Con camisa de fuerza – @Mous_Tache

Mous_Tache @Mous_Tache, krakens y sirenas, Perspectivas

Desde mi corta experiencia en la vida creo que las locuras en España se cometen o bien por amor o por el tan castizo y manido «No hay huevos». Esa frase lapidaria, potente, retadora, con mucha más potencia que el «Gallina» de Marty McFly en las películas de regreso al futuro. Dónde va a parar.

Y, a ver, huevos siempre hay y a todos esos casos en los que no acabas con los huevos partidos (pero casi) son los que llamamos locuras.

Por amor hice muchas, como tras una discusión de las de verdad con mi chica de entonces, y digo de las de verdad porque discutíamos por teléfono y en aquel entonces no disponías de una carita sonriente con besito de corazón para arreglar las cosas, decidí sorprenderla para reconciliarme con ella.

Juntar diez mil pesetas, viajar a Sevilla y aparecer en el colegio de monjas del Aljarafe fue todo uno. A las bravas.

La cara de desaprobación de la monja al preguntar por una de sus internas a las diez de la noche os la podéis imaginar. Gracias a mis dotes de toreo dialéctico y a una sonrisa de oreja a oreja conseguí sonsacarle que estaba en una fiesta de un colegio mayor de esos de los pijos de Sevilla que después se visten de tunos y cantando canciones y dando volteretas con panderetas se las acaban ligando.

Alarmas en modo ON, búscate la vida para bajar a Sevilla desde el Aljarafe, ubica la fiesta al lado de la Maestranza e intenta localizarla entre una marea humana de niños engominados con patillas y mucho arte en el cuerpo. El tiempo corre en contra. Piensa, Moustache, piensa…

Tras un horroroso y a destiempo scratch del discjokey lo vi claro. Era esa la señal divina del cielo que había estado esperando. Una vez más había que torear. Convencí a aquel astro del intercambio de discos para parar la música y micrófono en mano preguntar por ella. Reconozco que hubo un momento de pánico, podía no estar en la fiesta, podía haber sido conquistada ya, podían ser muchos podías…

Pero no, ahí estaba ella, preciosa como nunca la había visto antes, avanzando hacia mí entre risas de unos y vítores de otros y ese beso al lado del Guadalquivir con la Luna reflejada en el agua, ese beso…

Por huevos también las hice, claro está.

Quizás Eduardo y yo debimos prestar más atención a la clase teórica de lo que eran las curvas de nivel en el terreno y que cuando estas se juntan en un plano quiere decir que el desnivel es pronunciado. En este caso, demasiado pronunciado.

Hambrientos y como alternativa dar un rodeo de varias horas a aquella montaña perdida en algún sitio entre La Bañeza y Astorga no era una opción.

Sí, os lo podéis imaginar y al grito unísono del no hay huevos nos encontramos bajando por una pared infinita casi vertical de trozos de pizarra suelta con dos motos.

Primera, pie izquierdo a tierra, medio embrague y encomendando nuestras almas a ese Dios en el que no creo, por si las moscas.

Vi el filo de la guadaña, la luz al final del tunel, la reencarnación en todos los bichos de la faz de la tierra, los escalones de la entrada al averno…

Una eternidad después, acabamos empotrados literalmente contra un corral lleno de gallinas de una de las casas de un pequeño pueblo que había al final de aquella bajada.

Lo de llevarnos la gallina aún no sé si fue por el hambre que teníamos o de puro nerviosismo. He de decir que al final de esta historia ningún animal de los relatados en ella sufrió ningún tipo de daño…

Me vienen a la cabeza mil historias más de esas que salieron bien a las que puedo llamar locuras, pero esas las dejo para contar a mis nietos como un buen abuelo cebolleta que se precie.

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