Como de costumbre – @dtrejoz

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Tiene un olvido llenito de preguntas, de los que no se rinden, y una promesa de “estar contigo hasta el final” que terminó por cumplirse demasiado pronto, mucho antes de lo que le habría gustado. Tantos “parasiempres” que no le caben en las manos, tantos “ayeres” en el recuerdo, tanta indiferencia ya no es vida, tanta distancia, tanta apatía hasta parece olvido. Al fondo de la estancia, desde el viejo tocadiscos se escucha una canción, el pequeño Schnauzer lo acompaña a escucharla, jamás se le despega ni un instante, le hace todas las gracias posibles para captar su atención, pero él prefiere ignorarlo hasta que se duerme, mientras  la voz hiriente y cruda parece beber del rocío de las ventanas, la canción del tocadiscos se repite y nadie escucha, esa que parece llenar de frío sus desvelos, esa canción que nadie entiende.

«…volverá a latir la primavera, no es un cuento, pero inicia: había una vez. A veces, una vez, es mucha espera, cuando hay distancias que se quedan a dormir. Se empieza a morir estando vivo…»

Los días se repiten con un parecido asombroso. A las cinco con cincuenta de la mañana se activa la máquina de hacer café y con ella la rutina se dispara. Mientras el chorrito de líquido negro va llenando el envase de vidrio, toda la cocina se impregna del aroma característico de esa bebida matutina, tan necesaria para activar los cerebritos de las personas, bendita cafeína, qué haríamos sin ella.

Son las seis en punto. El sonido peculiar y alborotador de un viejo reloj despertador, hace que la mujer gire rápidamente desde su sueño hacia la mesita de noche que está en su lado de la cama, para apagar aquel escándalo, él entonces le cuestiona la razón del por qué nunca ponen el despertador en la mesita que está a su lado, para que así él pueda apagarla de vez en cuando… ella le responde con un: «Hoy es el día, Allen»,  pero evade la pregunta inicial.

Luego ella se va al baño, siempre ella se baña primero, porque tiempo atrás convinieron en eso, porque las mujeres duran más en alistarse y eso no se discute, él observa mientras tanto la mesita de lectura, donde reposa la lámpara y el reloj despertador, ve la foto de la boda, un libro de auto-ayuda, una entrada para el cine…

— ¡Qué bella te ves en ésta foto! Le grita desde la habitación mientras ella se ducha, ella no alcanza a oír, o quizás sonríe, o quizás lo ignora, quién sabe.

A veces se siente ignorado, sí, desde hace un tiempo nada es igual, pero él evita hacer preguntas que pongan más tensa la relación, piensa que quizás ella necesita tiempo, y que dándole un poco de espacio la situación va a mejorar.

Son las seis y treinta. Mientras ella se seca el cabello frente al espejo la ve llorar, finge que no la ha visto y sale de la habitación, cuando va hacia la cocina la escucha maldecir… se detiene para minimizar el ruido propio de los pasos, pero lo único que escucha es un susurro que se ahoga en un lamento, un — ¿por qué lo hiciste, por qué? Es un porqué que no define, aunque asume que lo dice por él o por el perro (son los únicos que pueden escucharla) hay cosas que es mejor olvidar. Se ve que aún le duele.

«… para recordar basta un olvido, quién me iba a decir, que ya estabas inventándome un final…hay finales que comienzan: había una vez…»

(Afuera se escucha un periódico al caer, el Schnauzer para sus orejas y ensaya un bostezo que amenaza con tragarse lo que le queda de sueño a la mañana)

Afuera el amanecer también termina de caerse sobre los tejados, hay una llovizna lenta y fría, de las que calan hasta los huesos, la nostalgia es mayor desde ese aspecto, todo parece doler ésta mañana, la tristeza se acrecienta cuando el sol amanece empapado en lluvia, pero hay que vivir, es lo que queda.

El pequeño Nicola Toscani recoge el periódico y lo trae a la cocina, ese perro es el único que no lo ignora, lo sigue a todas partes, mueve la cola de un lado al otro cada vez que lo escucha o lo huele, le ladra invitándolo a jugar, pero él nunca ha sido de jugar con animales, así que el perrito termina por aburrirse y se deja caer patas arriba por toda la alfombra, a la espera de que ella recoja el periódico y lo premie de paso con una ración de croquetas.

De regreso a la cocina, al fin se sientan a la mesa. Ella recoge el periódico del piso y se sirve un café, con dos de crema y tres de azúcar, apenas lo mueve.

—Deberías ponerle sólo dos de azúcar y moverlo más, le aconseja él, con un tono de cierta cautela, como cuando uno le habla a una mujer sabiendo que está molesta. Ella por un momento observa hacia el extremo de la mesa donde él está sentado, y casi sin pestañear deja escapar una sonrisa, luego suspira hondo y traga un sorbo de café, medita, cierra los ojos y dice:

—Tú y tus dos cucharadas de azúcar, Allen Guerrero, siempre tú con eso. Luego abre el periódico y revisa de reojo el crucigrama.

Una llamada telefónica interrumpe el desayuno y el silencio que ya empezaba a ponerse incómodo,       -sin querer-  alcanza a escuchar el final de la conversación, escucha claramente cuando ella dice que hoy no va a trabajar, que hoy se va a tomar el día…y luego, casi susurrando: hoy lo voy a ver.

Es peor de lo que pensaba. Podría ser que ya ella ama a otro hombre, -y si es así-  él tiene mucha culpa de eso. No ha vuelto a dedicarle tiempo a esa mujer, ya no la llena de detalles, dejó de escribirle mensajitos en el espejo de la coqueta con el labial, ya no la consuela cuando llora, ya no le lleva flores, ya no caminan por las tardes…ya no la abraza. Ella recoge el bolso color celeste-cielo del sofá, se coloca una bufanda estampada de flores de tonos pastel  y abre la sombrilla para protegerse de la garúa, se dirige al norte, por la calle de la floristería. Él la sigue a una distancia prudente, sin llamar demasiado la atención, escondiéndose en cada relieve de las fachadas del centro, mirando en las vitrinas, simulando estar buscando algún encargo entre los tramos callejeros. El perro lo sigue como siempre lo hace, y él se siente delatado… ¡maldito perro! exclama mordiéndose los labios, para no ser oído por las personas de al lado.  La mujer dobla en la esquina del “bule”, corta camino entre el centro comercial y la lavandería, se dirige a la intersección de la circunvalación, va de prisa y no se da cuenta que el Schnauzer viene tras sus pasos.

«…una historia así no sabe de fronteras, ni de pecados que se queden sin perdón, quiero un camino así pa´ llenarlo con mis huellas, sé de lluvias que vienen del corazón…»

Por un momento la pierde de vista, se deja ir en un recuerdo… Fue una bella tarde de verano, habían salido a caminar por esa calle, pero a diferencia de hoy, se detuvieron en el parque, un helado de fresa y otro de vainilla con almendras, caminata por la fuente, recostados en el césped buscando formas en las nubes, como si no hubiera nadie más alrededor, como si el cielo estuviera ahí sólo para ellos, como si la vida fuera eterna mientras no se soltaran de las manos…luego, unas calles más adelante, recuerda haber corrido tras el perro, lo rescató de ser atropellado, pero total, ese perro nunca le ha importado, lo ha tolerado porque es la mascota de ella, de lo contrario jamás lo habría aceptado.

Cuando vuelve a divisarla hay alguien que la acompaña, alguien que la abraza fuerte, alguien que casi la lleva alzada, es un amigo de la infancia, le da unas flores…ese maldito. Todo el panorama cambia, se siente engañado, el bonito recuerdo que conservaba de aquella calle se ha empañado. Sabe que es el momento de encararlos y terminar con todo, apura el paso, ellos se detienen en el pequeño monumento junto a la acera, los alcanza justo cuando se toman de las manos y los observa con un gesto de dolor, de reproche, de quien recibe una bofetada de la gente que no había esperado.

Entonces todo tuvo sentido.

Recordó que hace mucho las cosas no marchan bien, la rutina se ha vuelto parte de sus vidas, la indiferencia con la que ella lo mira, el hastío, la soledad de aquella casa, lo poco que se ven, lo poco que se hablan, lo poco que se escuchan, lo poco de todo lo que queda, tanta lejanía, tanta ausencia, un mundo de distancia entre sus almas. Entonces llegan su madre y sus hermanos, algunos amigos muy cercanos, todo es muy confuso, hasta que su esposa habla:

—Agradezco que hayan venido a acompañarme nuevamente, hoy somos menos que hace tres años, cuando nos reunimos por primera vez a recordar a nuestro Esposo, a nuestro hijo, a nuestro amigo, a nuestro hermano, pero somos los que estamos. Estamos aquí extrañándolo, como cada día desde que nos fue arrebatado, hoy está en el cielo esperando el momento para reencontrarnos, seguro nos vigila desde arriba, seguro que vigila nuestros pasos.

Dicho esto, colocó el ramo de flores en el pequeño monumento y leyó la placa que está junto a la cruz de hierro niquelado que emerge de la losa de concreto:

“Lo que duele no es morir,

lo que duele es que te olvidan”

[Allen Guerrero Fuentes 1982-2012]

 

«…enséñame a morir que ya estoy vivo…y también a usar las alas en el abismo, el pasado tiene ojeras, son recuerdos que no duermen por herir…y hay finales que comienzan alguna vez…»

 

Y el perro seguía ahí, como de costumbre, sin apartarse de su lado.

[ Puedes escuchar la canción aquí ] 

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