me cuentes otra vez lo del contagio.

Suspiro sonoramente para que vea que no acaba de gustarme la idea. Ella lo llama contagio. Tiene miles de nombres posibles, pero ella lo llama así. La miro. Me gustaría que algo, dentro de mí, se rompiera por no poder quererla como seguramente ella quiere que la quieran. Supongo que por esa razón no es mi ángel ni mi motivo para seguir. Y ella lo nota. Leí en alguna parte que los niños tienen un don especial para eso, detectan la empatía o la falta de ella al instante. Con Hugo eso no pasa, y en parte, esto, me provoca cierto rechazo.

– ¡Hugo!

Al verle, la niña me suelta la mano y corre hacia él. Hugo está en la puerta con leña que deja en el suelo para abrazar a la niña y besarle la frente. Me detengo observando la escena. Hugo le pregunta a Náyade si está lista para cenar y ella, contenta, responde que sí. Y entonces es cuando entiendo lo que pasa. Y entenderlo es como una punzada en el corazón. Hugo hace pasar la niña dentro de la cabaña y me mira.

– ¿Qué te ocurre, Maya? –me pregunta.

Se acerca hacia mí con su cuerpo de leñador desentrenado, su musculatura desproporcionada que le hace raro. Tiene la cabeza pequeña y los ojos grandes, la barba esconde unos dientes perfectos, en la parte superior, pero imperfectos en la mandíbula inferior. La frente con entradas y arrugada, le hacen más viejo de lo que debe ser. A medida que reduce la distancia le veo más extraño y crece en mí el desasosiego de lo que he descubierto, de lo que he entendido.

– No te acerques –le pido.

– Pero…

– No puedo quererla, Hugo. No puedo. Desde que la encontré he… he intentado… pero no. No sé cómo explicarlo.

Entonces Hugo se detiene y mira hacia atrás. Desde la ventana Náyade nos mira y una lágrima cae por su mejilla blanquecina. Hugo se vuelve hacia mí, su cara expresa una desesperación creciente, pero ya no me afecta.

– No, Maya. Te necesito. Tú no, por favor.

Pero ya es tarde. El dolor en los ojos de él y la pena en los de ella ya no significan nada. Me giro y camino hacia el precipicio. Oigo los gritos de Hugo que, sin embargo, no intenta detenerme porque es desgarbado pero no idiota, lo entiende. Me he contagiado. Noto a Náyade, la niña que tendría que haberme salvado de esto, la última esperanza que nos quedaba, saliendo de la puerta y llorando. Mi vértigo ha desaparecido, ya no tengo miedo. De hecho, veo que no ha sido de repente, ha sido todo progresivo. Primero murió mi deseo por Hugo, murió mi capacidad para sentir algo por él, dejé de quererle poco a poco pero no como quien deja de estar enamorado, como quien se cansa de su pareja. No sé explicarlo. Y la prueba evidente de que algo sucedía es que cuando encontramos a Náyade me volqué en ella, y empecé a quererla, estoy convencida, pero no continué.

Al borde del abismo doy media vuelta. Hugo está a unos metros de mí y detrás está la niña.

– Náyade –digo.

Pero su nombre mágico de hada no produce ningún efecto. He perdido la capacidad de sentir, de amar y de soñar, contagiada por la enfermedad que ha destruido el mundo. Me he vuelto sombra. Me dispongo a dejarme caer pero antes tengo tiempo de oír lo que ella me dice:

– Construiré una caña de pescar. Busca mi cebo.

La Luna se va haciendo pequeña a medida que mi cuerpo cae, hasta desaparecer.

 

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