¿Cómo arreglamos esto? – @PabloRompe29

PabloBenigni1 @PabloRompe29, krakens y sirenas, Perspectivas

Sabes que tienes una buena historia entre las manos cuando no tienes algo para escribirla, David lo sabía, por eso nunca era precavido, por eso nunca dejaba su bloc de notas cerca de la cama, no vaya a ser que las palabras no vinieran por exceso de confianza, de comodidad, sabía, ya con años de experiencia en esto, que las ideas le golpearían siempre cuando necesitara levantarse, cuando estuviera demasiado cómodo en la decadencia, es entonces cuando más lo necesitas cuando te salvan, y pasas de estar cayendo a un pozo sin fondo a volar donde las estrellas te guiñan al pasar como si fueras una más, por eso es tan adictiva esta montaña rusa, este círculo vicioso en el proceso de escribir.

Pero a David ya le empezaba a costar levantarse cada noche para escribir historias, los años le habían atropellado, habían pasado décadas desde que se subía a los escenarios a hacer reír al poco público que le iba a ver, desde que bailaba y cantaba hasta asfixiar sus miedos y liberar su alegría, desde que andaba hasta perderse, ya todo eso pasó y lo que le quedó fue una espalda desahuciada y unos pies cansados que no tenían hacía donde caminar.

Aquella noche sí, por fin, después de muchos años de soledad, algo le esperaba en aquel escritorio, algo que contar, le vino como un flash, en medio de un sueño, despegó medio tronco de la cama de un salto y de repente sus pesadas piernas eran plumas dejándose llevar por el viento de una tormenta que le nacía dentro, soñó una historia que le hizo recordar viejas emociones, viejos olores, sentimientos esenciales en el mecanismo de un ser humano para sobrevivir que hacía tanto tiempo que no sentía, la cercanía, el tacto, las risas entrelazadas, la conexión de miradas cómplices, incluso el miedo de tener algo tan bonito que lo jodas, ese miedo al abandono que siempre le hizo temblar las tripas, hasta eso estaba en el sueño, y pegó un salto y se puso a escribirlo como si aquellas sensaciones se fueran a difuminar en cualquier momento, y aquel vértigo le encantaba, le hacía sentir vivo por primera vez en décadas.

Porque así es, habían pasado décadas, los pellejos de los brazos se habían separado ya de los inexistentes músculos de David, las arrugas de llorar habían superado a las de reír, el pelo le brotaba de las orejas y de la espalda y le faltaban un par de dientes, barba canosa y larga, con lo que lo odiaba en su cara, la longitud de su barba era un castigo auto impuesto, le gustaría decir que no recuerda ya porqué, pero lo hace cada día.

Y allí estaba, escribiendo cada parte del sueño, inhalando con fuerza cada parte del lindo proceso de escribir, como quien huele a madera recién cortada, o a césped recién cortado, un rastro expandiéndose al aire en cada corte que tienes que atrapar al vuelo antes de que se vaya, y quedártelo dentro, y retozar, y allí estaba el viejo David trasladando el sueño al papel con autentico frenesí, parecía poseído por una bestia que le ponía los ojos en blanco y que le hacía murmurar palabras inteligibles mientras sus muñecas iban de un extremo al otro de su viejo bloc de notas derramando tinta como si sangrara de él.

Y de repente frenazo, hoja en blanco, el terror para cualquier escritor, el Everest que todo escritor debe intentar superar y escalar cuando las cosas se ponen jodidas, y a David se le pusieron muy jodidas, estaba tan centrado escribiendo el sueño que se olvidó de que ese mismo salto que le hizo tener que escribirlo le dejó a medias, sin un final, no sabía cómo terminaba el sueño, el sueño no tenía un fin, nunca le importaron que lo finales fueran cerrados o no, pero este sí, este lo necesitaba, necesitaba que acabara bien, que aunque fuera en el sueño, toda esa tristeza tuviera una recompensa en el papel, pero no sabía cómo acababa, y tenía que arreglarlo.

Por primera vez en mucho tiempo se dispuso a andar, andar siempre le solucionaba cosas, era para él como una manera de soltar lastre por el camino, pero David llevaba tiempo sin hacerlo, por lo general sus caminatas terminaban en un bar, era el broche final, respirar junto a una cerveza, pero David siempre fue algo vanidoso y llevaba tiempo sin querer ser visto por la gente, su aspecto descuidado en cierta forma le avergonzaba y para él era la excusa perfecta para no relacionarse con nadie, para que nadie le viera ni se preocuparan por él, hasta ese día que por fin salió.

El padre de David era albañil, electricista, cristalero, fontanero, era casi de todo lo que se pudiera trabajar con las manos, en la casa no había nada que no pudiera arreglar, aunque a veces, cuando estaba en paro se decía que no había nada más peligroso que su padre aburrido, porque arreglaba hasta las cosas que no hacían falta arreglar. David había trabajado con su padre los veranos desde pequeño, y luego en su edad adulta, cuando la escritura no le daba para más también se iba con él a trabajar en la obra, con su padre aprendió muchas cosas, pero una de ellas era solucionar problemas con lo que tuvieras a mano, y si no, te lo inventabas, la actitud ante un problema primero sobre todo era maldecirlo y quedarte a gusto, pero unos instantes después la única vía era buscar soluciones, y eso le enseñó su padre durante todos esos años, cuando había que solucionar un problema imprevisto, el padre de David le agarraba y le decía, “¿Cómo arreglamos esto?”, y la maquinaria empezaba a funcionar, y su vista se agudizaba y todos sus sentidos explotaban y alcanzaban su máximo exponente y lo que antes era el camino más complicado de traspasar, ahora era un precioso reto que superar y poco a poco iba dando con las piezas que harían que todo se arreglara y se sentía vivo y útil, que en cierta forma era como siempre se quiso sentir.

Pero su padre ya no estaba, ni su madre, ya no había nadie, y había ido dejando atrás todo lo que amó en su vida porque pasaba tanto tiempo solo que ya no sabía relacionarse con nadie, sus seres queridos hicieron sus vidas y de repente se sentía desencajado en cualquier conversación, y no podía estar con nadie porque después de tanto tiempo solo se sentía en cuerpo extraño en pareja y siempre la acababa jodiendo, por supuesto hubo un detonante, algo que le hizo ver que debería estar solo siempre y que así es como se debería quedar, poco a poco fue convirtiéndose en lo que es ahora, alguien que ya no se mira al espejo, alguien que ya no da los buenos días, alguien que ya no se reconoce.

Y así iba andando David, intentando que los pasos relajaran su esfínter y pudiera liberar el final que sabe que tiene dentro, ese final que anhela, y durante todo el camino iba susurrando “¿Cómo arreglamos esto? ¿Cómo arreglamos esto?”, la gente le miraba y él conducía sus pies sin rumbo cerca del río susurrando cada vez en voz más alta de manera obsesiva “¿Cómo arreglamos esto? ¿Cómo arreglamos esto?”, con la cabeza agachada y tropezando con la poca gente que no se apartaba de él.

Pero no encontraba solución, no había remiendo siquiera, sus manos apoyadas atrás adoptando la posición de aguantar su espalda ya cansada, eso era lo único que se le ocurría para seguir adelante, pero nada, llegó a un bar, al más cutre que había, y no paraba de decir “¿Cómo arreglamos esto? ¿Cómo arreglamos esto?”, cada vez más alto, ya no eran susurros lo que salían de su boca, ahora su aliento manchado de cerveza se retozaba con esas palabras que salían despavoridas de su boca, empezaban a ser molestia para los demás comensales, pero nadie se atrevía a decirle nada, su mirada perdida clavada en la cerveza, casi con los ojos en sangre desnudaba la botella de sus etiquetas con sus largas uñas sucias, ya empezaba a gritarlo “¡¿Cómo arreglamos esto?! ¡¿Cómo arreglamos esto?!” y bebía como si la cerveza fuera a devolverle la juventud, aunque sabía que no lo haría, sabía en el fondo que eso no se podía arreglar, y que ningún final que encontrara para su historia iba a rejuvenecer su sonrisa y su mirada. Bebió y bebió hasta que le echaron del bar por gritar demasiado agitando los brazos “¡¿Cómo arreglamos esto?! ¡¿Cómo arreglamos esto?!”, estaba muy cansado para volver a casa y se quedó allí en un banco, sacó su bloc de notas y dejó el final en blanco, puso “Fin” y su gran historia se quedó sin un buen final que le diera un último beso en la boca, que le sacara una última medio sonrisa, que no le hiciera sentir tan solo.

 

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