Como de costumbre – @Candid_Albicans

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Los días que peor llevo son los miércoles, no me preguntes por qué. Será porque quedan demasiado lejos del regustillo del fin de semana y también demasiado lejos todavía del sábado, que es mi día libre. Los domingos sólo trabajo por las mañanas un par de horas, para servir los desayunos. En ocasiones voy de reenganche si la noche del sábado fue de las buenas. Pero no me importa. A estas ojeras siempre las acompaña una sonrisa y muchas ganas de aprovechar las horas del día y lo que me echen por delante.

Los miércoles no suele haber mucho bullicio en la cafetería y me da tiempo a observar a los clientes. A inventarles una vida, a divertirme imaginando a qué se dedican, o a aventurarme a adivinar si la persona que los acompaña es su amante, un familiar o un amigo. Me da un poco de vergüenza admitirlo, pero cuando no reparan en mí aguzo el oído intentando captar algún fragmento de conversación que me dé una pista sobre sus vidas. Que por otra parte y aunque suene contradictorio, no me interesan en absoluto, a ver si nos entendemos, pero es que los miércoles son tan aburridos…

Los miércoles solían venir mis clientes favoritos; una pareja de alrededor de 70 años. Siempre tenían una palabra agradable acerca de mi peinado, o de mi manicura, o de mi color de pintalabios, aunque vaya completamente desaliñada. Tenían por costumbre sentarse siempre en la misma mesa, al lado de la ventana. Ella de frente, para ver pasar a la gente por la calle, a modo de escaparate. Él en un lateral. Con ellos no me hacía falta poner mucho la oreja, ya que se hablaban poco. Ella parecía una de aquellas vedettes de revista que en su día fueron admiradas por su belleza y que ahora mantienen su elegancia y el saber que han sido guapas. Rubia platino, labios rojos, joyas caras y bolso de marca. A su edad todavía fumaba dando largas caladas y echando el humo como si de una actriz de cine negro se tratase. Él es un hombre que no llama la atención en ningún aspecto. Siempre se lleva el periódico a la mesa para rellenar todos los crucigramas, y no levanta la cabeza si no es para pedirle a ella otra consumición. Se le ve tranquilo, aunque en sus ojos se adivina una ligera expresión de tristeza. Quizás solo sea cansancio de vivir. Siempre estaba pendiente de ella, de lo que quería tomar, de si quería repetir o de si se quería marchar. Él preguntaba, ella decidía. Y siempre le cedía el bombón que yo les ponía al lado de la taza de café; no sé si porque a él no le gusta el chocolate o por hacerla a ella un poco más feliz. Imagino que la habrá querido un montón. Ella era algo más indiferente y fría hacia él, a pesar de las atenciones. Le gustaba observar por el ventanal el discurrir de la gente que con paso apresurado atendía a sus quehaceres diarios sin reparar en ella. Y así, día tras día, era la espectadora invisible de unas vidas ajenas a la suya. Y extrañamente, encontré una extraña coincidencia entre ella y yo. Yo la observaba a ella, y ella observaba a los demás. Seguramente también sacaría sus propias conclusiones acerca de las personas que veía pasar. Algunas seguramente serían habituales ese día y a esa hora, como ellos en la cafetería. Y me resultaba curioso, no sé porqué.

Hoy es el primer miércoles en dos meses que lo vuelvo a ver, a él. Ha venido solo. Se ha sentado en la mesa de siempre, ha cogido el periódico, y ha pedido su café como de costumbre. Él no observa a nadie, no mira por la ventana, no levanta la cabeza de su crucigrama. Hoy no tiene a quién darle el bombón de su café, no tiene por quién levantar la vista del periódico, o a quien ayudar a levantarse de la silla.

Y me pregunto si también se puede echar de menos la rutina.

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